Relatos

 

Fecha:2021/09/15

CAZANDO EN LA MONTAÑA PALENTINA

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Todavía faltaba una hora para que empezase a amanecer y, sin dar lugar a que sonase el despertador, ya estábamos de pie MEIGA y JARA (mis perras de raza español-bretón) y yo, preparando, en la cocina de la casa, un reconfortante café con leche “bien calentito” para entrar en reacción porque el día se presentaba, húmedo, fresco y gris… Es decir, estupendo para una buena jornada de caza y, tanto ellas como yo, estábamos nerviosos por salir al campo, después del largo período de veda y de la inactividad que el mismo lleva aparejado… Estoy hablando, para mejor situarnos, del primer día de la media-veda en tierras Castellano-Leonesas y, más concretamente, de Herrera de Pisuerga, localidad situada en la parte norte de la provincia de Palencia, lugar donde teníamos instalado nuestro cuartel general.

Realizado el trámite reglamentario de la ingesta del café con leche, acomodé a mis perras en el vehículo (ellas solían viajar en el “ahí te pudras” que es como solíamos llamar cariñosamente al maletero del nuestro coche) y emprendimos el camino hasta el cazadero.  El día, a fuerza de empujones, iba desplazando a la noche y la claridad iba adueñándose del firmamento, haciendo visible lo que, unos momentos antes, eran solo sombras y oscuridad. Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos llegando al lugar elegido aquel día para probar fortuna cazando la codorniz. Este año íbamos a cazar en un pueblo que se llamaba Sotillo de Boedo y su paraje era realmente hermoso o, al menos, a mi me lo ha parecido siempre, quizás cegado por el exagerado cariño que profeso a todas aquellas tierras, donde he practicado durante más de veinte años mi afición favorita: ¡la caza de la codorniz con perro!

Como iba diciendo, la zona era preciosa: Plagada de suaves laderas con rastrojos de cereal (trigos y cebadas), cruzadas por algún que otro arroyo bordeado de chopos, fresnos, álamos y zarzamoras, y con alguna mancha de monte, donde el roble se constituía en la especie arbórea predominante… La mañana era fresca, estaba nublado y, desde el mismo instante en que aparcamos el vehículo, comenzó a caer una lluvia suave, fina y, persistente (lo que por allí denominan “calabobos”), que me obligó a echar mano del “chubasquero” para evitar terminar calado hasta los huesos. Mis perras, como todos los “spaniel”, disfrutaban con el agua, así que no necesitaron aditamento alguno para evitarla. Yo, que siempre he preferido un día de agua, a un día de viento, en cuanto tuve armada la escopeta, les di la orden de “busca” y, ambas perras y yo, nos lanzamos a la búsqueda de las escurridizas “coturnas” que suponíamos dispersas por los rastrojos, llenando sus buches de los granos de trigo esparcidos por doquier o debajo de las pajas que quedaron en el terreno tras el paso de las cosechadoras.

Daba verdadero gozo ver a mis perras recorrer arriba y abajo los montones de pajas, utilizando sus fabulosas narices para detectar a las huidizas avecillas que, con sus desplazamientos y cambios de hilera, trataban de confundirlas constantemente… Pero, MEIGA era una veterana que, precisamente, había iniciado su aprendizaje con ellas, con las esquivas codornices, cuando sólo tenía diez meses de edad. Ahora, con cinco años, estaba en su apogeo y muy pocas podían engañarla… Y digo muy pocas, por no decir ninguna, ya que no me gusta ser radical o demasiado drástico en mis afirmaciones, y además suelo conceder el beneficio de la duda, así pues: ¡puede que alguna se escapara…, pero pocas!. JARA, su hija, había aprendido con su madre a dar con ellas y como debía proceder para desentrañar las idas y venidas con que estas esquivas avecillas trataban de eludir su tenaz persecución. Aunque no tenía la experiencia que atesoraba su madre, era muy perseverante y poseía unas facultades fuera de lo normal: una extraordinaria nariz, una muestra firme -que confirmaba su seguridad olfativa-, una búsqueda amplia y, por si esto no fuera bastante, cazaba siempre atenta a mis indicaciones. Así que, está claro que, entre su madre y ella, muy pocas codornices quedarían en el campo una vez hubiéramos peinado la zona.

A lo largo de la mañana proliferaron los lances con las “coturnas”. Unas veces, la muestra de MEIGA se producía sobre la marcha y sin solución de continuidad, conforme iba buscando rastros en las hileras de pajas del rastrojo, como si se hubiera dado de narices con ellas. Otras, la parada llegaba después de una búsqueda más laboriosa o trabajosa, debido fundamentalmente a la astucia del ave, que quedaba contrarrestada por la sagacidad y el derroche de facultades de mi compañera de caza que, indefectiblemente, acababa con la localización y muestra de la fugitiva. Así las cosas, no era raro ver a JARA, casi enroscada sobre si misma, con la cabeza apuntando a su diminuta cola -cual si de una pescadilla se tratase- marcando la codorniz que se le quedaba detrás o aquella que, aprovechando su inercia en la carrera, decidía volver sobre sus pasos para tratar de despistarla. También, en varias ocasiones, me brindaron la oportunidad de disfrutar de muestras a patrón, bien porque fuera MEIGA la que patronease a JARA, bien porque fuese la hija la que se pusiese a patrón cuando la muestra era de su madre.

Sin embargo el episodio más bonito lo protagonizó una codorniz con pollos que, al notar nuestra llegada y sin dar lugar a que MEIGA la mostrara con firmeza, tan pronto notó que se paró cerca de ella, arrancó con un vuelo irregular y lento –como si tuviera algún tipo de dificultad al mover las alas-, dejándose caer en las pajas unos pocos metros delante de nosotros… Inmediatamente recelé de su comportamiento, abrí mi superpuesta del 20 y, aprovechando que mi perra había seguido a la desesperada madre, con sumo cuidado fui levantando las pajas desde donde había arrancado la codorniz y acerté a ver, acurrucados contra la tierra, un par de pollitos, no mayores que mi dedo pulgar… No quise ver más, volví a dejar las pajas como estaban y llamé a JARA, a la que até de inmediato, adelantándome con idea de sujetar a MEIGA con la correa y alejarme del lugar para dejar que la madre se reuniera con su prole y que terminaran sin contratiempos ese día (y si fuera posible, el completo desarrollo de sus pollos con éxito). Cuando alcancé a MEIGA, estaba ya de muestra con la codorniz, le enganché la correa y dando con el pié en el montón de pajas, la obligué a emprender el vuelo… Como en la ocasión anterior, el vuelo se produjo con aleteos irregulares, como si el ave estuviese herida o enferma, alejándose de nosotros lentamente, hasta que, de nuevo, se dejó caer, pero esta vez al borde de un arroyo cercano. Estuve tentado de aplaudirla por su “representación”, pero tenía ambas manos ocupadas (sujetaba con una las correas de mis perras y llevaba en la otra la escopeta abierta) así que emprendí una prudente retirada, poniendo tierra de por medio, hasta una distancia que consideré prudencial… Allí nos detuvimos y a los pocos minutos, la vi salir volando (esta vez, rápida y veloz, sin que mostrara dificultad alguna en su aleteo) en dirección al lugar donde había dejado a sus polluelos.

Llegado a este punto, dado que la mañana prácticamente se había consumido, que no había dejado de caer agua (mansamente eso si, pero no había cesado de llover) y que nuestra percha se hallaba lo suficientemente nutrida para regresar a casa, decidí “dar de mano” y, tras secar y lubricar la escopeta, recogimos “bártulos” y emprendimos el regreso… Ya en el hogar y, después de relatar la anécdota de la madre codorniz, convinimos todos en que resultó admirable su abnegado comportamiento, toda vez que puso en peligro su vida, tratando de alejar de su prole a aquellos que creía podrían causarle algún daño… También se comentó –porque hay que decirlo todo- que tuvo mucha suerte en que fuéramos nosotros los que la localizamos, por que de haber sido alguno de los que se denominan pomposamente a si mismos “cazadores”, pero que no tienen muchos conocimientos de lo que es la caza y disparan indiscriminadamente contra todo lo que vuela o se menea (y que mejor debieran llamarse “escopeteros”), otro gallo les hubiera cantado a la codorniz y a sus pollos.

Así lo viví y así lo cuento… ¡Son cosas de la caza!

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Fecha:2021/08/27

POR QUE MI PERRA EMPEZO A COGER CONEJOS ENCAMADOS (con Kety)

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Pues bien, sucedió así: Un buen día la buenaza de “Kety” que nunca había roto un plato; es decir, había actuado siempre de forma “políticamente correcta”; es decir, se había comportado como se espera se comporte un  buen perro de caza; es decir, había parado o mostrado los conejos, poniéndose más “tiesa” que un garrote y, a la voz de “échalo”, los había hecho salir “escopeteados” de sus encames poniéndolos a tiro de mi escopeta; decidió que había que saltarse todas las normas establecidas y aprendidas con tantos esfuerzos y que había que actuar drásticamente, prescindiendo, si fuese necesario, del concurso del cazador y de la escopeta, para conseguir que el conejo que estaba mostrando acabara colgado de la percha o metido en el bolsillo del chaleco del cazador (en el mío concretamente, porque nunca cazó con  otro que no fuese yo).

Dicho sea en honor a la verdad, he de reconocer que si ella empezó a actuar así, no lo hizo por puro capricho, ni por establecer una nueva moda, ni por afán de notoriedad, ni por alardear de un comportamiento “snob”… No, nada de eso. La culpa de que empezara a comportarse de forma distinta: ¡¡¡ La tuve yo !!!…  Me explico, ese buen día al que me refería al principio de mi relato, salimos a cazar el conejo en un monte bastante cerrado, lleno de espartos, tomillos y romeros y abundantemente poblado de estos lepóridos. Nada mas tomar la primera loma (acababa de romper el día, aunque lo hizo sin proferir un solo ruido, y por ello no nos sobresaltó en absoluto) “Kety” se puso de muestra en una mata de esparto y una vez que me preparé, para esperar la salida del conejo, dando un pisotón en el suelo, ordené a mi maravillosa perra: “échalo”… Y vaya si lo echó… El animalito salió como “alma que lleva el diablo”, pero no por donde yo lo esperaba, sino por la parte más poblada de matas de romero y espartos y, cuando quise reaccionar, lo hice tarde y fallé estrepitosamente los dos disparos de mi escopeta. Kety, me miró como preguntándome: ¿es que todavía no te has despertado, no será por que no te lo he puesto “a huevo”?… Le rogué que me disculpara y, en la seguridad de que así lo haría, porque siempre ella me había perdonado todos y cada uno de mis errores, seguimos cazando por la loma en cuestión.

Unos metros más adelante, volvió a ponerse de muestra, y yo, como siempre hacia, procuré colocarme de la forma mas ventajosa para cubrir con garantías la salida de la pieza y volví, una vez preparado, a darle la orden de entrar… Cuando lo hizo y salió de su encame el conejo, volví a fallar el único disparo que pude efectuar, ya que la supuesta victima sólo me dio una oportunidad y cuando quise rectificar, como vulgarmente suele decirse entre los cazadores, se me hizo “de noche” porque lo perdí de vista cuando me hizo un regate entre mata y mata de romero… Kety, parada delante de mi, y mirándome como sólo ella era capaz de hacerlo, parecía decirme: ¡Y van dos… A este paso nos colgamos la primera “porra” de la temporada!. Yo, baje la vista avergonzado y, después de pedirle perdón nuevamente, le rogué que continuara cazando…

Así lo hizo, porque no era rencorosa, pero sé que le había hecho muy poca gracia que hubiera fallado tan lamentablemente dos conejos seguidos, porque ella era muy suya y esto de la caza se lo tomaba tan “a pecho” o más que yo… Como yo la conocía muy, pero que muy bien, iba mas “escocido” por las “pifias” cometidas que si me las hubiera recriminado de viva voz (o para ser más propios, de vivo ladrido). Así pues, con el ánimo por los suelos, pero dispuesto a no dejar pasar una sólo oportunidad mas, seguimos adelante. No habríamos andado más allá de un centenar de metros, cuando, nuevamente, aquel fenómeno canino, volvió a ponerme un conejo de muestra. Esta vez si, tomé todas las precauciones posibles, me preparé concienzudamente, apoyé la escopeta en mi hombro y, cuando creí que todos los requisitos para no fallar estaban cumplidos, dando un pisotón en el suelo le ordené: ¡échalo!… Kety, demostró su voluntad de obedecerme, venciéndose un poco hacía el encamado conejo, pero no llegó a romper la muestra… Nuevamente le ordené que lo echara y, nuevamente, se acercó algo más hacia el conejo, pero sin llegar a romper la muestra… Después de un nuevo pisotón en el suelo y de pedirle que lo desalojara de su encame, Kety, con el conejo ya muy al alcance, impetuosamente metió la cabeza en la mata y salió con él en boca… Se sentó delante de mi y me entregó a la mano la pieza cobrada y, no sé si con el abochornamiento que me embargaba en ese momento, aluciné o me pareció ver aparecer una irónica sonrisa en su portentoso hocico e, incluso me pareció oírle decir: ¿Ves como se caza? ¿A que ahora no se ha ido la pieza?…

Seguimos cazando y me repitió esa faena una vez más a lo largo de la mañana. Bien es verdad que el que relata estos hechos, no volvió a fallar ninguno de los conejos que mi perra tuvo a bien “mostrarme” y que, por cierto, fueron bastantes (así como unos siete). Pero ella sola, se “colgó” dos y sin pegar un solo tiro.

A partir de ese momento, a partir de aquel día, mi maravillosa perra no dejó escapar conejo o libre que se quedara calentando su encame. Su técnica, cada vez más depurada consistía en ir dejándose vencer un poco más, cada vez que le ordenaba entrar, y cuando tenía al alcance de sus fauces, al asustado animal, como éste no estuviera rápido y la esquivara en el último instante, aparecía irremediablemente con él en la boca.

Cuando Kety falleció, después de ser nueve años mi compañera de caza, victima de un “mal nacido” que le dio por sembrar de veneno el paseo por donde solíamos salir a pasear todos los días, quedaron contabilizados en “su página” de “mi agenda de caza” la nada despreciable cifra de 23 conejos y 3 liebres que, como diría un amigo cazador: “no es moco de pavo”…

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Fecha:2021/07/28

TENER O NO TENER…  (ESA ES LA CUESTION) con Kety

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

En aquella época mi cuadrilla intentaba cazar en un coto local, iba a decir perdiz, liebre y conejo (lo que se conoce vulgarmente por “caza menor”), pero recapacitando sobre el término a emplear, creo que mejor sería decir que aplicábamos el tiempo de cada jornada en “fortalecernos físicamente” – el terreno era muy quebrado y, por ello, bastante duro de andar –, con lo que, durante la temporada de caza, lográbamos ponernos muy en forma; nos afanábamos en limpiarnos los pulmones, respirando el aire puro que nos suministraban las pinadas que poblaban las faldas de los montes del cazadero; y procurábamos fomentar la armonía y buena relación entre los miembros del grupo, ya que tratábamos de hacer bueno aquello del “uno para todos y todos para uno”; en pasar un rato agradable durante la consumición del “taco” a media mañana y… poco más. Y todo ello porque: escaseaba el conejo, en plena explosión de la “mixomatosis” y con los primeros casos detectados de la “hemorragia vírica”; eran contados los ejemplares de liebre y muy exiguas las poblaciones de perdiz que, sobrevivían gracias a lo accidentado del terreno pues, de no acertar a derribar alguna, aprovechando el arranque del bando en alguna asomada, podías ir despidiéndote de otras oportunidades, puesto que simplemente con dejarse caer abriendo las alas y cruzar un par de barrancos, no volvías a verlas en toda la jornada.

Con todo lo expuesto, creo que tenemos elementos de juicio suficientes para valorar en su justa medida la “colaboración” en el éxito que, en cada jornada de caza, podía suponer tener, o no tener (¡esa es la cuestión!), un buen perro de caza.

Por supuesto, que en la cuadrilla había quien presumía de perro… Yo, con motivos más que sobrados para hacerlo, nunca alardeé de ello, mi “natural e innata modestia” fue la causa que me impidió jactarme de los logros de Kety, además de que, era ella misma, con sus acciones, la que hacia inútil – por innecesaria – cualquier “campaña publicitaria” sobre sus extraordinarias cualidades…

Y como muestra, un botón (…o dos).

Uno de los contados domingos que, en la temporada cinegética, se habían habilitado para el ejercicio de la caza en el coto, y después de patearnos una de las lomas más largas y empinadas del cazadero, ya de vuelta hacia el coche para tomar “el taco” de media mañana, vimos, sobrevolando el camino por el que nos dirigíamos hacía el vehículo, una perdiz. Venía descolgada desde lo alto de la loma que teníamos enfrente, pero a una altura considerable… No me lo pensé dos veces. Me eché la FN (que antes había sido de mi abuelo, y posteriormente de mi padre, y que más tarde adquirí por herencia), a la cara y, después de sopesar mis escasas posibilidades de acierto, apreté el gatillo: “pummm”…, sonó el disparo y, ante la general sorpresa, vimos (y al decir esto, me refiero, básicamente, a que  Kety lo vio también como yo, porque como tenía conocimiento, cada vez que me veía levantar la escopeta, se fijaba hacía donde apuntaba) como la perdiz hizo un quiebro, dejó de aletear, descolgó una de sus patas y empezó a perder altura, en dirección a una de las manchas de pinos que bordeaban el camino. Kety, tan pronto dejó de verla, al entrar entre los pinos, salió flechada en dirección al lugar del hipotético aterrizaje y la perdimos de vista durante, al menos, quince largos minutos… Justo, cuando el resto de los compañeros de cuadrilla empezaba a murmurar sobre la inutilidad del esfuerzo de buscar la pieza abatida, apareció Kety al borde de la pinada. ¡Venia derecha hacia mi, moviendo el rabo con inusitada alegría, para hacerme entrega de la perdiz que acababa de cobrar de forma increíble!  Los “compís” de la cuadrilla no daban crédito a lo que veían, pero, ya se sabe: “una imagen vale más que mil palabras” y yo no quise, por las razones de humildad y modestia indicadas antes, meter “ningún dedo” en “ninguna llaga” y ahí quedó la cosa…

En otra ocasión, levantamos un pequeño bando de perdices, integrado por cinco o seis individuos que, al arrancar, se “desintegro” en los mismos individuos, pero volando en distintas direcciones; tres o cuatro cruzaron el barranco desde cuyo borde arrancaron, una quinta voló hacía la parte baja de la loma y, por último, la sexta siguió la loma en dirección a su parte más alta… Hacía ella emprendimos la subida Kety y yo… Después de quedarnos sin “resuello” completando la subida, comenzamos la búsqueda de la fugitiva… Aproximadamente a unos doscientos metros Kety empezó a tocar rastro y, como solía hacer, me lo indicaba moviendo su rabo con insistencia, hasta que, al cabo de un momento, ralentizó su movimiento, llegando casi a moverlo “a cámara lenta” y, justo allí, delante de nuestras narices: ¡saltó la perdiz!… No se esperó a que Kety completase la muestra y a mi me pilló todavía reponiéndome de la subida y tratando de que mi corazón no se me escapase por la boca… Naturalmente, en esas condiciones, hice lo que estaba cantado: ¡fallé el disparo!… No obstante, me fije muy bien en la dirección que tomaba la “patirroja” y, de nuevo, hacia allí nos encaminamos… El punto calculado de aterrizaje se encontraba a la entrada de una pequeña depresión que formaba el terreno al final de la loma que transitábamos y, justo cuando llegábamos a ella, Kety empezó a mover el rabo con lentitud y se agachó hasta parecer mucho más baja de lo que era (tenía muy cerca a la perdiz) y, por si no me había percatado, la vi volver su preciosa cabeza hacía mi, como para asegurarse de que yo me daba cuenta de lo que quería decirme… ¡Y claro que me daba cuenta!… Arrancó la perdiz y avanzó volando unos metros, pero, en esta ocasión, no pudo ir muchos más lejos… Kety la cobró con dulzura, como solía hacerlo siempre, y me la trajo a la mano. Le acaricié la cabeza y le dije cuanto la quería.  Ella no necesitaba más porque sabía que siempre he sido muy poco dado a manifestaciones exageradas de afecto…

En resumen y, remachando lo dicho en algún momento de mi narración, para obtener algún resultado positivo en la caza es fundamental tener un buen perro y mejor, si puede ser, una extraordinaria perra (como yo tuve la inmensa fortuna de tener) … ¡¡¡Tener, o no tener… Esa es la cuestión!!!

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Fecha:2021/07/05

TORTOLAS EN MARRUECOS

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

Hace ya un tiempo escribimos de cómo era la caza de la codorniz en Marruecos y que fuera de los bulos habituales exponíamos que para los que nos gusta eso de cazar con el perro por delante era una buena elección, no para cazar cantidades exorbitantes, pero si para disfrutar con frecuentes lances con las codornices, esas que antes “subían” en gran número a nuestra tierra y que hoy por múltiples factores escasean más de lo que nos gustaría.

Y no nos referimos a los gustos de los matarifes sino de los cazadores normales que gustan más del lance que de la cantidad.

Hablábamos de la tramitación administrativa para ir al vecino país y aconsejábamos que medio de transporte estimábamos preferible no solo para nosotros sino también para nuestros perros. Y para la tórtola pues lo mismo salvo que aquí es más cómodo, al no llevar perro, “bajar” en avión. Y lo ideal para evitar incidencias lo mejor es gestionar todo con un agente de viajes, busquen alguno de confianza y si es cazador aún mejor. Hay que tener en cuenta que deberán preparar diferentes servicios: transporte, traslados de llegada y salida en destino, hoteles, restaurantes, jornadas de caza, …..; pidan detalles y que, sobre todo, les garanticen que quien se encargue del tema caza sea alguien responsable.

Y será responsable quien les hable de 100-150 tiros al día, pero no crean eso de “tiradas extraordinarias” con cientos de tiros y allí como aquí no faltan “los vendedores de motos”. Y deben saber que no es infrecuente que aparezcan “los rurales” y controlen lo que se hace, más aún después de lo ocurrido el pasado año, en agosto, en plena pandemia, en que ocho cazadores de los emiratos del Golfo Pérsico abatieron en una mañana 1490 tórtolas. La noticia se difundió en la prensa marroquí y francesa, se la dio mucho aire y el Gobierno abrió expedientes sancionadores incluyendo a los orgánicos que expusieron en su justificación que ellos se limitaron a llevarles al campo y era responsabilidad exclusiva de los cazadores lo ocurrido pues sabían que el límite era de 50 tórtolas por cazador/ día. Y hablando de gente del golfo Pérsico creemos que los de los emiratos con sus petrodólares compraron muchas voluntades y de eso, de los petrodólares regalados, aquí también hemos visto algo pues se ha hablado no poco sobre un personaje realmente importante y las dadivas petroleras. Así que, reiteramos, no oigan cantos de sirena y aunque los cazadores somos gente no difícil de embaucar en cuánto nos hablan de tirar muchos tiros encarguen el viaje a gente que sepa de ello.

Y aunque Uds. ya sabrán de que va eso de ponerles los puntos a las tórtolas nuestra experiencia de muchos años, compartiendo jornadas con diversos tipos de cazadores, nos permite decir que los tiradores excelentes normalmente “parten” con el campo sus tiros, 100 tiros: 50 tórtolas, más o menos; otros, buenos, hacen  un promedio de 3 tiros por tórtola;  otros, regulares, 4 o 5 tiros por tórtola y no faltan los que no saben mucho de eso de poner bien los puntos a la pieza y les pasa como nuestro amigo Braulio que, en una tarde de verano, no lejos de Marrakech, entre palmeras gastó 105 tiros para bajar 3 tórtolas. Y si se baja en grupo no viene mal que haya algún Braulio pues los que afinan van a poder disponer de mayor amplitud en su cupo.

Y sobre el periodo de caza, este ha sufrido cambios a lo largo de los últimos años y hasta no hace mucho se levantaba la veda de las tórtolas  sobre el 1 de junio y en realidad era  pronto, demasiado pronto, por encontrarse la tórtola en periodo de cría y, creemos que con buen criterio, ahora se hace del 15 de Julio al 15 de Agosto. Y expuesto lo anterior, cubierta la información general, pues nos vamos a cazar.

Un día en los palmerales de Marrakech

A PRIMERA HORA

El teléfono nos despertó pronto, a las 03,30 h., pues a las cuatro va a bajar la gente y sabemos que como es habitual debemos despertar a Rachid, el encargado de tener preparado el desayuno, que estará durmiendo en un sofá.

“Vamos Rachid! despierta, levántate”

“Ya voy, Monsieur, ya voy”

“Pero Rachid que ya es la hora y aun no has encendido la cafetera. Venga vamos, todos los días lo mismo”

“Bueno no se preocupe Monsieur, yo sé que Ud. me despierta y tengo tiempo para ponerlo todo”.

Y así es. Cuando baja el grupo no faltan el café, los zumos, los croissants recién hechos,.., justo lo que esperamos en un hotel de 5*. Y como hay que empezar el día de buen talante lo de Rachid no deja de ser hasta divertido, una anécdota más del viaje. Y aún de noche, con buena temperatura (unos 30º), salimos hacia el cazadero, en minibús, con nuestro guía de campo que ha llegado al café. El viaje es ameno, no falta la charla, vamos a menos de una hora de Marrakech y cargados de ilusiones, esperando que el paso de las tórtolas esté en línea con nuestros deseos, aunque tampoco nos falta un punto de inquietud pues los cazadores ya sabemos que con las aves de paso 2+2 no siempre son cuatro. Bueno, llegamos al cazadero que tiene los puestos junto a la orilla de un rio de unos 50 metros de ancho, totalmente seco y con el cauce lleno de pequeñas piedras, con un frondoso palmeral al frente y campos más abiertos a nuestras espaldas, pero sin que falten las palmeras. El marco es exótico, muy africano y los puestos no son como los que habitualmente se preparan previamente en nuestras tierras, aquí son diferentes, más sencillos, solo se utiliza un arbusto o palmera que disimulen un poco al cazador. Es suficiente.

Y a nuestra llegada ya hay un grupo de gente joven que nos está esperando, serán nuestros secretarios en los puestos y a los que al finalizar la tirada deberemos darles una propina. Aquí nos permitimos un inciso y señalamos que lo de las propinas es siempre aleatorio y su importe queda al mejor criterio del cazador, pero nunca ha dejado de sorprendernos el ver a alguien que se ha gastado “un dinero”, relativamente importante, en el viaje dar al “secretario” 5 eurillos. Tíos Gilitos, reyes del “amarrategui,” siempre los ha habido, pero creemos que no está nada bien y por ello cuándo hemos visto algo así lo hemos corregido nosotros. Y si hay alguna duda en cuanto hay que dar lo mejor es hablar con el guía de caza que indicará cual es la cantidad aconsejable, que nunca, en ningún caso, será desorbitada.

Y ya siendo de día e inquietos por ir a nuestros puestos porque vemos volar a alguna tórtola el guía nos proporciona 4 cajas de cartuchos de 8ª, del 12 o del 20, españoles, pues la importación de cartuchos está prohibida y por ello nos los dan al inicio de las tiradas y los liquidaremos al final del día. También sabemos que si agotamos los cien cartuchos nuestro secretario se encargará de pedírselos al guía.

En el puesto

La “fiesta” va a empezar así que nos colocamos en nuestros puestos acompañados de nuestro secretario, pero debemos hacer una observación y es que el campo marroquí está muy frecuentado y por ello debemos tener cuidado, mucho cuidado, con nuestros disparos. Hay que aplicar a rajatabla aquello de que nos decía un veterano cazador:

“Apuntala y dispara, pero antes debes ver lo que hay detrás”

y  así a Mariano no le habría pasado lo de aquella tarde entre los olivos de Beni Mellal en que en unas alfalfas, buscando una tórtola, Enrique, otro cazador del grupo que estaba a unos 40 metros, hizo un doblete: tórtola y Mariano, que se libró de algo más serio que unos plomos en manos y brazos que se le clavaron, pero que fueron “pecata minuta” gracias al tener la cabeza agachada, mirando a ver si veía la tórtola que había bajado y así tenía los ojos protegidos por la visera de la gorra. O aquel otro día en que Boni no hizo un doblete sino un “cuatriplete” con Mariano, otra vez, y tres jovencillos secretarios que estaban con él en el puesto. Y tanto Enrique como Boni no eran cazadores nuevos si no veteranos, muy veteranos, pero que olvidaron el consejo ese de ver lo que hay detrás de la pieza. Así que cuidado, mucho cuidado.

Y ya situados en los “puestos” no tardó el traqueo en generalizarse y el ver a los secretarios corriendo por el cauce seco para cobrar las tórtolas abatidas. Normalmente entraban tres o cuatro juntas, mayormente de frente aunque no faltaban lances a derecha e izquierda que  exigían, como suele ser habitual en las tórtolas, “correr la mano”.

Y como el campo marroquí tiene un trasiego importante de gente  no fue raro que  al rato empezase a venir gente con chilaba. Se acercaron unos seis o siete, incluido uno con un burro y otro con una radio no silenciosa, pero todos se concentraron en el puesto de Pilar, quizás porque por esas tierras no es frecuente ver a una mujer cazadora y rubia. Al principio Pilar, luego contó, que se había visto un poco agobiada por aquella pequeña multitud, burro incluido y no muy silenciosa pues el de la radio la tenía a todo volumen, pero rápidamente puso orden y aunque no estaban muy camuflados no fue obstáculo para que siguieran entrando tórtolas y que cuando Pilar las bajaba salían todos en tropel a cobrarla. Los demás veíamos la situación con risas, más aún cuando cada vez que los demás bajábamos una pieza a los auxiliares de Pilar les faltaba tiempo para salir corriendo, cogerla aunque no fuera suya y llevársela a Pilar, que en no mucho tiempo ya había hecho el cupo de las 50. La mañana transcurrió entre tiros, risas y mucho movimiento de las tórtolas y cuando a eso de casi las 10,00H el calor apretó fuerte pues levantamos el campo y nos fuimos al hotel, donde alguno repitió desayuno en el espléndido buffet junto a la piscina.

Luego hasta la hora del almuerzo alguno se fue a dormir un rato a la habitación, otros lo hicieron en una tumbona junto a la piscina y nosotros aprovechamos para acercarnos a la Medina a saludar a viejos conocidos.

Después de haber disfrutado del buffet hotelero en el que las bebidas no están incluidas en el precio del viaje y una no larga sobremesa estábamos ya preparados para la tarde.

TARDE EN EL PALMERAL

Salimos del hotel hacia el palmeral sobre las 16,00H, con un calor que en Marrakech a esa hora funde las aceras. Llegamos y en aquel mar de palmeras se reiteró el ritual de secretarios, entrega de cartuchos y colocación en los “puestos”. El calor nos caía como una losa y los secretarios empezaron a traernos botellas de agua de la nevera que había en el coche pues sudábamos, vaya que sudábamos, y la hidratación era necesaria pero pronto empezó el jaleo y se acabó el sentir calor y sed. Las tórtolas empezaron a moverse y a entrarnos rápidas, regateando entre las altas palmeras y haciendo que los fallos fueran más habituales. Aquí los pájaros no entraban en línea recta como en la mañana, las altas palmeras las obligaban a un vuelo con giros frecuentes y ello hizo que los secretarios tuvieran que salir al coche, no a por agua fresca sino a traer más cartuchos pues los que habíamos llevado al puesto se habían agotado en un pis-pas. Lo que había empezado bien paso a ser muy bien y disfrutamos de más de casi tres horas de una tarde para el recuerdo: un marco africano de palmeras, un movimiento de tórtolas casi ininterrumpido y con vuelos que hacían difícil ponerles “los puntos” y risas, frecuentes, provocadas al oír maldiciones que algún que otro colega soltaba pues si por la mañana había hecho un excelente promedio por la tarde se encontró casi en el grupo de los Braulios. Así que si la mañana había sido divertida la tarde fue para el recuerdo y quizás eso fue lo que motivó que Juan Arel, manchego y cazador veterano, me estrechase la mano y dijese:

-Gracias por la tarde que me has hecho pasar. He ido a buenos ojeos de perdiz, a monterías divertidas, pero esta tarde a las tórtolas ha sido inolvidable”.

Otro cazador para el que las tórtolas son palabras mayores.

Lo cierto es que había estado muy bien la tarde y ello, aparte del jolgorio ambiental mientras recogíamos los enseres y echábamos la cuenta de los cartuchos con el guía marroquí, también se reflejó en las propinas que esa tarde les cayó a los secretarios que vieron muy recompensados sus trajines en los puestos.

Y sobre los secretarios no debemos dejar de contar que algunas veces, no frecuentes, al llegar al cazadero nos podemos encontrar con dos o tres veces más “secretarios” que cazadores, todos deseando unos eurillos que les son necesarios. Todos quieren acompañar a los cazadores y ante ello nosotros la solución que siempre aplicábamos, al no sernos grato el no contratar a una persona que, necesitada, se ha hecho 5 o 10 Kms. para ganar algo de “flush”, era escoger a los más jóvenes para secretarios y al resto, entre la que no faltaban hombres de edad más o menos avanzada y que se sentían ante la selección marginados e inquietos, les dábamos la misma propina que se iban a ganar en el puesto los jóvenes secretarios seleccionados. Y así todos contentos.

Volviendo al fin de la tarde tortolera, dadas las propinas y hecha la liquidación de cartuchos pues regreso al hotel para poner fin a un día divertido en nuestro encuentro con las tórtolas.

Finalizado el día y si nuestro alojamiento es en Marrakech la noche ofrece muchas posibilidades entre la que sugerimos no dejar de disfrutar de una buena cena con espectáculo en alguno de los excelentes restaurantes de la ciudad. Sabemos que lo principal es la caza, pero creemos que alguna mañana, finalizada la tirada, se pueden dedicar un par de horas a una visita turística de la Medina, la ciudad antigua. Y en la tarde noche la visita de la Plaza de Djema El Fna es casi ineludible: es como sumergirse en un mundo medieval: corros de gente alrededor de narradores de historia, de actores, de cómicos, encantadores de serpientes, dentistas, cocinas al aire libre, …. Pero si nuestra base de caza es Beni Mellal, más al Norte de Marrakech, en campos de regadío y con alojamiento en hotel de 4* la vida de noche ofrece menos posibilidades y, quizás, lo aconsejable si llevan acompañantes no cazadores es que la última noche el alojamiento se haga en Marrakech.

Apostrofo a nuestro relato

Hemos contado uno de nuestros días de caza en Marruecos, uno de los muchos que en más de treinta años hicimos. Hemos relatado como es una jornada en el caluroso palmeral, con alguna anécdota que otra. Hemos escrito un poco de las gentes que por allí trabajan en los campos, gente amigable con el extranjero que le gusta arrimarse al puesto del cazador a saludar e irse, aunque, como hemos contado, alguna vez forman un pequeño grupo jaranero, incluyendo el burro o amenizando todo con la radio a todo volumen. Y no olvidamos que a veces el guía de caza debe hacer de maestro, tal cual, pues si no estamos lejos de una escuela nos pueden aparecer 20 o 30 niños deseosos de compartir jornada con los cazadores, aunque éstos no llevan ningún burro ni radio, pero también se acercan a ver la novedad y a los que el guía se encarga de reconducir.

El campo como decíamos suele tener un movimiento continuo de gente, no es que sea una multitud, pero igual que en nuestros campos hoy no se ve demasiado a “los paisanos” por allí siempre encontraremos a alguien y producirse una situación” singular” como le ocurrió a un joven auditor de cuentas, de una empresa internacional a quienes les organizamos durante su Congreso, en una tarde que tenían libre, una serie de actividades entre las que se incluía una tirada de tórtolas en el palmeral. Se apuntaron a lo de la caza siete u ocho, entre ellos su Director General, gran aficionado. El caso es que, a uno de los apuntados, un joven auditor al que previamente le habíamos dado una clase rápida de “caza”, al poco de estar en el puesto fue sorprendido por una liebre que, posiblemente, como los niños o el del burro también quería ver al extranjero. Se le puso delante del puesto, la soltó un escopetazo y mientras aún pataleaba apareció uno con chilaba en una moto, paró, sacó un cuchillo y ante la sorpresa del auditor cortó el cuello a la liebre, saludó al auditor, volvió a la moto y se marchó, con la liebre por supuesto. El auditor atónito no movió ni una ceja. Como le expliqué luego lo que hizo el de la moto fue cumplir con el precepto islámico de que los fieles no deben comer carne de animal no muerto por un creyente mirando a la Meca.

Y no queremos finalizar sin un recuerdo especial a muchos de los cazadores con los que compartimos jornada por los campos de Marruecos. Gentes como aquellos cazadores de Andorra, “bons vivants” con un gusto exquisito en la caza y en la gastronomía, con los que compartimos mañanas y tardes entre palmeras y naranjos por Marrakech. Y entre ellos un sentido recuerdo para Antonio Batbelló, un caballero en el mejor sentido de la palabra que partió demasiado pronto y nuestro afecto a Josep Ferre con el que hemos mantenido una relación regular, a lo largo de los años, no faltando compartir en Madrid alguna que otra vez manteles y zarzuelas teatrales o charletas como la de los del Faro gallego aunque, bueno, esto es otra historia.

Y tampoco hemos dejado de tener una buena relación con la gente de Tavernes de la Valldigna. Con Vicente Bel-lan, o Joaquín, Chimo para los amigos, que con su grupo compartimos y disfrutamos de tiradas, en Marrakech y en Beni Mellal, pero también con los esplendidos buffets del hotel Mansour Edhabi. Todos ellos buena gente y cuya amistad es un plus para cualquiera. ¡¡Ah!! y Vicente además sabe de qué va eso de cazar con un perdiguero como el Sol.

A lo largo de los años acompañamos a muchos cazadores a tierras marroquíes y con muchos de ellos compartimos no solo días “de bienes” si no también amistad y lances.

Ah!! y finalizamos reiterando una especial sugerencia que en base de nuestra experiencia de muchos años aconseja para que todo salga bien o se solucione cualquier imprevisto que pudiera surgir y que en los viajes no suelen faltar: una mañana o tarde mala a las tórtolas o un problema en el hotel o con los transportes o cualquier otra incidencia es recomendable que los  cazadores “bajen” acompañados por el organizador desde España, que sea alguien con experiencia en este tipo de viajes al vecino país y acostumbrado a manejarse con los marroquíes.

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Fecha:2021/06/10

CAZAR CON «JARA»…

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Recuerdo que era la más blanca de la camada, con su cabecita negra y una mancha del mismo color sobre su lomo. Era una de los dos cachorros con mayor tamaño de los nacidos y tenía una vitalidad desbordante. Siempre estaba tratando de saltar la separación de madera que habíamos colocado para evitar que se saliesen de la terraza cubierta donde su madre, Meiga, había tenido el parto de cinco cachorros: un macho y cuatro hembras. Curiosamente, las cuatro hembras de color blanco y negro, y el macho, de color blanco y marrón, siendo así que, ambos progenitores, eran del primero de los colores mencionados, es decir, blancos y negros. Debió tratarse de una regresión, de un salto atrás (aunque eso quizás pudiera explicárnoslo mejor el Dr. Gregor Mendel si consultásemos sus famosas leyes sobre transmisión por herencia de las características de los padres a sus hijos, que constituyen el fundamento de la genética) pero, en cualquier caso lo que a mí me interesaba más es que hubiera heredado las extraordinarias cualidades cinegéticas de sus progenitores, sobres todo las de su padre, Ciqui, que llegó a ser dos veces campeón del mundo con el equipo español, en modalidad de caza practica y categoría de continentales. Su madre, procedente del mismo criadero (Canil Soñar) me estaba dando un excelente resultado con la caza y, como siempre andamos buscando un poco más, algo que se acerque a la perfección, o que la alcance, concerté el salto con el propietario de aquél y, después de la cubrición y de los dos meses y algún día más de la gestación, se produjo la venida al mundo de la que sería mi compañera de caza durante los siguientes once años de nuestras vidas.

También recuerdo que cuando me acercaba a la parte de la terraza cubierta ocupada por los cachorros y llamaba: ¡Jara! … Era ella, siempre, la primera que se acercaba a donde yo me encontraba. Casi podría decir que fue ella, con su comportamiento, la que forzó mi decisión para que la eligiera como futura compañera de fatigas cinegéticas.  Y, si he de ser sincero, debo decir que nunca me arrepentí de la elección puesto que, cazando con ella, obtuve muchas satisfacciones. Su madre y ella, vivían con nosotros (mis hijos ya eran mayores e independientes) y se habían habituado de tal manera a la vida en la ciudad que algunos vecinos ni se habían percatado que en mi casa habitaban dos perros. Cuando salíamos de paseo solía llevarlas sueltas porque, tras un período de aprendizaje, adquirieron la costumbre de detenerse al llegar al final del tramo de acera y cruzaban la calzada cuando recibían mi orden de pasar al otro lado… Eran obedientes, tranquilas, afectuosas, no buscaban pendencia con otros congéneres… En fin, unas verdaderas y educadas “señoritas caninas”.

Cuando salíamos al campo la cosa cambiaba radicalmente, se transformaban -tanto la madre como la hija- en unos animales llenos de vitalidad y empuje, no paraban de correr y siempre andaban buscando, máxime cuando la salida era para una jornada de caza. Al llegar el día de la víspera y verme hacer los preparativos, colocando cerca de la puerta de entrada (o mejor sería decir, de salida) mi bolsa de caza, la mochila y la escopeta, ya les entraba la “desazón” y no se separaban de mi (no fuera que me marchase sin llevarlas conmigo). Cuando sonaba el despertador y daba la luz de la habitación, allí las tenía a las dos, junto a la cama, moviendo su diminuto rabo y esperando que me levantase y vistiese para emprender el camino del cazadero.

Cazar con Jara era un espectáculo… Era una perra con un gran corazón y una pasión desmedida por la caza. Le encantaba cazar la codorniz, adoraba cazar el conejo, por el que sentía una cierta debilidad (sobre todo a la hora de cobrarlo), pero le gustaba sobre todo cazar la perdiz, con la que desarrollaba al máximo todas sus facultades. Por ello, cada vez que se me presentaba la oportunidad de salir a “patirrojas”, no me lo pensaba y me apuntaba sin dudar, cualquiera que fuese el destino al que tuviésemos que desplazarnos.

Uno de mis lugares preferidos para cazar perdices fue el coto que tuvimos durante unos años en La Roda (Albacete), donde había bastante perdiz, abundaba el conejo y también teníamos una nutrida representación de liebres, que contribuían con su generosa aportación a completar nuestros morrales los domingos que cazábamos en el coto. El terreno del cazadero era completamente llano (no hay que olvidar que se encontraba ubicado en “La Mancha“), con una gran zona de monte bajo justo en el centro del acotado formado por carrascas, encinas y pinos y con una cubierta vegetal de tomillos, romeros y espartos, como especies más abundantes, rodeado de viñas y tierras de labor, que acogían y ofrecían refugio a bastantes bandos de perdices y a muchas de las liebres de la zona.

Pues bien, un domingo del mes de enero, cazando en la zona menos poblada de arbolado (que nosotros conocíamos como “el retallar”), Jara se quedó puesta de muestra delante de una gran mata de esparto y, después de prepararme, mandé a Jara que entrara; sin embargo, en lugar de irrumpir en ella con violencia, metió su cabeza en los espartos y la retiró portando algo en su boca: un lebrato que apenas tendría cuarenta y ocho horas de vida, o poco más. Se lo tomé con cuidado, comprobé que estaba perfectamente (esperaba que así fuera porque Jara tenía una boca muy dulce para la caza) y lo dejé en su nido, donde pude observar que reposaba otro hermano de camada. Tomé a Jara del collar y la solté una cincuentena de metros más allá y la mandé buscar, alejándonos del lugar, seguro de que la madre liebre no tardaría en volver a la cama donde habían quedado sus crías.

Cazando en esa zona se nos presentaron varias oportunidades con conejos y perdices y pudimos aprovechar tres, de ellas dos fueron lances con conejos y uno con perdiz, todos ellos a muestra de Jara y todos pasaron a ocupar un hueco en nuestra mochila de caza.

Cuando estábamos saliendo de esta zona de arbolado y nos disponíamos a cruzar un rastrojo, en el que, a modo de islotes vegetales, se encontraban multitud de carrascas y encinas diseminadas por la tierra de labor, vi que alrededor de una de ellas, revoloteaba un grupo grande de urracas, alborotando como sólo estos pájaros saben hacerlo y, sin pensarlo dos veces, llamé a Jara y hacia ellas nos encaminamos. Conforme nos íbamos acercando, ellas iban levantando el vuelo y ponían tierra de por medio, así que, cuando llegamos, no quedaba ninguna en la encina. Sin embargo, Jara que iba algunos metros delante de mí, se quedó de muestra ante lo que me pareció una piedra gris.

Como no noté que el bulto se moviera, a pesar de que Jara se había ido acercando hasta casi tocarlo con la nariz, me agaché y, sorprendido, comprobé que se trataba de una cría de Búho Real o “Gran Duque” que, posiblemente, se había caído de un agujero que tenía la enorme encina y que, sin duda, debía ser el nido de la rapaz. Con sumo cuidado dejé mi escopeta, con el seguro puesto, apoyada en el árbol y, tras ponerme los guantes, para evitar algún arañazo de las garras de la rapaz, tomé la cría de búho y la coloqué sobre la rama situada por debajo del nido, pero la más alta a la que alcancé, llamé a Jara, que estaba prestando su máxima atención a todo lo que me veía hacer, y nos alejamos de allí, tratando de incorporarnos a la mano, que nos había dejado retrasados. Una de las veces en que volví la cabeza para mirar la encina donde dejamos la cría, vi llegar a uno de los progenitores -por el tamaño, me pareció la madre- que portaba un conejo colgando de una de sus garras. Así que, mucho más tranquilo, seguí mi marcha hasta que nos incorporamos a la mano y seguimos cazando durante el resto de la mañana.

A la hora del recuento, y por aquello de que no debe saber tu mano izquierda las buenas acciones que realiza tu mano derecha, omitimos contar los dos lances a que me he referido en mi relato. Nos apuntamos los cuatro conejos, las dos liebres y las dos perdices que sacamos de nuestra mochila y, una vez las piezas en el montón general, nos tomamos un “quinto” de cerveza para celebrar (Jara y yo) nuestras buenas obras del día y nos dispusimos a dar buena cuenta de unas chuletas de cordero, recién hechas a la parrilla, que tomé de la fuente que acababan de poner sobre la mesa.

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Fecha:2021/05/23

MEIGA Y EL “DUENDE” DEL BOSQUE…

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Era un día ideal para practicar la caza de la codorniz en mis amadas tierras palentinas: estaba amaneciendo y el día se presentaba seminublado, hacía fresco y, como soplaba una suave brisa, no se barruntaba lluvia. Por eso, insisto en que el día era perfecto para este tipo de caza.

El cazadero estaba en el término municipal de Pradanos de Ojeda y, por corresponder a la zona norte de la provincia (donde la recogida de la cosecha va algo más retrasada), la media veda se había aperturado unos días después que en la parte más meridional y, por ello, todavía quedaban pajas por recoger en algunos rastrojos, sobre todos los de las tierras enclavadas en medio del monte… Y, por cierto, el monte en esta zona es “espectacular»: poblado de robledales, entre los que discurren arroyos y reguerones, bordeados de zarzamoras y endrinos, y de vez en vez, campos de labor y perdidos, donde suelen buscar refugio las esquivas codornices, cuando el perro las levanta de entre las pajas de los rastrojos.

Para aquel día había escogido como compañera de caza a «Meiga», mi perra Español-Bretón que, aunque ya iba teniendo sus años, todavía tenía «fuelle» suficiente para aguantar toda una mañana buscando codornices. Y bien cierto es, que sabía hacerlo a las mil maravillas, aunque éstas trataran de escabullirse entre pajas, juncos, maleza o se ocultaran entre la densa vegetación del fondo de los arroyos. Precisamente ese día, Meiga lo bordó con una brava y, creo yo, que veterana codorniz, que buscó su salvación en uno de los arroyos que, aunque con poca agua, circunvalaba uno de los campos de trigo donde se encontraba, llenando el buche, cuando la levantó mi perra por vez primera. Como saltó todavía entre dos luces, no quise tirar por tirar y dejé que Meiga la siguiese a la carrera, hasta que la «coturna» se dejó caer en el arroyo… ¡Aquí empezó una faena que me confirmó algo que yo ya sabía desde hacía bastante tiempo: ¡Mi perra era una formidable máquina de cazar!

Meiga, esperó a que yo llegase a su altura y cuando le pedí que bajara al arroyo, más que meterse, se zambulló en el mismo, perdiéndola de vista inmediatamente debido a la cantidad de vegetación que se había desarrollado en el cauce… La sentía resoplar y, en ocasiones, por el movimiento de las plantas, podía seguir su desplazamiento, que continuó durante unos cuarenta o cincuenta metros, hasta el momento en que el cauce se ensanchó y, a la altura donde yo me encontraba, se rebajó hasta medio metro escaso del fondo. Precisamente en ese tramo, fue donde Meiga me mostró de lo que es capaz un perro con experiencia, con una buena nariz y con la cabecita «bien amueblada»… La vi aparecer con la nariz pegada al suelo, mientras subía por uno de los laterales del arroyo, parándose repetidamente para escrutar cada rincón que pudiese servir de refugio a la esquiva avecilla; bajó de nuevo al cauce y subió por el otro lateral, justo el que quedaba por debajo de mí, repitiendo su búsqueda… Cuando había avanzado unos quince o veinte metros, en mismo borde del cauce, donde comenzaba de nuevo el rastrojo, se quedó de muestra, tan tiesa como un palo y con su portentosa nariz apuntando en dirección a un grupito de maleza donde, ya no cabía duda alguna, había buscado refugio la veterana codorniz… Hasta aquí había llegado, pero no pudo ir más lejos, ya que nos había costado mucho trabajo localizarla y nos supo a «gloría» a los dos cuando, después de un certero disparo, Meiga la cobró, y yo la puse en el colgador que llevaba sujeto a mi cartuchera.

Sin embargo, la anécdota más bonita del día nos la deparó un corzo, el animal al que se ha dado en apodar «el duende del bosque», por su misteriosa y recatada vida que desarrolla entre el denso follaje del bosque en el que habita. Es un mamífero típicamente forestal, de hábitos crepusculares, que sólo abandona el abrigo de la espesura para alimentarse en los prados y sembrados que rodean los bosques, siendo un animal muy esquivo y difícil de observar… Por ello, por no esperarlo en absoluto (sabéis que hay un dicho cazador que dice: «cuando menos lo esperas, salta…»), al cruzar un rastrojo, entre dos manchas de monte, donde se había quedado enganchado un girón de niebla, nos dimos de narices con un menudo, precioso y joven corzo que, por estar entrando la mañana, seguro que iba camino de su encame y que, por no esperar tampoco el encuentro, se quedó tan sorprendido como nosotros… Nos miramos unos instantes (nos separaban unos pocos metros, tan pocos que me daba la impresión de que si alargaba la mano podría tocarlo) y cuando me fijé en sus ojos, tan grandes y tan profundos, me pareció advertir una mirada casi humana… ¡No me dió tiempo a nada más!… Tan súbitamente como apareció, se esfumó entre los robles, después de dar un salto por encima de Meiga, que había arrancado hacia él -no sé bien con que «aviesas» intenciones-, pasando por mi costado como una exhalación.

Fue un encuentro como con un toque «mágico», como de «cuento de hadas» y siempre que recuerdo ese día, rememoro la figura del joven corzo, la sorpresa que advertí en su mirada, su agilidad para desaparecer en un instante en la espesura del monte y reconozco lo acertado del calificativo: ¡El duende del bosque!…

Yo, aún iría más lejos: ¡Es el más bello de los duendes que habitan en nuestros bosques! Y ahí, lo dejo.

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Fecha:2021/05/01

UNA JORNADA DE CODORNICES…

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

 

La mañana era fresca, como corresponde a los amaneceres de finales de verano, en tierras castellano-leonesas… Empezaba a despuntar el día y, mientras me echaba al “coleto” un humeante café con leche, mi perra “Kety” andaba nerviosa, dando vueltas a mi alrededor y dándome, de vez en cuando, algún golpe en las piernas con su rabo, ya que era incapaz de mantenerlo quieto un solo momento… Ella sabía, tan bien como yo, lo que venía a continuación.  Y, también como yo, estaba deseando emprender la marcha. Apuré pues mi café, dejé la taza en el fregadero de la cocina y, sin más dilación, tomé con una mano mi bolsa de caza, agarré con la otra mi vieja “Arrieta” de cañones paralelos y, procurando no hacer mucho ruido, para no despertar a la familia, salimos a la calle y nos acomodamos en el “cuatro latas” (mi recién adquirido Renault 4L)… Coloqué la bolsa y la escopeta en el piso del coche delante del asiento al lado del conductor y “Kety”, como tenía por costumbre, se ubicó en el “ahí te pudras”, que era como solíamos llamar cariñosamente al maletero del coche. Me puse al volante, me abroché el cinturón de seguridad y, después de tirar del “starter”, para cerrar el paso del aire hacia el carburador, arranqué el vehículo y nos pusimos en movimiento…

El cazadero elegido para aquel día, no se hallaba muy retirado. Se encontraba tan sólo a unos doce kilómetros de la explotación avícola de mi tío Luís, lugar en el que, mi mujer y yo, desde que nos casamos, solíamos pasar unos días de vacaciones (aquellos, precisamente, que venían a coincidir con los de la apertura de la “media veda” para, así, poder practicar mi afición favorita).  Se trataba de un pequeño valle, muy cerca de Villameriel, minúsculo pueblo que vivía, casi exclusivamente, de sus recursos agrícolas. Estaba entre dos lenguas de monte, surcado en toda su extensión por un arroyo, con múltiples acequias y “reguerones”, con algún perdido y sembrado por doquier de trigos y cebadas, cosechados en su mayoría, ya que nos encontrábamos a punto de dejar agosto y, en el mes de septiembre, es raro encontrar algún trigo “pinado” (por cosechar) en esa zona de la provincia de Palencia. Pues bien, casualmente, unos días antes, tuve ocasión de comprobar “in situ” que uno de los pocos extensos trigos que estaban todavía pendientes de cosechar en esa zona, se hallaba en ese precioso valle.  Y… ¡Oh, maravilla! , tuve incluso la oportunidad de escuchar el penetrante “pál-pa-la”, “pál-pa-la”, de alguna de  las codornices refugiadas en el mismo.  Por ello, recurrí a la simple estrategia de vigilar el lugar diariamente y, tan pronto comprobé que la “mies” se estaba recogiendo, decidí que era el momento adecuado para, acompañado de “Kety”, darle un repaso al lugar a ver si dábamos con las “coturnas” antes de que emprendieran el regreso a sus cuarteles de invierno.

Ahora, llegado ese momento, con el corazón dándome “brincos” en el pecho, íbamos camino del lugar donde mi experiencia como cazador aconsejaba dirigir los pasos.  Cuando llegamos al cazadero, situé el coche debajo de un grupo de chopos y dejé bajar a “Kety” para que fuera estirando las patas… Me puse el chaleco y un chubasquero, porque estaba lloviznando (caía lo que por el norte llaman “calabobos”), monté la escopeta y, cuando me disponía a encarar el rastrojo del trigo con el que había estado soñando los últimos días, me di cuenta de que, transversalmente al sentido de mi marcha, un cazador con dos perros estaba cruzando las tierras recién cosechadas… Me detuve perplejo, mientras el hipotético competidor se perdía en la lejanía… ¡sin disparar un tiro!… Tan sólo cuando me aseguré de que no tenía a nadie más rondando por los alrededores, me decidí a emprender la marcha.

Comenzamos a cazar, pero nada sucedió durante un buen rato… Seguía lloviznando y “Kety”, sin importarle el agua que la mojaba, iba y venía, cruzando el terreno delante de mi, buscando las codornices que suponíamos escondidas bajo las hileras de pajas dejadas por la cosechadora. Cuando llevábamos recorrida casi la mitad del campo, junto a una pequeña depresión del terreno, antes de iniciarse una suave loma, allí donde las pajas tenían mayor altura, se produjo lo que estaba esperando desde hacía bastante rato: la primera muestra de “Kety”… Y llegó, como ella solía anunciarlo: primero con movimientos más alegres de su rabo, que agitaba más rápidamente conforme el efluvio de la caza le iba llegando con más nitidez; luego, cuando ya tenía localizada la pieza, y conforme se acercaba a ella, con movimientos mucho más ralentizados –como a “cámara lenta”-, hasta que, de forma súbita, se producía su total inmovilización… Se quedaba rígida, en completa tensión, con el rabo en prolongación con la línea de su espalda y el hocico apuntando hacía la pieza escondida… Sólo se le notaba, fijándose bien, un especial brillo en los ojos; por lo demás incluso daba la impresión de haber dejado de respirar, tan era el estado de concentración en que quedaba sumida. Me preparé y, como siempre solía hacer, me adelanté hasta ponerme a su altura, y dado un pequeño pisotón en el terreno, le ordené: ¡entra!… “Kety” se adelantó y, justo delante de su nariz (o mejor hubiera podido decir portentosas narices, porque al tenerla ligeramente hendida –mi perra era cruce de pachón y pointer- parecía tener diferenciadas dos y no una al extremo de su hocico), arrancó a volar la primera codorniz. La dejé alejarse unos veinte metros y la derribé de un certero disparo. Mandé a “Kety” para que la cobrara y, cuando volvía con ella en la boca, se quedó nuevamente de muestra… Me acerqué despacio y, después de recogerle la codorniz que tenía entre las fauces, le mandé nuevamente que entrara a por ella… Se repitió el lance; arrancó la codorniz, sonó el disparo y “Kety”, por supuesto, realizó la parte para ella más satisfactoria de su trabajo: el cobro de la pieza abatida. Después, como colofón a su altruista y desinteresada labor, me la entregó –sin maltratarla-, a cambio de que yo, como recompensa, le dedicara unas palabras de aliento (“Muy bien Kety”… “Eso ha estado muy bien”), mientras acariciaba su cabeza con mi mano. Luego, otra vez al “tajo”, con redoblado ahínco, sin dar muestras de cansancio, batiendo el terreno hasta dar, nuevamente, con otra codorniz…Y con otra… Y otra más…Y otra…Bueno, en aquella fabulosa mañana, trabajando en perfecta sincronización, logramos una “percha” de veintidos codornices (dejamos irse una, porque, por su manera de volar, nos pareció evidente que estaba con “pollos”) y, de haber sido en temporada, hubiéramos podido completarla con una “media liebre” que me mostró “Kety” en su cama al llegar a lo alto de la loma, justo cuando íbamos a “dar de mano” e iniciar el camino de regreso al coche, totalmente satisfechos con el resultado de nuestra corta y fructífera jornada de caza.

Estuvimos cazando no más de tres horas y, aunque el cazadero era mucho más extenso, sólo fue en el trigo recién cosechado donde centramos la búsqueda. La percha pudo ser más numerosa (por aquel entonces, por ser muy abundantes en  la zona, podía uno colgarse alguna más) pero fue lo suficientemente gratificante por la calidad de los lances, la belleza de las muestras y la efectividad de la búsqueda y de los cobros, como para que diésemos por terminada la jornada en llegando a este punto… Como luego le dije a “Kety”, ya en el coche, de regreso a casa: “De haber seguido cazando, habríamos demostrado muy poco agradecimiento al Creador de todas las criaturas, después de habernos otorgado un día de caza tan completo”… Ella, levantó la cabeza y, mirándome a los ojos, agitó su rabo, dándome a entender, con ello, que estaba completamente de acuerdo conmigo y que tenía toda la razón en lo que estaba diciendo…

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Fecha:2021/04/06

LA CURIOSIDAD… ¡TE PUEDE MATAR!

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Y sino, que se lo pregunten a aquella liebre que estuvo jugando conmigo a “guardar las distancias” un frío día de invierno de hace ya treinta años en un coto del término de Horna, en la provincia de Albacete…

La verdad es que digo unas cosas que hacen “tiritar” (en esta ocasión, más por lo impropio de la recomendación, que por el frío de la zona), puesto que: ¿Cómo se le puede preguntar algo a un animal que no habla? Y, a mayor abundamiento, aunque el animal tuviese la facultad de hablar: ¿Cómo va a contestarnos un animal que acaba de caer fulminado por un cartucho del calibre 12 y plomo de sexta?… ¡Estoy de “atar”!

De cualquier modo, voy a contar lo sucedido aquel día para que se pueda apreciar cuanto hay de verdad en la afirmación que encierra el título de este relato. La mañana era fresca, tanto que incluso podríamos decir que era más bien fría, y tan fría que sin esforzarnos demasiado y sin faltar un ápice a la verdad, cabría afirmar que hacía un frío de “cojines” (cajínes es a cajónes, como cojínes es a…x; despejar x y sustituir por su valor), por lo que se te quedaban los dedos tan duros como estacas, a pesar de llevarlos cubiertos con guantes y metidos en los bolsillos del chaleco de caza. Había quedado “raso” la noche anterior y caído una helada que había dejado el terreno completamente blanco, hasta el punto de parecer que, más que “escarchar”, hubiese nevado y, la temperatura, más que caer… ¡se hubiera “desplomado”!

El cazadero era una finca con el 20 % de labor (rastrojos de cereal) y el 80 % de monte (pero monte, monte) … El conocido como “Cerro Cuadrado”, que se extendía a lo largo de la propiedad y que servía de refugio a toda la caza de la zona, en cuanto sonaban los primeros disparos de escopeta. La subida costaba un poco, pero tan pronto alcanzabas la zona alta, era bastante plana y, por ello, cómoda de andar (o de cazar, “tanto monta”). Una vez arriba, nos abrimos en ala y comenzamos la “mano”. Al poco, vi una “rabona” que, con las orejas pegadas al lomo, levantó delante de mí, pero a una distancia que juzgué “fuera de tiro”, por lo que me limité a seguirla con la vista mientras se alejaba. No hizo más que andar unos metros y se paró, se empinó sobre sus patas traseras y, volviéndose hacía nosotros, se quedó mirándonos con curiosidad, mientras proseguíamos nuestro camino… Al ver que no nos deteníamos reinició la carrera y, después de alejarse unos pocos metros, se empinó nuevamente y se quedó mirándonos, supongo que inducida por su curiosidad… He de hacer constar que aquel animal parecía utilizar un “odómetro” (de los que usan los profesionales para medir las distancias) o bien un GPS de última generación, ya que siempre que se detenía, parecía hacerlo “fuera de tiro”, por lo que en ningún momento se me ocurrió echarme a la cara mi escopeta para probar fortuna.

Hubo un momento en que la perdí de vista y pensé que se habría “escurrido” hacía la falda del cerro, pues es lo que normalmente suele hacer la caza: ¡subir al monte, cuando estás en la labor; y bajar a la labor, ¡cuando estás en el monte! Pero, algo más adelante, volvió a mostrarse, apareciendo como si de un fantasma se tratase, al coronar un pequeño promontorio… Llevaba un “trotecillo borriquero”, como si no tuviese prisa alguna, digo yo que confiada en sus facultades para ponerse fuera de nuestro alcance emprendiendo veloz carrera, si la ocasión llegara a requerirlo.

Las paradas para “curiosear” se repitieron, al menos, en cuatro ocasiones y, excepto en la última que me pareció se realizaba algo más cercana a donde me encontraba (pero no mucho más que las anteriores), en todas ellas, la liebre respetaba escrupulosamente la “distancia de seguridad”… Llegado a este punto, me detuve y, mientras la observaba allí de pie, delante mía, pensé que la escopeta que llevaba aquél día “alargaba” mucho (era una FN semiautomática, de muelle; con cañón largo, de las primeras que entraron en España, que fue de mi padre y, anteriormente, de mi abuelo) y me pregunté –pero bajando la voz, no fuese a oírme aquél curioso animal- : ¿por qué no probar fortuna, aprovechando que parecía haberse detenido algo más próxima? No contesté mi pregunta, pero me encaré la escopeta, apunté un “pelin” por encima de la punta de sus orejas y apreté el gatillo: ¡¡¡pum!!!…  Retumbó el disparo y cuando levanté la vista: allí seguía la liebre empinada sobre sus patas traseras… No me sorprendió verla así, porque pensé que había fallado el tiro… Lo que me sorprendió, y mucho, fue ver, un instante más tarde, como caía de lado tan larga como era. Cuando me acerqué a recogerla, comprobé que tan sólo tenía –aparentemente– un perdigón alojado en la cabeza… ¡Un exceso de confianza y una curiosidad malsana, acabaron con ella!

Al final de la mañana y mientras se terminaba de preparar la comida, comenté el lance con los compañeros de cuadrilla… Todos coincidieron en que las liebres son muy curiosas, pero, también, en que suelen ser muy prudentes… Sin embargo, en esta ocasión, pudo más lo primero, que lo segundo… Por ello y sin temor a equivocarme puedo afirmar que “la curiosidad, te puede matar”, como le sucedió a la liebre de mi relato… ¡Queda dicho!

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Fecha:2021/01/23

Anécdota de caza III

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Como de anecdóticos se pueden calificar mis contados contactos con una pieza de caza que no es muy común en España, salvo en contadas zonas del norte de la península.  Me estoy refiriendo, concretamente, a la Chocha perdiz (Scolopax rusticola), un ave limícola, a la que también se conoce como becada, sorda, pitorra, gallinuela o arcea. Es de tamaño medio, oscilando su longitud entre los 30 y los 35 cm, y el peso entre los 250 y los 350 gramos. Presenta un pico fino y largo, con el que captura sus presas, invertebrados por lo general, que encuentra en el fértil suelo del bosque, rico en humus, y en pastizales o turberas que suele frecuentar en busca de alimento. Su plumaje, gracias al cual se camufla perfectamente en el medio, es de un tono pardo rojizo muy críptico, y está manchado de tonos pardos, ocres y negros. Habita en los bosques, tanto de frondosas como de coniferas, donde pasa el día escondida. Cuando está de paso o de invernada baja hasta los encinares, dehesas y zonas de monte bajo. Su distribución como reproductora se restringe en la Península a la húmeda franja norteña, desde Galicia hasta Cataluña, así como a ciertos bosques serranos del Sistema Ibérico y Sistema Central, y, probablemente, a unos pocos enclaves más de la zona centro.

Pues bien, en uno esos pocos enclaves de la zona centro que visitan en sus erráticos movimientos, se produjo nuestro segundo encuentro.  Concretamente en una loma densamente poblada de encinas y carrascas, con algún que otro grupo de pinos carrasco, cuando en compañía de Esla, mi Perdiguera de Burgos, íbamos tras las perdices…  Pero esto es la segunda parte de mi historia. En realidad, mi primer contacto con una Chocha perdiz, se produjo allá por el año 1966 y tuvo lugar en los montes que rodean a Biar, un municipio de la provincia de Alicante, en la comarca del Alto Vinalopó (a una altura de mas de 700 metros sobre el nivel del mar), enclavado en las estribaciones de la Sierra Mariola y con la mayor parte de su término municipal ocupado por grandes masa de pino carrasco. Los de mi cuadrilla nos habíamos hecho socios del coto local, ya que estaba próximo a Alicante y no era caro, aunque si difícil de cazar por la complicada orografía del montañoso terreno. Por aquél entonces yo estaba soltero, vivía todavía en casa de mis padres y, como mi madre no me lo permitía, no tenía perro. Así pues, después de esta puesta en situación, creo que corresponde ya entrar en materia.

Un domingo del mes de enero, después de recoger con mi Renault 4L, a tres de mis compañeros de cuadrilla, nos encaminamos a la Rambla dels Capellans donde, según nos comentaron, habían visto un bando de perdices. Como había estado lloviendo durante buena parte de la noche y aún llovía cuando tomamos el camino que nos debía conducir a la zona que pretendíamos cazar, al ser la tierra del camino bastante arcillosa, empezamos a tener problemas para avanzar pues, aunque el “cuatro latas” tenía buena altura al suelo, carecía de tracción a las cuatro ruedas (que era lo que necesitábamos para progresar en ese tipo de terreno). Por ello, en la imposibilidad de subir sobre ruedas, cambiamos mi vehículo por el coche de San Fernando y, unos ratos a pie, y otros, andando, llegamos al cazadero. Había dejado de llover y, aunque nuestros chubasqueros chorreaban agua, eso no nos amilanó y empezamos la mano por la umbría del monte. Apenas recorridos uno centenares de metros, me sorprendió un ave que saltó, cuando estuve a punto de pisarla, elevándose en vertical desde la vegetación que se extendía bajo mis pies y voló en zigzag, con un vuelo potente, emitiendo un peculiar “zurrido”, que me sorprendió por lo inesperado, haciéndome fallar mi primer disparo. Traté de serenarme y como todavía no se había alejado demasiado, corregí el encare y volví a apretar el gatillo de mi paralela Arrieta y pude ver, con enorme satisfacción, como el ave interrumpía su vuelo y daba en tierra. Al recogerla me di cuenta de que era una Chocha perdiz por su largo pico, por sus grandes ojos negros, situados muy atrás, en los laterales de la cabeza (lo que les facilita una visión de 360°) y por el color de su plumaje, que le permite pasar desapercibida entre la hojarasca del bosque. Así que, como se suele decir, sin comerlo ni beberlo, me hice con mi primera becada, que por ese nombre también se la conoce.

Y como empecé a decir al principio de mi relato, mi segundo encuentro con esta peculiar ave se produjo en uno de los pocos enclaves de la zona centro que pueden visitar en sus erráticos movimientos migratorios. Más concretamente éste se produjo cuando Esla, mi perra Perdiguera de Burgos, y yo, nos encontrábamos cazando perdices en el coto que teníamos en La Roda (Albacete) y así fue como se produjo el lance. Acababa de disparar a una liebre que nos arrancó muy larga y, aunque la plomeé, siguió corriendo con tal fuerza que creí que la perdíamos, pero no contaba con que Esla, que salió tras ella, acabaría por cobrarla. Cuando la vi, de lejos, volver con ella en la boca me alegré sobremanera, pues no me gusta dejar herida o muerta una pieza en el campo. Así que me dispuse a recibirla como se merecía, pero, aunque la había visto ya algo retirada de donde yo me encontraba, no acababa de llegar, así que me adelanté en su búsqueda y, justo delante de una carrasca casi rastrera, allí estaba Esla, con la liebre en el suelo, a su lado, pero puesta de muestra sobre algo que debía encontrarse en el interior de la cubierta vegetal a la que apuntaba. Y efectivamente apuntaba bien, porque al mandarla entrar, arrancó con su característico “zurrido” un ave, que reconocí inmediatamente como una becada, pero que me sorprendió con su explosiva salida. Disparé cuando zigzagueaba entre dos carrascas, casi cuando se cubría con una de ellas, por lo que no pude ver si había caído, me volví buscando a Esla, pero no la vi, había desaparecido. Me agaché a recoger la liebre cobrada por mi perra y, cuando la estaba metiendo en la mochila, vi aparecer a Esla con la becada que pensé haber fallado unos momentos antes. Me llenó de gozo comprobar que tengo una perra de caza (“auxiliar especializada en trabajos técnicos cinegéticos” que dirían los que se empeñan en aplicar denominaciones altisonantes para cambiar el nombre de las cosas utilizando una terminología lingüística actualizada a los tiempos que corren), que es una formidable profesional y domina su trabajo casi a la perfección. Que me ha dado, me está ofreciendo y espero que me siga proporcionando muchas satisfacciones más, durante el tiempo que permanezcamos trabajando como un conjuntado equipo.

Y estas han sido las dos únicas experiencias que, a lo largo de mi dilatada vida como cazador, he vivido con la “dama del bosque”, aunque las circunstancias en que se han producido nuestros encuentros hayan sido muy distintas. En la primera ocasión, sin perro y, con él, en la segunda, aunque en ambas, en lugares donde no esperaba el encuentro. Como digo siempre, en estos casos: ¡Son cosas de la caza!

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Fecha:2020/12/06

Cosas de la caza….

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Hace ya algún tiempo, fui a cazar a la finca que un buen amigo tiene en Peñarrubia, un “pueblin” en las proximidades de la sierra de Alcaraz, donde abundan las perdices, y es así, entre otras razones y fundamentalmente: porque son muy numerosas, el terreno es idóneo como hábitat para que vivan y se reproduzcan, y porque mi amigo controla a sus predadores y las caza en contadas ocasiones. Cuando lo hace, aunque no siempre (ya me gustaría a mi que siempre contara conmigo), en muchas ocasiones tiene la gentileza de invitarme y, aunque está a más de doscientos kilómetros de casa, no dudo en aceptar su invitación y me desplazo hasta su finca, lo que me brinda la posibilidad de disfrutar de su compañía y, casi siempre, de un extraordinario día de caza.

Pues bien, ese día me sucedieron algunas cosas que no se suelen dar, al menos con frecuencia, en esto de la caza y que explicaré a continuación.

Después de cumplir con la tradición de desayunar unas «migas de pastor» y echarnos al coleto un chocolate calentito y rematar con una copita de anís (para entrar en calor, porque el día era frío) iniciamos la caza. Tomamos, por un lateral de la finca, la ladera de un barranco que daba al sur (la de la “solana”), donde solían retozar los conejos, sobre todo los días que, como aquél, eran fríos con avaricia y, como no, también solían tomar las perdices para entonarse convenientemente con los rayos solares que empezaban a calentar a esas horas de la mañana. Mi amigo dice que en su finca se caza a partir de las nueve, que antes la caza no está en el monte, y así lo venimos haciendo desde que fui la primera vez. Es más, esa costumbre creo le viene de familia porque ya la practicaba su padre, que también era cazador.

A poco de comenzar a andar, Meiga empezó a animarse y unos metros más adelante, se quedó de muestra en un grupo de enormes matas de esparto, desde las que un conejo, sin dar lugar a que Jara lo desalojara, saltó “petardeado” y tras recorrer unos metros le derribé de un certero disparo. Esperé que Meiga se adelantase para cobrarlo, pero, al volver la cabeza, vi que seguía de muestra ante las matas de esparto. Volví a cargar mi escopeta del 20 y animé a Meiga para que entrara, cosa que hizo inmediatamente, desapareciendo entre las matas de espartos, por lo que la perdí de vista. Como tardaba y no la veía por ningún lado, supuse que estaba puesta de muestra y me metí entre los espartos para comprobar que, efectivamente, estaba tiesa como un “garrote” marcándome otro conejo (pensé yo). Y me equivoqué, aunque por poco, porque lo que me señalaba mi perra no era un conejo, sino dos que, al sentirme cerca de Meiga, salieron de estampida hacia una zona con menos vegetación lo que me posibilitó hacer el segundo “doblete” de conejos que he conseguido a lo largo de mis muchos años como cazador con escopeta y perro.

Seguimos por la ladera y, al avanzar un poco más, Meiga volvió a animarse y al mirar al frente vi que llevábamos delante las perdices. Seguí con prudencia por la parte alta de la loma y. adelantándome un poco, me asomé tratando de contener a Meiga, pero me tomó la delantera y se quedó puesta delante de un grupo de matas de esparto, desde donde levantaron dos de las perdices que vi apeonar desde algo más atrás. Apunté a una de ellas, la que primero salió, tratando de controlar mis nervios y disparé, justo en el momento en que la segunda se cruzó con la que tenía encañonada, y así, sin proponérmelo, hice realidad el dicho: «de un tiro, dos pájaros». Bien es verdad, que una de ellas, donde dió, quedó, pero la otra cayó de ala y Meiga tuvo que bajar a buscarla hasta el fondo del barranco, donde la recuperó tras emplear bastante tiempo y realizar un considerable esfuerzo, ya que la perdiz no le facilitó nada el cobro.

Seguimos por la loma, desde donde, sin esperar a que mi perra la mostrara, nos voló otra perdiz, que remontó emitiendo su característico “piché-piché-piché-piché”, pero no pudo alejarse mucho porque, ese día estuve bastante inspirado a la hora de apretar el gatillo y pasó, después de que la cobrara Meiga, a engrosar nuestra bien surtida percha.

Llegando al final de la loma, todavía tuvimos oportunidad de jugar un nuevo lance, que resolvimos satisfactoriamente. En esa zona se conservan los restos de un antiguo corral de ganado que, por lo que he podido comprobar en varias de mis visitas a la finca, resulta querencioso para las “patirrojas” e, incluso para los conejos, así que agudicé mis sentidos al máximo porque, además, estaba viendo a Meiga animarse por momentos y comprobé que,  al acercarse al muro de piedras del cercado, se ponía de muestra y, rompiéndola de inmediato, iniciaba una guía hacía el extremo más alejado de donde nos encontrábamos. La seguí en tensión, pero presto a encararme la escopeta y, justo cuando estábamos llegando a la esquina del corral, arrancó una perdiz que no pudo evitar el disparo que acabó con sus intentos de fuga. Meiga la cobró y recibió mis efusivas muestras de cariño por una labor perfectamente realizada.

Al final de la jornada, a la hora del recuento, Meiga y yo, nos apuntamos cuatro perdices y tres conejos, todos a muestra de mi perra, aunque nos acompañó la fortuna en el primer lance con los conejos, pues los encontramos de reunión, no se si familiar o festiva, y luego con las perdices, un lance de verdadera suerte, pero…  ¡¡¡Son cosas que tiene la caza!!!   

            Y así lo cuento

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Fecha:2020/11/06

EN BUSCA DEL PAÑUELO PERDIDO

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

De verdad que mi perra fue extraordinaria y mucho  lamento no tenerla ahora, que van menguándose  mis facultades físicas (más que por otra razón, por el paso – o el peso, que tanto tiene – de los años) y porque como auxiliar fue un animal que valía su peso en oro; aunque quizás, mejor debería decir que no tuvo precio, afirmación – esta última – que se ajustaría más a la realidad y que le haría estricta justicia, toda vez que fue una perra irrepetible: ¡La perra con la que soñamos todos los cazadores!

Kety, que así decidimos llamarla cuando nos la regalaron con tan sólo veintiocho días, era producto de un cruce de Pointer (su padre) con Pachón Navarro (su madre). Su capa era blanca y negra, con el pelo corto, como la de su progenitor, y tenía la nariz con la división muy marcada, pero sin llegar a estar partida, como la de su progenitora. No tenía la esbeltez del Pointer, aunque si la solidez del Pachón. Pero… independientemente de sus características físicas, heredó de ambos tal cantidad de virtudes cinegéticas que, desarrolladas con el paso de los años, la convirtieron en una verdadera fuera de serie.

Era una perra muy dispuesta a aprender y trabajadora infatigable. Siempre estaba pendiente de mi y, como le dedicaba casi todo mi tiempo libre, llegamos a un grado de compenetración tal que causaba admiración a las personas con las que solíamos relacionarnos y que la conocían por ello.

Siendo cachorro (tendría seis o siete meses), empecé a esconderle un pañuelo mío, al que hacía un par de nudos, dejándolo entre los arbustos del seto que delimitaba los parterres del jardín donde salíamos a pasear todos los días, o debajo de alguna de las frondosas plantas que, en medio del césped, proliferaban por doquier, o simplemente dejándolo caer al lado de alguno de los bancos del paseo… Siempre procuraba hacerlo cuando ella no se daba cuenta, cuando estaba enfrascada tratando de descifrar algún olor interesante, o cuando se hallaba alejada de mi… Luego la llamaba, le enseñaba mis manos vacías y le decía: “Kety, he perdido mi pañuelo, encuéntralo” … Y la buena de Kety, salía de estampida buscándolo hasta que, indefectiblemente, volvía con él en la boca y me lo entregaba sin parar de mover su rabo, mostrando así su alegría y satisfacción por haberme complacido. Recuerdo un día que incluso tuvimos ocasionales espectadores: Un matrimonio con un niño de unos cuatro o cinco años que acertaron a pasar junto a nosotros, en el momento que mandaba a Kety a buscar el pañuelo perdido. Se quedaron observando las idas y venidas de la perra que, en esta ocasión se alejó bastante de donde estábamos y, cuando regresó y se sentó delante mía, aparentemente sin el pañuelo, oí el comentario que el padre le hacía a su hijo: “No ha podido encontrarlo, pobrecita” … Yo, apuntillé: “No se fíe nunca de las apariencias, porque, a veces, engañan” y, al decir esto, acerqué mi mano a las fauces de Kety que, dulcemente, depositó en ella el pañuelo que llevaba dentro de la boca. El padre no daba crédito a lo que estaba viendo y el chaval se abrazaba a mi perra dándole besos, hasta que su madre lo separó para poder proseguir su camino.

Más adelante, fui complicando su entrenamiento, trasladándonos al campo. Concretamente a unos terrenos, que un amigo tenía en las proximidades de mi ciudad, que era tan amante de los animales como yo y que seguía los progresos de mi perra con tanto interés como si se tratase de algo suyo. Allí, la dejaba en el coche y me alejaba caminando por un campo sembrado de alfalfa, o entre los surcos de una plantación de alcachofas, o cruzaba algún margen, o me perdía entre los naranjos de una de las parcelas de la finca… Al final, dejaba caer mi pañuelo y volvía al coche, procurando hacer el mismo recorrido, pero a la inversa… Y allí la tenía, sentada en el maletero y mirándome sin pestañear, esperando que la mandase a buscarlo. Cuando le abría el portón del coche, podía notar que temblaba de excitación, pero, permanecía sentada hasta que le daba la orden: ¡¡¡ búscalo !!!… Entonces ya no había nada que la detuviese. Daba verdadero gozo verla seguir el camino que yo había utilizado, realizar los mismos cambios de dirección que había efectuado y… volver con el pañuelo, exultante de satisfacción, para entregármelo y recibir su recompensa: una caricia de mi mano y una cariñosa palabra de felicitación por el trabajo bien realizado.

Como residíamos en una ciudad de la costa mediterránea, con la llegada del buen tiempo solíamos acercarnos a la playa y, como en aquella época (estoy hablando de hace treinta años) no decían nada por estar con los perros en la arena, Kety venía siempre con nosotros. Y allí estaba hasta el momento en que veía que me zambullía en el agua… La siguiente en entrar en el líquido elemento, detrás de mi, era ella… Y conmigo permanecía, sin separarse de mí y nadando alrededor mío, todo el tiempo que yo estuviese “en remojo”.

Todas estas cosas, más un sin fin de experiencias y enseñanzas que tuvo durante esta época de su crecimiento y que absorbió y asimiló, como si de una esponja se tratase, hicieron que cuando empezó a cazar conmigo, primero la codorniz (su maestra de primaria, todos los veranos) y, posteriormente, la perdiz (su catedrática de estudios superiores, los inviernos), lograse algo que no está al alcance de muchos perros, aunque sus orígenes o su sangre fuesen mucho más “puros” que los de mi perra: el doctorado en todas y cada una de las materias de ese complejo arte que es la caza.

Por supuesto, que entre mis amigos cazadores e, incluso entre los de mi propia cuadrilla había quien presumía de perro… Yo, con motivos más que sobrados para hacerlo, nunca alardeé de ello, mi “natural e innata modestia” fue la causa que me impidió jactarme de los logros de Kety, además de que, era ella misma, con sus acciones, la que hacía inútil – por innecesaria – cualquier “campaña publicitaria” sobre sus extraordinarias cualidades…

Buscaba con pasión, sin desfallecimiento a lo largo de toda la jornada. Cuando se alejaba, o ella pensaba que se había alejado, se paraba, volvía la cabeza y me miraba esperando alguna indicación mía… Si le hacía alguna señal con la mano, bien fuese a derecha o izquierda, en ese sentido reemprendía la marcha, pero siempre a tiro de escopeta… Si empezaba a notar rastros de alguna pieza lo demostraba como ella solía anunciarlo: primero con movimientos más alegres de su rabo, que agitaba más rápidamente conforme el efluvio de la caza le iba llegando con más nitidez; luego, cuando ya tenía localizada la pieza, y conforme se acercaba a ella, con movimientos mucho más ralentizados – como a “cámara lenta” –, hasta que, de forma súbita, se producía su total inmovilización… Se quedaba rígida, en completa tensión, con el rabo en prolongación con la línea de su espalda y el hocico apuntando hacía la pieza escondida… Sólo se le notaba, fijándose bien, un especial brillo en los ojos; por lo demás incluso daba la impresión de haber dejado de respirar, tan era el estado de concentración en que quedaba sumida. En ocasiones, si me demoraba un poco en darle la orden de entrar, ladeaba su cabeza, mirándome de reojo y como queriéndome avisar de que tenía la pieza delante… Yo no podía evitar sonreír con satisfacción al darme cuenta de su “inteligencia” (indudablemente era una perra con mucho conocimiento) y del grado de compenetración que estaba alcanzando conmigo y que nos hacía entendernos muchas veces sólo con mirarnos.

Si de cobrar alguna pieza herida o alicorta se trataba, allí estaba Kety (que para eso se entrenó buscando mi “pañuelo perdido”) para recuperarla. Lo mismo daba que fuera sobre el terreno, que el cobro hubiera de realizarlo en el agua… Recuerdo que, uno de los domingos que en la temporada se habían habilitado para el ejercicio de la caza en el coto, después de patearnos una de las lomas más largas y empinadas del cazadero, y ya de vuelta hacia el coche para tomar “el taco“ de media mañana, vimos, sobrevolando el camino por el que nos dirigíamos hacía el vehículo, una perdiz… Venía descolgada desde lo alto de la loma que teníamos enfrente pero a una altura considerable… No me lo pensé dos veces… Me eché a la cara la FN que antes había sido de mi abuelo, y posteriormente de mi padre  y, después de sopesar mis escasas posibilidades de acierto, apreté el gatillo: ¡¡¡“pummm”!!!…, sonó el disparo y, ante la general sorpresa, vimos (me refiero, básicamente, a que Kety lo vio también como yo, porque como tenía conocimiento, cada vez que me veía levantar la escopeta, se fijaba hacía donde apuntaba) como la perdiz hizo un quiebro, dejó de aletear, descolgó una de sus patas y empezó a perder altura, en dirección a una de las manchas de pinos que bordeaban el camino. Kety, tan pronto entró entre los pinos, salió flechada en dirección al lugar del hipotético aterrizaje y la perdimos de vista durante, al menos, quince largos minutos… Justo, cuando el resto de los compañeros de cuadrilla empezaba a murmurar sobre la inutilidad del esfuerzo de buscar la pieza abatida entre la maleza del pinar, apareció Kety al borde de la pinada. ¡Venia derecha hacia mi, moviendo el rabo con inusitada alegría, para hacerme entrega de la perdiz que acababa de cobrar de forma increíble! Los compañeros de la cuadrilla no daban crédito a lo que veían, pero, ya se sabe: “una imagen vale más que mil palabras” y yo no quise, por las razones de humildad y modestia indicadas antes, meter “ningún dedo” en “ninguna llaga” y ahí quedó la cosa… Durante todo el tiempo que pude disfrutar de su compañía, que fue todo el que vivió a nuestro lado, no dejó en el monte pieza muerta o herida sin cobrar y, eso que algunas (doy fe de ello) fueron recuperadas en condiciones verdaderamente dificultosas.

Un aciago día, al volver de nuestro cotidiano paseo de mediodía, noté que se fue derecha al cacharro que tenía con agua en la cocina vaciándolo completamente, y mientras que su estomago se dilataba de forma anormal, comenzó a quejarse de forma lastimera. Me asusté al ver su reacción y salí corriendo en busca del veterinario. Cuando llegué y la vio me dijo, con cara de preocupación, que creía que la habían envenenado. La sondó, le hizo un lavado de estómago, le proporcionó antihistamínicos… En fin, se hizo lo que se pudo, pero, lamentablemente, no fue suficiente, debido a la potencia del veneno que hizo su efecto en un breve espacio de tiempo… Nos volvimos a casa y la deposité en su cama, donde permaneció tumbada con aparente tranquilidad, aunque me dio la impresión que sus ojos comenzaban a nublarse… Me quedé sentado a su lado durante un buen rato hasta que, de pronto, levantó la cabeza como si me estuviera buscando y cuando me oyó decirle que estaba a su lado y notó que le acariciaba su garganta, dejó caer su cabeza sobre mi mano y cerró los ojos… Ya no los volvería a abrir. Pasados unos días, nos llegó la noticia de que algún «mal nacido» había sembrado de «golosinas» con veneno la zona donde sacaba a pasear a mi perra y, que, junto con ella, había acabado con la vida de cinco perros más de la vecindad. No sé si en algún momento se pararía a pensar en el alcance y posible trascendencia de sus actos (por la zona también juegan muchos niños y podría haber envenenado a alguno de ellos), pero lo cierto y verdad es que deja mucho que desear su comportamiento como persona y también como ser humano.

Posiblemente, algún día me decida a contar algunas de las muchas anécdotas vivida con ella, pero ahora no podría… Siento un picor sospechoso en mis ojos y no encuentro fuerzas suficientes para continuar escribiendo, aunque sea de Kety, mi más leal y fiel compañera durante los nueve años que tuve la suerte de disfrutarla…  Si existe otra vida (y como dicen por Galicia: “creer en ella non creo, pero haberla, hayla…”) cuando yo deje esta, estoy seguro de que saldrá a mi encuentro, agitando alegremente su rabo y moviéndose alrededor mío, mientras espera que le ordene, una vez más, salir en busca de mi “pañuelo perdido”…

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Fecha:2020/10/12

ANECDOTAS DE CAZA   II

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Fue un domingo, a principios del mes de enero de hace unos cuantos años, cuando tuvo lugar el suceso que voy a relatar a continuación… Habíamos recibido quejas de los agricultores con tierras en el coto, ya que, debido a la abundancia de conejos aquel año, se estaban produciendo daños en la siembra y, la verdad, es que en algunos terrenos se notaban con claridad los efectos de la voracidad de los “lepóridos” que habían convertido la zona en su restaurante favorito. Para que no tuviésemos que apechugar luego con alguna que otra “indemnización por daños”, se decidió por la mayoría de los socios del coto, en votación realizada la semana anterior, avisar a unos “huroneros” de confianza para realizar una incursión en las madrigueras que se hallarán próximas a las tierras de labor e, incluso, en las que había ubicadas en las carrascas diseminadas dentro de las propias tierras (que eran bastantes, por cierto)…

Así pues, aquel domingo, la cuadrilla se dividió en varios grupos. Unos, entre los que me encontraba yo, salimos con nuestros perros a cazar “en mano”, otros se subdividieron, a su vez, formando grupos independientes, cada uno con un huronero provisto de dos o tres hurones, para poder abarcar más terreno y ser más efectivos en las tareas de control de las abundantes poblaciones de conejos del coto.

La mañana transcurrió sin novedad y, cuando ya iba camino de regreso hacia la casa donde nos reuníamos al final de cada jornada de caza, me tropecé con uno de los grupos que todavía andaban en la “faena”. Até a Esla y me coloqué en un lateral que había quedado cubierto a medias por uno de los compañeros (que se retiró un poco para hacerme sitio), y más por curiosidad, que por intención de disparar a los conejos que pudiesen tratar de huir de los hurones (a mi, particularmente, no me entusiasma este tipo de caza) me dispuse a ver que sucedía… He de advertir que debajo de la “carrasca” donde se estaba huroneando, había un juego de cuatro o cinco “bocas” y que, menos por aquella por donde entró el huron, los conejos podían intentar la huida por cualquiera de las otras… En un instante, el huronero, que se había inclinado hasta casi tocar el suelo con la cabeza (supongo que para oír mejor) avisó que iba a salir uno y, casi simultáneamente, oí el disparo que había realizado el compañero situado al otro lado de la carrasca… Instantes después, el huronero volvió a cantarnos otra salida y, para mi asombro, apareció por una boca situada junto delante de mí un magnífico ejemplar de “gato montés”. Le calculé sobre 5 kg. de peso y una altura sobre los 35 o 40 cm., por lo que me sorprendió que cupiese por la boca por la que había salido. Era de color gris parduzco y andaba sin ninguna prisa, de forma majestuosa, enarbolando su enorme y anillado rabo, con la punta roma y de color negro, mientras me miraba de forma desafiante, con las orejas “gachas” y enseñándome los dientes como si se tratara del anuncio de una pasta dentífrica… Llegado a este punto, Esla (mi Perdiguera de Burgos), que había estado sentada a mi lado hasta ese momento, se puso en pié y comenzó a ladrar, mientras tiraba de la correa tratando de soltarse para acometer al felino… A malas penas pude contenerla, y antes de que pudiésemos reaccionar, el gato montés, de dos saltos prodigiosos salvó la distancia que le separaba del monte, pasando por nuestro lado como una exhalación y desapareció entre la vegetación como si se le hubiese tragado la tierra. Como la zona donde yo me encontraba era la más cercana al monte y, por la situación del resto de las escopetas, también la menos visible para el resto de los cazadores, me encaré el arma y apuntando al suelo, apreté el gatillo y disparé, primero uno, y después el otro cañón (como homenaje personal al “fastasma” del monte), mientras voceaba: ¡¡¡ Ahí va el conejo!!!

En la sobremesa de la comida, hubo sus “puyitas” relativas al conejo que creyeron fallé, pero no me importó demasiado y salí del paso alegando que, como no me gustaba ese tipo de caza, es posible que no estuviera suficientemente concentrado y por eso se marchó a criar.  De cualquier modo, Esla y yo, habíamos aportado nuestro “granito de arena” para minorar los daños, echando al montón seis conejos y dos liebres, con lo que nuestro honor quedó tan lavado como si hubiéramos usado para ello el mejor de los detergentes.

En otra ocasión, cazando con Esla (mi perra Perdiguera de Burgos), tuve oportunidad de comprobar personalmente algo que había oído relatar a algún cazador de la zona pero que, aunque me insistieron en que era algo cotidiano, me pareció un hecho inusual tratándose de perdices.  La cosa sucedió de la siguiente manera…

Hace ya algún tiempo, cazando en el coto de La Roda (Albacete), cuando íbamos dando una mano desde uno de los lindes de la finca, dirigiéndonos hacía el centro del acotado, que es donde se encontraba la mancha de monte más grande del contorno y donde solía refugiarse la caza cuando la movíamos nosotros o cuando cazaban los del coto social del pueblo, que eran nuestros vecinos, y al atravesar una viña, echamos un bando de perdices que, como estaba previsto, voló en dirección al monte donde buscaron refugio entre sus abundantes matas de espartos, tomillos y romeros,  recubiertas por encinas, algunas centenarias, que se alternaban con los altos pinos, visibles desde cualquier lugar de la finca.  El monte, estaba rodeado de labor en su mayor parte, pero, con la particularidad de que, en las tierras anejas al pinar, se hallaban diseminadas irregularmente muchas encinas, algunas veces en grupos de tres o cuatro ejemplares, lo que las convertía en un lugar querencioso para perdices, liebres o conejos, como lo ponían de manifiesto la multitud de madrigueras de estos lepóridos excavadas cerca de ellas. Como Esla y yo sabíamos, en estas encinas aisladas, solían refugiarse las perdices cuando, como en esta ocasión, ya les habíamos dado algún vuelo y hacía calor por estar terciada la mañana. Así pues, dado que me había tocado ir de ala en la mano, empecé a acercarme a las encinas que se hallaban más próximas al monte, adelantándome algo al resto de la cuadrilla, pudiendo comprobar con alegría que Esla se animaba al tocar rastros frescos. Agudicé los sentidos para que no me pillase desapercibido alguna salida por sorpresa y seguí a Esla que se estaba poniendo tensa por momentos y, al cabo de algunos segundos, acabó por ponerse de muestra debajo de una de las encinas cercana al pinar. Miré y remiré por debajo de la encina, pero no vi nada. Vi que Esla mostraba con la cabeza muy alta, pero al principio no caí en la cuenta de que no mostraba algo en el suelo y empecé a rodear la encina. Empecé a levantar la cabeza, al recordar la advertencia que me hicieron sobre determinadas costumbres de las perdices de la zona, cuando me sorprendió el ruido del furioso aleteo de la perdiz, que arrancó a volar desde una de las ramas del árbol y que casi me quita el sombrero al pasar sobre mi cabeza. Menos mal que salió hacia la labor y no hacia el pinar con lo que, cuando la tuve cubierta, apreté el gatillo, y pude ver que caía a plomo y a Esla, ya sobre ella, dispuesta a realizar su cobro.

He podido constatar que, en ocasiones, perdices heridas buscan refugio en madrigueras de conejos, pero, hasta aquél día, no había tenido ocasión de comprobar personalmente que también, tratando de ponerse a salvo, se posan en las ramas más gruesas de algún árbol o arbusto, como están habituadas a hacerlo en la zona de La Roda.

Tengo otras anécdotas curiosas relacionadas con el mundo de la caza, de los cazadores y de nuestros más directos colaboradores: los perros… Pero, de momento, creo mas conveniente dejar su relato para una próxima ocasión.

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                                                                                                  Fecha:2020/09/18

“LA LLEGADA DE ESLA….”

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

La actual temporada de caza (2010/2011) no presentaba buenas perspectivas. Jara, mi perra Español-bretón, no está bien de salud, tiene once años de edad y, para colmo de males, en la última visita a nuestro veterinario y tras realizarle las oportunas pruebas, le diagnosticaron leishmaniosis (o leishmaniasis), posiblemente adquirida a través de la picadura de alguna hembra de mosquito del grupo denominado flebótomos, particularmente abundante en la zona del levante español y cuenca mediterránea, donde suele hacer calor durante todo el año y es, por ello, considerada zona de alto riesgo. Yo, venía notando, desde hacía algún tiempo, que había perdido el apetito, que perdía más pelo de lo habitual y presentaba algunos problemas renales, había aumentado significativamente su consumo de agua, había perdido visión, presentaba palidez en las mucosas y tenía dificultad al andar y desplazarse. Síntomas todos que presagiaban lo que, desgraciadamente, nos confirmó la visita al veterinario. Se la puso en tratamiento, pero con pocas esperanzas de solución, dada la gravedad del problema detectado, así que empecé a realizar gestiones para hacer realidad un anhelo que había ido creciendo en los últimos meses: hacerme con un cachorro hembra de Perdiguero de Burgos.

Empecé consultando, para informarme y saber el terreno que iba a pisar, los artículos sobre el Perdiguero en diversas revistas especializadas: “Perros de caza”, “Jara y Sedal”, “Trofeo caza”, “Feder caza”, “Club de caza”. Devoré dos libros que tratan del Perdiguero: “El nuevo libro del Perdiguero de Burgos”, de Antonio San Juan Vallejo; y “El Perdiguero de Burgos, historia, características y futuro”, de Ángel Martínez Ibáñez… Y, cuando terminé con todo aquello, empecé con las páginas de criadores en Internet.  De entre todas las visitadas, me llamó la atención sobremanera, la página del Afijo “De Pedralvez”, donde encontré fotografías de ejemplares realmente espléndidos, que se aproximaban muchísimo a la idea que me había forjado de lo que, para mí, era el prototipo ideal del Perdiguero de Burgos. Por tanto, a Pedralvez me dirigí en primera instancia, aunque el momento quizás no fue el más oportuno. Fui atendido con cordialidad por Pedro Álvarez quien me informó que, en esos momentos, no se tenía prevista camada de Pedralvez, ni de algún otro miembro de la UCEPB, aparte de que las hembras, por estar más buscadas, eran más difíciles de conseguir. Así pues, y como suele decirse: “la primera, en la frente” …

Continué dirigiendo e-mails a un criadero cercano a Burgos, que ni se molestó en contestarme y a un criador reputado, Carlos González Antón, el cual, a pesar de no dedicarse ya a la cría y residir en ese momento en Panamá, tuvo la delicadeza de responderme, animándome a seguir en mi empeño de hacerme con un Perdiguero y me recomendó que contactara con Ricardo Carballo, por aquél entonces Presidente del CEAPPB. Así lo hice y, casi sin proponérmelo, sonó la flauta por casualidad. Resultó que acababa de cubrir una perra (con la que cazaba normalmente), con el perro que resultó mejor Perdiguero en la Monográfica de 2010 (propiedad de Miguel Angel Ballano) y, ante este cúmulo de coincidencias, no me quedó otra que comprometer una de las hipotéticas hembras de la inminente camada. Los acontecimientos se desarrollaron según lo previsto, es decir, con normalidad, y en agosto de 2011 nacieron los cachorros: 3 machos y 2 hembras, con lo que, de no surgir algún problema irresoluble, transcurridos dos meses y medio, tendría la oportunidad de recoger mi soñada Perdiguera, en Villariezo, un pueblecito a 12 km de Burgos.

Así pues, el domingo 6 de noviembre del 2011, tras asistir mi esposa y yo como invitados al desarrollo de la prueba valedera para el Perdiguero de Oro, en la que participaba Ricardo Carballo (que con su perra obtuvo el Perdiguero de Plata), estuvimos conociendo a la que ahora es mi compañera de fatigas. La que recogimos el lunes siguiente, en casa de su criador, ya camino de vuelta a nuestro hogar en Alicante. Sin embargo, nos dejó algo preocupados el comentario que hizo un hijo de Ricardo cuando nos dijo que “debíamos estar un poco locos, si íbamos a meter un Perdiguero en un piso de ciudad”. La realidad nos confirmó lo equivocado de su afirmación. Esla, que así decidimos llamarla, se acomodó desde el primer día a la casa, adoptó con rapidez los hábitos de la familia, acató las normas que regulan la convivencia con los humanos y con el resto de congéneres caninos y se acabaron los problemas. Además, Esla es tranquila, cariñosa, obediente y entiende con facilidad lo que pretendes de ella, con lo que presumo se simplificará enormemente la tarea de educarla.

A los seis meses, aproximadamente, estando próximo el final del período hábil de caza, decidí sacarla al monte para ver cuál era su comportamiento y me la llevé a La Roda (Albacete), que es donde con mi cuadrilla estamos cazando esta temporada. Al principio bien, la cachorra se movía con alegría y, aunque todavía no había tenido contacto alguno con la caza, corrió una liebre que le salió de debajo de sus narices y no la pudo alcanzar, pero a la que persiguió hasta el límite de la provincia. Yo la dejé hacer, para que se desfogase, pensando en que habría tiempo de corregir comportamientos indeseados.  Cuando regresó a mi lado, me limité a darle un par de cariñosos cachetes en el lomo y seguimos la marcha.

Antes de terminar la jornada, camino de regreso a la casa donde solíamos comer y descansar un rato antes de emprender el regreso a Alicante, Esla tuvo un comportamiento para mí sorprendente. Me explico: Me arranca una perdiz, la derribo, Esla la cobra y en lugar de traérmela a la mano, como hacía con un “aport” forrado con unas pieles de conejo y liebre, que me servía para ejercitarla en el cobro, salió corriendo en dirección a un grupo de encinas, donde existía un considerable número de madrigueras de conejos y, tapada por las matas de esparto, la perdí de vista. Inmediatamente salí tras ella y llegando a las encinas, vi que volvía en mi busca, pero sin la perdiz… ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba la perdiz? Me di cuenta de que traía el hocico manchado de tierra y me puse a buscar, hasta que a la entrada de una de las madrigueras noté escarbadas y tierra removida, así que me agaché, metí la mano en la boca de la hura y… ¡Sorpresa! Allí estaba la perdiz que acababa de esconder mi perra.

He procurado obtener alguna información que explique su manera de proceder y hay quien dice que algunos perros que esconden o cambian la caza de sitio lo hacen llevados por un instinto atávico de enterrar la presa para protegerla de la rapiña de otros predadores y poder hacer una posterior ingesta de comida, es un instinto que está presente en todos los cánidos salvajes y que puede mantenerse latente en el código genético de algunos perros de caza. Eso podría explicar el comportamiento de Esla, pero lo cierto y verdad, es que no ha vuelto a repetirlo en ninguna de sus salidas a cazar posteriores a esa fecha. Así que he dejado de preocuparme por ello. He resuelto el problema como lo haría un perro, me acerco, lo olfateo y, si no me lo puedo comer, lo meo y me voy. Ahí lo dejo.

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                                                                                                  Fecha:2020/09/05

“FLAY…  IN MEMORIAM”

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Aquél día, la cosa se estaba poniendo bastante “fea”… Llevábamos cazando más de hora y media y todavía no habíamos “vendido una escoba”… El caso en que, nada más entrar al monte, vimos correr un par de conejetes y, volando a ras de las matas, nos percatamos de que una “patirroja” ponía tierra de por medio, tratando de pasar desapercibida; luego: ¡nada de nada!… ¡¡¡Como si se los hubiera tragado la tierra!!!

“Flay”, mi amada perra, empezaba a dar muestras de cansancio y, aunque seguía buscando sin desánimo, había reducido considerablemente el ritmo de su galope, hasta dejarlo convertido en un trote lento.  Ya, desde hacía dos o tres domingos, venía notándola algo baja en su condición física y, aunque sabía que ello era debido a su leucemia (provocada, al parecer,  por una sobredosis de “estrógenos”, que se le aplicó en una clínica veterinaria para regularle el celo), se me partía el alma cuando la veía sacar fuerzas de donde casi ya no debían quedar y, sólo por la desorbitada pasión que sentía por la caza y la adoración que me profesaba, aguantaba lo que posiblemente ningún humano hubiera podido aguantar. Por esta razón habíamos dejado la mano de la cuadrilla y cazábamos los dos “por libre”, para no estorbar a los demás.

Con objeto de proporcionarle un rato de descanso, buscamos la protección que nos ofrecía la densa sombra de una encina centenaria y, después de calmar su sed con una merecida ración de agua, me senté para fumar un cigarrillo. Cuando estaba acomodándome, noté como “Flay” se tumbaba a mi lado y, apoyando su cabeza sobre mi pierna, entornaba los ojos… Debía encontrarse tan a gusto que, unos instantes después, se quedó dormida.  Me quedé mirándola absorto y, mientras me llevaba el cigarrillo a los labios, empezaron a agolparse en mi cabeza recuerdos que llegaban con fuerza a mi memoria…

Y recordé cuando me la regalaron, con tan sólo 25 días, justo al final de mis vacaciones de verano; recordé la cara de mi mujer, cuando me vió llegar con ella, y como nos la trajimos a casa, desde cerca de 800 kilómetros de distancia, utilizando como cuna una caja de galletas “Maria”.

Recordé cuando ya, con doce meses, volvimos de vacaciones al pueblo donde nació para, aprovechando la apertura de la media veda, cazar la codorniz. Y también, como en mi primera salida con ella, coincidimos con un amigo que se había quedado con una hermana de camada de mi perra y como acordamos cazar juntos aquel día, para ver cual de las dos lo hacía mejor… Al final de la jornada la cosa habría quedado en tablas, de no ser por una muestra de “Flay”, que me posibilitó hacer un “doblete”, y por el “cobro” de una codorniz de ala, cuya recuperación no logró realizar su hermana y, que ella, sin embargo, consiguió de forma brillante.

Recordé cuando nació mi primer hijo y cuando, al volver del Sanatorio, me fui a recogerla a la casa de campo donde la dejé, para que reanudara su vida con todos nosotros… Me asaltaba la duda de cual sería su reacción al encontrarse con el nuevo miembro de la familia… Pero, al momento, pude ver que todos mis temores eran totalmente infundados. Cuando entramos en la habitación, la acerqué a la cuna donde dormía mi hijo: ¡Con que atención lo examinó y con que intensidad estuvo oliendo el “moisés” que contenía aquél ser tan pequeñito!  ¡Como expresó su alegría, moviendo su diminuto rabo, mientras saltaba a mi alrededor!…  Desde aquel momento, creo –y lo digo plenamente convencido- “Flay” tomó a mi hijo bajo su protección y no permitió que nadie, salvo a su madre o yo, se acercara a su cuna sin advertirle con sus ladridos que podría véselas con ella y con sus afilados colmillos, si no daba media vuelta.

También recordé, como no, cuando ella fue madre por vez primera. Tuvo siete preciosos cachorros … No hizo falta que le proporcionara ningún tipo de ayuda física, aunque no me aparté de su lado durante el tiempo que duró el parto… Sé que me lo agradeció: ¡Podía leerlo en sus ojos, cuando me miraba!. Cuando nacieron los cachorros mi hijo debía tener alrededor de tres años y recordé, como si lo estuviera viendo, como metido entre las patas de “Flay” jugaba con ellos como si fuera uno más de la camada…

Mis recuerdos se interrumpieron cuando noté, sobresaltado, que algo me quemaba en la mano: era el cigarrillo que, sin darme cuenta, se había consumido entre mis dedos…  Miré el reloj y, como aún quedaba un largo camino de vuelta, decidí que iba siendo hora de ir rematando la jornada de caza.  “Flay” se había levantado al notar mi sobresalto y movía su diminuto rabo, animándome a reemprender la marcha… Me puse en pié y, después de armar nuevamente la escopeta, me encaminé a un “medianil”, situado entre un “rastrojo” y un campo en “barbecho”, donde solía buscar refugio la caza al final de la mañana, cuando ya los cazadores de los cotos colindantes habían batido a conciencia sus respectivos terrenos… Se trataba de una franja de monte bajo de unos trescientos metros de largo por unos cuarenta o cincuenta de ancho, densamente poblado de matas de esparto, tomillo y romero, y  salpicado, en toda su extensión, por carrascas de distintos tamaños y alguna encina centenaria… Nada más llegar a sus proximidades, “Flay” empezó a animarse (tocaba rastros frescos y eso le hizo recobrar su alegría) y, poco después, cuando apenas nos habíamos introducido unos metros dentro de la mancha de monte, se quedó como petrificada… La pieza se movió hacía el lateral que quedaba más cerca del barbecho y mi perra “guió” en aquella dirección para, inmediatamente, ponerse de nuevo de muestra… Me adelanté para hacer salir la pieza y, de súbito, apareció la perdiz, que arrancó emitiendo un ronco canto, sobresaltándome con su aleteo en la explosiva salida. Traté de serenarme y de asegurar el tiro, por lo que no me precipité a la hora de apretar el gatillo; cuando la tuve centrada, disparé y al ver que caía hecha un “trapo”, el corazón empezó a darme golpes en el pecho con mayor lentitud. Mande a mi perra para que la cobrara y, con la delicadeza que acostumbraba, me la trajo a la mano. Le acaricié la cabeza con más ternura que en otras ocasiones y, por la forma de mirarme a los ojos, creo que notó lo que quise transmitirle.

Reemprendimos la marcha y, unos metros más adelante, “Flay”se puso nuevamente de muestra. En esta ocasión le tocó el turno a una “rabona” que, cuando arrancó, lo hizo dando un salto con tal fuerza que, salvando limpiamente la mata que le servía de refugio, le permitió llegar directamente al barbecho donde, “metiendo la directa”, pretendió ponerse a salvo de nosotros. No lo logró, sin embargo, ya que después de la mañana aciaga que habíamos llevado, no estaba dispuesto a dejar escapar ninguna de las oportunidades que se nos presentaran… Así que, me encaré la escopeta, dejando que se alejara, apunté y, casi al tiempo de oír el disparo, la vi dar una espectacular voltereta, y vi como “Flay”, sin esperar mi orden de cobro, se lanzaba a por ella… No la reñí y, tomándole la liebre de la boca, la mandé nuevamente a buscar…

Al acabar de recorrer el “medianil”, mi perra me había puesto de muestra otra perdiz y dos conejos que, por supuesto, acabaron en nuestra “percha”… De la “porra” que preveía antes de la parada para descansar, habíamos pasado a un cuelgo de cinco piezas, y todo ello, gracias al trabajo de “Flay”, a mi experiencia y conocimiento del terreno, y… a que no anduve del todo desatinado a la hora de “quemar pólvora”. 

Reunidos con la cuadrilla, al emprender el regreso y ya en el coche, “Flay” en lugar de quedarse a mis pies (aquel día, yo ocupaba el asiento posterior del vehículo), salto al asiento y se tumbó a mi lado, apoyando su cabeza sobre mi pierna… No le dije nada, me limité a acariciarle la cabeza y a darle unas suaves palmaditas en el lomo… No tenía ni la más mínima intención de reprenderla durante el tiempo que le quedara de vida a mi lado, a nuestro lado… Durante todo el trayecto, mientras ella dormía placidamente, no dejé de recordar anécdotas vividas con ella, de buenos ratos pasados en su compañía, de otros días de caza… Cuando ya casi estábamos llegando al final de nuestro viaje, “Flay” levantó la cabeza y, al mirarme con sus preciosos ojos color ámbar, me pareció que los tenía húmedos, me agaché sobre ella y volví a acariciarle la cabeza… ¡Sólo en ese instante, al notar que me caía una gota sobre el dorso de la mano, me di cuenta de que era yo, y no ella, el que tenía los ojos anegados de lágrimas!…

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                                                                                                  Fecha:2020/08/23

MAESE    RAPOSO…

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Ya llevábamos viendo al zorro varios domingos y, como aquel año no era bueno para el conejo (la “mixomatosis” y la “hemorragia vírica” seguían causando estragos entre sus filas), no queríamos que “maese raposo” fuese el causante de más bajas en la sufrida población de lepóridos de nuestro coto y, por ello, nos hicimos el firme propósito de acabar con sus andanzas en cuanto se nos brindase una oportunidad.

“Maese raposo”, como así le llamábamos los de la cuadrilla, era un viejo macho, con una cola enorme (alcanzaba casi los cuarenta centímetros de longitud), densamente poblada  y de color casi negro, que contrastaba con el color de su pelaje que, en el lomo, adquiría tintes plateados, lo que nos hacía suponer que debía tener cinco o seis años de edad (los zorros pueden llegar a alcanzar 7 u 8 años de vida) y una experiencia que le había permitido sobrevivir a cuantas dificultades se había encontrado hasta el momento presente.

Era realmente astuto y siempre que lo habíamos vislumbrado, había sido de forma fugaz: en alguna asomada, entre dos luces o al clarear el día y, por supuesto, siempre fuera del alcance de nuestras escopetas. Todos le teníamos ganas, pero no se nos presentaba oportunidad alguna de acabar con sus andanzas y correrías por el coto. La “hura” que utilizaba como domicilio se hallaba enclavada en lo más espeso del matorral que ocupaba una buena parte de la finca, casi en su centro geográfico y, debido a la densidad de la maleza de la zona, no cabía posibilidad alguna de darle caza en ella.

En multitud de ocasiones organizamos “ganchillos” (poniendo escopetas en puntos estratégicos, mientras el resto de la cuadrilla pateaba el campo) para ver si, en alguno de ellos, lográbamos hacernos con el ladino y astuto animal, pero todos nuestros esfuerzos acabaron siendo un rotundo fracaso… ¡Siempre escapaba en el último momento y siempre nos dejaba con tres palmos de narices!

Un día, a poco de entrar en el monte y mientras cazábamos en mano tras las perdices, me dí cuenta de que Serko, mi perro, iba cojeando. Le llamé y observé que tenía clavada una espina en una de sus patas delanteras. Estábamos justo en la linde del matorral con una tierra de labor (un trigo ya cosechado) y me encontraba agachado limpiando la herida que se había producido cuando, al levantar la cabeza, vi algo que se movía, algo que me resultó familiar nada más verlo: ¡Vi a “maese raposo” que venía derecho hacía mi, sin percatarse de mi presencia! Supongo que influyó en ello el hecho de que estuviese agachado y medio tapado con la vegetación de la zona y de que el aire me soplase de cara, por lo que no pudo detectarme por el olfato.  Sujeté al perro para que no se moviese, quité el seguro de la escopeta que se encontraba a mi lado apoyada en una mata de esparto y me dispuse a esperar acontecimientos…

Y los acontecimientos se produjeron… ¡Vaya si se produjeron! Cuando faltaban unos pocos metros para llegar a mi altura, vi a “maese raposo” pararse en seco, levantar la cabeza y olfatear con intensidad el aire para verificar la procedencia de los olores que le llegaban (al parecer había cambiado el viento y había detectado nuestra presencia) … No me lo pensé, ni esperé más. Me puse en pié de un salto, me encaré la escopeta y, justo cuando se estaba dando la vuelta para meterse en el monte, le solté el primer disparo y, cuando saltó, alcanzado en un costado, le descargué el segundo y … ¡allí se acabaron sus andanzas!

Nunca pensé que fuera yo el que acabara con su existencia, pero el azar así lo quiso. Un cúmulo de circunstancias concurrieron para que fuese posible algo que llevábamos buscando desde hacía mucho tiempo y fue a mi a quién le tocó “la china”. Sin embargo, el hecho de verlo tendido en el suelo y pensar que ya no volveríamos a vislumbrarlo a lo lejos, entre dos luces o al clarear el día, procurando siempre darnos esquinazo y sin que nos diera oportunidad alguna para cazarle, me dejó un sabor agridulce en la boca… Lástima que, en esta ocasión, su destino le jugase una mala pasada. En el fondo, siempre había admirado su habilidad para evitarnos y, por que no decirlo: ¡casi le había tomado un cierto cariño!

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                                                                                                  Fecha:2020/08/16

Cuando cazando “la menor”, encuentras “la mayor”…

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Mi primer contacto con la “caza mayor” tuvo lugar un frio día de diciembre de hace, si no recuerdo mal, sesenta años, en los montes de El Pardo, muy cerca de la capital de España.  Habíamos ido allí mi hermano y yo, con un tío mío, muy cazador, que nos llevó para que viéramos los conejos que corrían a montones por algunas zonas del curso seco del arroyo Viñuelas, aunque algunos lo hacían con dificultad, debido a la “mixomatosis”. En aquel momento la enfermedad estaba en sus comienzos y se desconocía totalmente su alcance y las terribles consecuencias que, años más tarde, tuvimos todos ocasión de comprobar y sufrir yo, directamente, una vez debuté como cazador. Mientras llegaba ese momento, mi hermano, tres años menor que yo, corría detrás de algunos conejos con los ojos hinchados tratando de coger alguno, aunque sin mucha fortuna. Yo, que estaba oyendo ruidos raros en una junquera que se hallaba en las proximidades y, como no acababa de distinguir qué o quién los producía, por prudencia llamé a mi hermano, que llegó a mi lado justo a tiempo de ver aparecer entre los juncos, un enorme jabalí macho, el más grande que recuerdo haber visto nunca, que avanzó unos pasos hacía nosotros, se detuvo, resopló, nos observó durante unos minutos (que a mí me parecieron eternos) y dando medía vuelta, se alejó con un majestuoso trote, en dirección a una loma cercana, desapareciendo delante de nuestros asombrados ojos. Una vez recuperados del susto, ahí terminó nuestra mañana de campeo, mientras mi tío no dejaba de reír, al referirle con todo lujo de detalles lo grande que era el jabalí, los enormes colmillos que tenía y como habíamos permanecido sin movernos para evitar que nos atacara.

Mi siguiente encuentro con un ejemplar de “caza mayor” tuvo lugar cuarenta años después de mi primera experiencia con un jabalí y, para variar, en otro frio día del mes de diciembre, mientras practicaba la “caza menor” en el coto del Villar de Chinchilla, donde cazábamos esa temporada.  En esta ocasión, nuestro encuentro fue menos bucólico y algo más dramático que el que se produjo en los montes de El Pardo. Todo sucedió, como decía al principio, cuando los componentes de la cuadrilla estábamos cazando en mano la perdiz. Ibamos a recorrer una ladera con muy densa vegetación y el titular-propietario del coto, que cazaba con nosotros, nos advirtió que anduviéramos con ojo, porque además de perdices podía saltarnos algún “guarro” (nombre por el que también se conoce en la zona al jabalí).  Así que, como medida de precaución, cambié los dos cartuchos con plomo del 7 que llevaba en la escopeta, por otros del 6 (no suelo llevar postas porque, entre otras razones, están prohibidas; ni tampoco puede recurrir a la munición del tipo «brenneke», con bala, porque los que llevaba se habían quedado la bolsa de caza que dejé en el coche) y procuré acompasar mi marcha a la de mis compañeros de mano. Cuando apenas llevábamos recorridos un centenar de metros, se organizó “la tercera guerra mundial”, los que iban adelantados por la parte alta de la loma movieron una “piara de jabalíes” y comenzó el tiroteo, en medio de las voces que nos daban a los demás para advertirnos de la presencia de los suidos. Me paré en seco, porque me pareció oír el trote de un animal de buen tamaño que se acercaba a la carrera, aunque no podía verlo porqué me encontraba en una zona donde la vegetación era bastante espesa. El corazón me daba brincos y respiraba con agitación, mientras trataba de mantener la calma y buscaba a mi perro, al que había perdido de vista desde que empezaron los primeros disparos. Y cuando me encontraba en esta tesitura, vi aparecer entre unas carrascas, rompiendo monte (como suelen decir los cazadores de “mayor”) un enorme ejemplar de jabalí que venía hacía donde yo me encontraba y no tuve tiempo ni de encararme la escopeta. La levanté hasta media altura, la dirigí hacía el animal y cuando creí que apuntaba a su cabeza, apreté dos veces el gatillo de mi escopeta… el jabalí quedó tendido a tan sólo metro y medio delante de mí. Sólo entonces me dí cuenta que Serko, que creí desaparecido en combate, estaba dándole furiosas dentelladas al jabalí que tan inesperadamente acababa de abatir. Tan sólo entonces, dejaron de temblarme las manos y recupere totalmente la calma.  A la hora del recuento, fueron tres los “guarros” cobrados. Una hembra grande, un macho que le entró al compañero que estaban situado a mi izquierda, en la parte baja de la loma, lindando con la labor, en un lance muy similar al que tuve que protagonizar, y el que me entró a mí, que pesó sobre 60 kg., y no los 90 kg. que yo le calculé, cuando ví que se me echaba encima a toda velocidad y que, como dicen en mi pueblo, mi nerviosismo fue lo que produjo ese involuntario “error de equivocación” en el cálculo del peso del animal. Son cosas que, con las emociones de la caza, nos suelen ocurrir a los cazadores.  Y conste, que no exagero «ni tanto así». Es por eso, que … ¡Ahí lo dejo!

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                                                                                                  Fecha:2020/08/01

Cuando un amigo se va……

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

Cuando un amigo se va………

Pues sí, a mi amigo Pablo y a su hijo, Pablo Joven, les ha tocado ahora vivir lo que dice la copla al partir su perdiguera «la Timba».  Y esa pena, que nos llena cuándo nuestr@ perdiguer@ se va, ha hecho que nos  enviarán dos mensajes, uno el padre, otro el hijo, entrañables y muy afectuosos.

Ya hace unos años Pablo padre, amigo de la infancia aunque del grupo de los pequeños, me llamó para decirme que se había quedado sin perro y que su hijo no paraba de decirle que su próximo acompañante, por laderas tras las perdices o moviendo rastrojos y caceras haciendo saltar las codornices, tenía que ser un perdiguero, de Burgos naturalmente. No me extrañó lo que Pablo joven pedía a su padre pues un tiempo antes, allá por enero de 2005, nos juntamos un grupo de perdigueristas en tierras toledanas, por Tembleque, y Pablo Joven nos acompañó, sin escopeta, a Pilar, a mí y al Al (Tron de Pedralvez) en aquella jornada en que el Al, hizo lo que sabía, cazar y muy bien. No sé si aquel día se prendió la mecha en Pablo Joven por los perdigueros o si ya venía de antes, el caso es que a partir de entonces Pablo padre tuvo que aguantar el mantra del hijo sobre lo maravillosos que eran los perdigueros cazando y si a ello se unía qué cuándo hablaba con el padre, que solía cazar con buenos bracos, yo no dejaba de resaltar lo bien que me iba con mis perdigueros que, aparte de cazar en distancia, mostrar y cobrar perdices «aleras» con maestría, tenían un plus: para ellos su amo estaba en una peana y ello motivaba que era fácil y sencillo su adiestramiento. Así que atendiendo la llamada de Pablo padre llamé a Pedro Alvarez que seleccionó a una joven perdiguerita, la envió y Pablo joven vio satisfecha su petición con la llegada de la Timba a casa y a partir de ese momento y viendo lo que hacía la Timba en el campo pues Pablo padre, buen cazador de esos que les gusta de mover el campo con el perro por delante, se sumó a los perdigueristas Y la Timba satisfecha pues cazando con los dos Pablo hacia aquello para lo que había nacido: cazar y muy bien. 

Ahora, en hora mala, la Timba ha partido y como dice la copla. «Cuándo un amigo se va…» pues eso. No hay más que leer los dos escritos que me han remitido padre e hijo y que he estimado hacer públicos pues si algunos humanos son recordados nuestr@s compañer@s de caza como la Timba también se han ganado ese derecho.

Buena caza y buenos compañeros

Maria Pilar Amaya Jalón Gamella

Mariano T. Fuentes Alvaro

Buenos días querido amigo Mariano, deseo que os encontréis bien de salud; quiero dedicarte estas líneas y agradecerte de corazón la gestión que hiciste para que Timba llegara a nuestra casa porque nos ha dado y a mí particularmente 13 años inmejorables, tanto en la caza donde ha sido la número 1 de los perros que he tenido y todos han sido muy buenos, pero la perdiguera era de otro planeta, como en la convivencia familiar; no he echado en falta que no pronunciara palabras porque conmigo hablaba, entendía hasta lo que la decía de fútbol: «Timba ha ganado el Madrid» y movía el rabo con alegría; siempre recordaré que me dijiste:» los perdigueros son muy fieles a su dueño», que razón tenías, era la leche; cuando la regañaba por cualquier cosilla, se tumbaba, ponía la cabeza en el suelo, levantaba sus ojos tristones de perdiguera y me miraba como diciendo: » vale, ya no lo hago más», pasado el temporal, se levantaba, venía donde yo estuviera, se sentaba y me daba la mano como diciendo:» amigos otra vez», la acariciaba y volvía a su sitio.

Como puedes imaginar tengo grabadas en mi memoria todas las imágenes, pero te voy a contar dos sólo capaces de hacerlas los perdigueros de Burgos: » Un día cazando codornices con ella y Pablete, se metió en un perdido lleno de pajas muy altas con algunas zarzas, nosotros prácticamente no podíamos entrar; le dije a Pablete: la perra está de muestra porque no la oigo, evidentemente no la veíamos, me metí un poco en el perdido y vi el rabo de Timba tieso, estaba de muestra y como siempre esperó a que llegara junto a ella, la dí una palmadita en el lomo y a continuación sacó la codorniz que una vez abatida cayó en el perdido, no había pegas la Timba la cobraba seguro, como así fue, se salió del frondoso perdido con la codorniz en la boca y cuando venía a dárnosla se quedó con la cabeza torcida otra vez de muestra, cazamos la segunda codorniz y como hacía siempre también la cobró y nos la trajo a los pies.

La segunda fue que sacó una codorniz de muestra como siempre y donde cayó no la encontramos por muchas vueltas que dimos, esa misma tarde la llevé al sitio donde habíamos buscado por la mañana y después de muchas vueltas la cobró. Esto mismo me hizo con un pato de un día para otro, impresionante

Me inventé un lema: » La Timba está picada, dáte por jodida».

Ayer la tuvimos que sacrificar porque ya era inaguantable su estado de salud.

Mariano muchas gracias por haber colaborado en hacer posible unos años muy felices y especiales.

         Saludos

                                              Pablo González

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Buenos días Mariano y Papá,

        Lo primero que quiero hacer es darte las gracias Mariano por haberme dado la oportunidad con 16 años de poder cazar con perdigueros, fue en Tembleque (Toledo), y si ya venía «envenenado» con estos perros por algún motivo que aún desconozco ese día no hizo sino reforzar que no quisiera otro perro en mi vida que no fuera un perdiguero. Los años con Timba han sido espectaculares, no ha hecho falta casi ni educarla, ella ha fluido con nosotros, tanto en casa como cazando. A nivel particular, he tenido un vínculo muy especial con ella, hemos sido uña y carne y eso se ha notado en que por primera vez ha ido cazando más pendiente de mi que de mi padre, con lo que eso le » duele» al veterano pero a la vez llena de orgullo porque ve que las enseñanzas dan sus frutos (mi padre lo podrá confirmar o no, pero mi percepción ha sido esta, una complicidad TOTAL, con una mirada sabíamos lo que pensábamos).

A ti Papá, darte las gracias por todos los esfuerzos que has hecho por nosotros, y en concreto por mi, porque aguantaste la «paliza» que te di para que tuviéramos una perdiguera y porque siempre has estado dispuesto a enseñarme como cazador, y en consecuencia, como persona, porque para mi ambos conceptos (buen cazador y buena persona) siempre irán de la mano. El de ayer es un día triste, se ha ido un pedacito de mi vida con la Timba, pero me quedo con todas las sonrisas que nos ha sacado, la sensación de que ir a cazar con ella era disfrutar, y que su compañía ha sido la mejor de las amistades. Ya que mencionas la «faena» que hizo en aquel perdido, que recuerdo perfectamente, contaré una que considero de nota:

Fue una codorniz que cacé en el mes de noviembre en el Negredo (yendo con Chus y Mariano «el guarni») en un día con un vendaval espectacular; se quedó de muestra en unas estepas, salió y la abatí; para que Mariano se ubique, los compañeros con los que iba ese día llevaban 2 y 3 perros respectivamente y habían pasado por donde momentos después tuvo lugar el lance de la codorniz, el cual no tiene mucho de particular hasta que nos ponemos a pensar en el mes de noviembre en una zona que estaba a las faldas de cerros nevados y con un clima que no invitaba a llevar las dos manos en la escopeta. El cobro no era nada sencillo, pero esto era algo con lo que se daba por seguro que no iba a haber problemas, como así fue. Aún hoy pienso que ningún perro hubiera reparado en esa codorniz y menos aún en esas condiciones.

Lógicamente tengo muchos más recuerdos de maravillas que ha hecho cazando, pero me quedo con la sensación de disfrute que me invadía desde que salíamos de casa y nos montábamos en el coche. La hemos cuidado lo mejor que sabemos y puedo presumir de que SIEMPRE que he pasado a su lado le he dado una caricia, le he dicho lo bonita que era y me despedía.

Muchísimas gracias Mariano por haber contribuido a tan especial incorporación en la familia y a ti Papá por haber hecho que disfrutáramos juntos de ella.

 Saludos

 Pablo González Villoria

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                                                                                                    Fecha:2020/08/01

«TELL»…. para los amigos

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Tell era el perro de mi primo Luis pero, en realidad, su nombre completo era Guillermo Tell… Lo que pasa es que, su amo y los más íntimos, los que le habíamos visto crecer desde muy pequeño, lo llamábamos cariñosamente “Tell”, para abreviar… Así el nombre resultaba más corto, más sonoro y, por ello, más adecuado para llamar a un perro.

Tell, era un español-bretón, de capa blanca y marrón y tenía por aquél entonces sólo diez meses de edad, pero apuntaba muy buenas maneras (aunque no tenía “pedigrí”). Su padre era un perro de esa misma raza (que si tenía “papeles”), propiedad del Comandante de Puesto de la Guardia Civil, a quien le satisfacía sobre manera hacer demostraciones de cómo su perro se lanzaba al agua (bien fuera río, arroyo o estanque, el liquido elemento más próximo, e independientemente de las condiciones climáticas reinantes en ese momento) para recuperar la pelotita de goma que siempre llevaba preparada al efecto para “montar el número” y dejar bien demostradas las excelencias como cobrador de su arrojado y valiente animal.

Tell, tampoco le hacía ascos a darse un buen baño, sobre todo si el calor lo hacía deseable o, si el motivo merecía la pena, por ejemplo el cobro de alguna pieza (anatidas, sobre todo) ya que mi primo vivía en una granja avícola muy próxima al río Pisuerga y, no era, por ello, improbable que se presentase algún lance cinegético con pollas de agua, azulones, cucharas, cercetas o, incluso, alguna tórtola común de las que buscaban agua, frescor y sombra entre los chopos de la orilla.

Tell, tenía facultades sobresalientes pero estaba en un momento crítico en el que, si se le dirigía convenientemente, podía convertirse en un extraordinario perro de caza pero. si no se le daba el empujoncito que necesitaba en el momento oportuno, podía terminar transformado en un vulgar perro “espantacaza”… En ese crítico instante de su existencia, aparecí yo y, aprovechando la oportunidad que nos brindaba la próxima apertura de la media veda, me dispuse a aportar mi granito de arena poniendo mi experiencia como cazador al servicio de mi primo y de su aventajado cachorro.

El primer día de apertura, nos dirigimos a uno de los muchos lugares querenciosos que para las codornices abundan en esas tierras castellanas, donde se alternan los trigos, cebadas, manchas de monte bajo e, incluso, con algún rincón donde son abundantes los juncos. Pues bien, fue precisamente en una junquera donde Tell nos puso de muestra su primera codorniz… Y lo hizo como si de un veterano se tratara: sin titubeos, con una muestra firme y segura, con su pata derecha levantada y la cabeza ladeada hacia la izquierda, apuntando inequívocamente a la codorniz que se ocultaba entre los juncos, tratando de pasar desapercibida.

Bueno, así las cosas, le dije a mi primo: “Luis, ahí tienes a tu perro de muestra, cuenta hasta cincuenta pero bajito y no te apresures, y no te muevas mientras cuentas, luego le acaricias el lomo y le mandas que entre a por ella”… Yo, me aparté unos pasos y le quité el seguro a la escopeta, pero sin perder un detalle de la maravillosa escena que estaba presenciando… Cuando Luis (que, por aquél entonces tendría unos trece años) empujo cariñosamente a su perro y vio que no cedía, se volvió y me preguntó que debía hacer, le dije que se adelantase poniéndose a la altura de su cabeza y le volviera a empujar al tiempo que le mandaba entrar para que la echara. Así lo hizo y, entonces si, Tell se metió como una tromba entre los juncos y al momento arrancó la codorniz emitiendo su característico “prrriiiiiii”… La dejé alejarse un poco y a continuación apreté el gatillo de la escopeta: ¡La vi caer unos instantes antes de oir la detonación!. Tell, que se había quedado parado viendo como se alejaba volando la diminuta avecilla, al verla caer se lanzo en su búsqueda, cobrándola como si lo hubiera estado haciendo toda su vida. Se la trajo a la mano a mi primo Luis y, este henchido de orgullo y satisfacción por la muestra y el cobro de su perro, no paraba de acariciarle y darle algún que otro beso en el hocico.

Durante el resto de la jornada, tuvimos ocasión de tirar a bastantes codornices, pero sólo lo hicimos a aquellas que Tell nos puso de muestra y, repetimos el proceso (Luis contaba hasta 50, sin prisas y sin moverse), antes de mandarle entrar a por ellas, luego el cobro, las felicitaciones y, cuando dimos “de mano”, no pude por menos que felicitar a mi primo porque, con su comportamiento, había colaborado eficazmente a sentar las bases para conseguir que Tell se convirtiera en el extraordinario perro de muestra que llegó a ser.

Al año siguiente, Tell se había convertido en el orgulloso marido de Eva, una preciosa perrita español-bretón y, por añadidura, en padre de una preciosa camada de bretoncitos blancos y marrones, una de cuyas hembritas –a la que pusimos por nombre Flay- se convirtió en mi compañera de caza durante los siguientes siete años, en los que me proporcionó innumerables satisfacciones con su comportamiento… ¡Fue como si Tell, a través de Flay (su prolongación natural), siguiese cazando conmigo!

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                                                                                                    Fecha:2020/07/18

ANECTODAS DE CAZA I

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Como haber, anécdotas sobre la caza, hay muchas… Es más, creo que cada cazador podría contarlas por decenas… Yo, no pretendo confeccionar un tratado con las mías pero, en esta ocasión, si que me atreveré con, al menos, un par de ellas.  Y dicho esto, vamos a por la primera. Sucedió hace bastantes años (por aquél entonces, gastaba yo pantalón corto), durante el desarrollo de una cacería con galgos que, si no me engaña la memoria, se realizó en tierras del término de Villaviciosa de Odón. Ibamos formando una “mano” de alrededor de 25 personas, batiendo las tierras de labor, para hacer levantar las liebres que se hallaran “encamadas” y dar, así, oportunidad a que la pareja de galgos que, por delante nuestro, llevaba el conductor “atraillados” en “collera”, pudiesen correrlas y, nosotros, ver las peripecias de cada persecución.

Transcurrida la mitad de la mañana, llevábamos tres carreras con muy diverso resultado: Una, ganada con claridad por los galgos y, mas concretamente, por una perra negra, muy fina de remos y de cara, que se llamaba “Sombra”, y que no dio casi opción a la liebre de turno pues, apenas recorridos doscientos metros, ya le había propinado el primer revolcón y, pocos metros después, el segundo y definitivo; Otra, que fue favorable a la liebre que arrancó de uno de los surcos del “barbecho” que estábamos recorriendo y que resultó ser un macho “hecho y derecho” (lo que algunos han dado en llamar “matacán”) que, además de una envidiable condición física parece que tenía, en lo de correr delante de los galgos, la suficiente experiencia acumulada como para dejar a los perros sin “resuello”, antes de despedirse de ellos, en un postrer regate, tomando el camino de un maizal situado a nuestra derecha y que, por lo visto, solía utilizar en estos menesteres, como “perdedero”; La tercera, no sabría bien a quién adjudicársela, ya que la liebre estaba realizando una esplendida carrera –tanto como la de los galgos, que le iban pisando los talones– pero, al ir a cruzar un camino rural, supongo que presa de un ataque de pánico, fue a buscar su salvación pasando por debajo de un tractor que transitaba camino del pueblo, con tan mala fortuna que, en uno de sus saltos, se desnucó al dar con la cabeza contra los bajo del vehículo… Tampoco salió muy bien parado uno de los perros que le iban a la zaga, que resultó conmocionado como consecuencia del golpe que se dio contra la rueda trasera del tractor, ya que, por ir tan próximo a la liebre, no pudo evitar el encontronazo. 

Después del incidente, se decidió conceder un “respiro” a los perros, cosa que aprovechó el personal para tomar un café calentito (llevado en termos, para la ocasión) y comentar los lances de las carreras presenciadas… Cuando reanudamos la “mano”, nadie podía imaginar que íbamos a ser testigos de un hecho que dejó patente la “astucia”, la “sagacidad” o, simplemente, los “reflejos” (proporcionados por el instinto de supervivencia) de un animal que, aunque a priori partía como víctima, resultó vencedor de la carrera…¡sin haber corrido un solo metro!. Todo sucedió muy rápidamente y los hechos se produjeron de la siguiente manera: Un componente de la mano, se percató de que, justo delante suyo, había una liebre “encamada” y avisó al conductor de los galgos, que se desplazó con ellos hasta situarse justo en línea con la pieza que, a pesar de las voces y el movimiento de los perros hacia ella, seguía aplastada contra el terreno… Cuando estuvo perfectamente situado y dominando la situación, dio un grito y, al ver que la liebre se levantaba, dando un tirón al freno de la traílla, soltó a los perros, los cuales, al verse liberados de su atadura, salieron disparados como “alma que lleva el diablo”, en pos de la liebre… Esta, que todavía se hallaba en pié, al ver lo que se le venía encima y con celeridad pasmosa, volvió a aplastarse contra el terreno, quedándose inmóvil, mientras los galgos pasaban por encima de ella, persiguiendo a una liebre “fantasma”… La “real”, aprovechando el exceso de vista (o defecto, según como se mire) de los perros, aprovechó para adentrarse, a buen paso, pero sin apreturas, en el maizal que las liebres del lugar utilizaban como “perdedero”.

La anécdota puede parecer exagerada (los cazadores, dicen los que no lo son, suelen exagerar sus historias) pero yo fui testigo presencial y estoy en condiciones de asegurar que todo sucedió como he relatado.

Mi segunda anécdota aconteció mucho mas cercana en el tiempo, aunque no en el espacio… Aquél día, habíamos madrugado para cazar codornices y la cuadrilla la componíamos cuatro personas: José María, que era el cazador mas veterano del grupo y se conocía el terreno como la palma de su mano; Pedro, hermano del anterior y albañil como él, que era un mediano tirador, pero siempre andaba buscando excusas para justificar sus escasos aciertos con la escopeta; mi tío Luís, que era un “aficionado” a la caza, por aquello de reunirse con los amigos, disfrutar de un buen almuerzo y pasar un  buen rato con los comentarios –“jocosos“ unas veces, “mordaces” otras, pero siempre apasionados– que se suscitan siempre al término de una jornada de caza; y yo (como decía José María: “la joven promesa”), que era el benjamín del grupo y que, gracias a la colaboración de mi perra “Kety” (novata que se convertiría con el tiempo en una perra excepcional), empezaba a hacer alguna sombra a los más veteranos.

Pues bien, como iba diciendo, empezamos temprano a cazar (al clarear el día) y, ya en el primer rastrojo, Pedro había fallado las dos primeas codornices que le salieron de las pajas… Había que oír la serie de “jaculatorias” que soltó en un instante: “Me cago en tal, que estos cartuchos son una m…”; “Que si los de las fábricas de cartuchos se hacen de oro con lo que ahorran en pólvora”; “Que si cada año son más flojos”… No le faltaron defectos que sacar, ni maldiciones que proferir, sobre lo cartuchos que se decidió a usar aquél bendito día… Tanto “despotricó” que, acercándose a él, su hermano José María le dijo: No seas borrico y deja ya de decir tonterías, anda, dame los dos peores cartuchos que lleves en la canana. Pedro, sorprendido con la petición, le contestó: ¿Cómo que los dos peores cartuchos? ¡Si son todos igual de malos!. Pero José María insistió: ¡Venga dame dos y, si como dices son todos igual de malos, dame los dos que tengas más a mano!… Pedro, a regañadientes, le alargó dos y José María, con una sonrisa en los labios que era un verdadero “poema”, abrió su vieja paralela, sacó los dos cartuchos e introdujo, en su lugar, los dos que acababa de entregarle su hermano. Una vez hecha la sustitución, reanudamos la marcha y, después de un buen rato cazando, en el que José María no tuvo oportunidad de disparar (iba el último por la derecha y toda la caza estaba saliendo hacia el lado opuesto), a mi tío Luís le arrancaron dos codornices y, cosas de la caza, volaron casi juntas hacía el lado derecho. Aunque a mi me salieron “largas” (iba el primero por la izquierda), no lo dudé y disparé, aunque sin mucha fortuna. Mi tío también lo hizo y Pedro, les largó los dos “escopetazos” de ordenanzas aunque, en lugar de plomos, parece que las codornices recibían vitaminas, ya que cada vez volaban más rápidas y se alejaban más… Cuando cruzaron por delante de José María ya iban muy retiradas –algunos hubieran pensado que, incluso, “volaban fuera de tiro”–  pero, sin inmutarse, se echó la escopeta a la cara, apuntó, disparo una vez, luego otra y, mientras los demás nos quedábamos estupefactos, descolgó las dos codornices, en uno de los “dobletes” más bonitos que he tenido ocasión  de contemplar a lo largo de mi vida de cazador… Cuando José María recogió los pájaros, se volvió hacia su hermano y le “espetó”: “Borrico, ves como tus peores cartuchos funcionan perfectamente…Toma, guárdalos que, como están probados, puedes aprovecharlos para otra ocasión”… Ninguno pudo contener las carcajadas que brotaron tan espontáneamente como el comentario que las originó. Hasta Pedro que, en un principio, no encajó la “puntada” de su hermano, terminó dando rienda suelta a la risa mientras, con “humildad franciscana”, vino en reconocer que: ¡Aquél, no estaba siendo su mejor día con la escopeta!. 

           

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                                                                                                    Fecha:2020/07/07

ZARPA… UNA HISTORIA VERDADERA

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

 

Si alguien me lo hubiera contado, a buen seguro, le habría contestado que era un exagerado… Sin embargo, lo que voy a relatar no es algo que me comentara una tercera persona… Ni, tan siguiera, algo que me comentara otra persona… Fue algo que viví personalmente (es decir, en primera persona) y me sucedió, mientras cazaba codornices en Herrera de Pisuerga y, es por ello, que mi relato – como decía un gran amigo y excelente cazador, poniendo mucho énfasis, cuando quería dejar algo bien sentado – además de ser “verdadero”, es completamente “cierto”.

    Mi historia comienza, coincidiendo con el principio de mis vacaciones de verano. Como tenía por costumbre desde que contraje matrimonio (y conste que cuando digo “contraje”, no estoy anunciando el contagio de alguna enfermedad), llegué al pueblo dos días antes de la apertura de la “media veda” y, en cuanto me fue posible, me puse en contacto con mi compañero de caza del año anterior. Este, no era otro que Toribio, o mejor dicho, “Tori” (así lo llamábamos los amigos); un muchacho de mi “quinta”, de 26 años cumplidos, criado en el seno de una familia humilde, trabajador desde muy temprana edad y curtido al sol y los fríos de aquellas tierras castellano-leonesas. De complexión fuerte, algo más alto que la media, pelo negro, enmarañado, mandíbula cuadrada y rostro agradable, de expresión “socarrona”, impresión a la que contribuía su sempiterna sonrisa. Su voz era potente y decía las cosas “por derecho”, aunque no ofendía al hacerlo. ¡Ah, y te dejaba la mano hecha unos “zorros”, cuando te la estrechaba al saludar…! Así era mi amigo que, además de ser un buen hombre y un excelente compañero, conocía aquellos terrenos como la palma de su enorme mano.

    Su perra, era también “singular”: menuda, pizpireta, vivaracha, de pelo corto y color negro; pero no de un negro cualquiera, era de color negro “cucaracha-de-luto-riguroso”; y con la cola muy corta.  Por el tamaño y las “hechuras”, tenía la apariencia de un español-bretón, aunque las orejas estaban algo mas caídas, el pelo era más hirsuto y menos sedoso, la capa no coincidía con la de su “estándar” pero, cuando la veías algo retirada, hubieras podido confundirla, con cierta facilidad, con uno de ellos. Lo que poseía, con independencia de los rasgos físicos heredados de sus progenitores, era una capacidad venatoria sobresaliente, y ello, sólo podía ser atribuido a la excelente calidad de los “genes” transmitidos y, a mayor abundamiento, a que tuvo la oportunidad de desarrollar sus cualidades ejercitándose en el campo siete días a la semana (seis con el padre de “Tori”, que era pastor, y uno, el domingo, cazando con su dueño).  Su singularidad se hacía patente hasta en su sonoro nombre: “Zarpa” la llamaban; aunque nunca llegué a enterarme del por qué de hacerlo de aquella manera. Lo cierto era que, aún tratándose de individuos “pintorescos”, lograban formar un equipo compacto y homogéneo –sin fisuras– y, sobre todo, con la ventaja que dá el jugar “en casa”, por lo que el equipo resultaba particularmente eficaz a la hora de cuantificar los resultados (vulgo, “perchas”) de una jornada de caza.

    Como, por otro lado, mi perra “Kety” y yo, también éramos “resultones”, no había cuadrilla que nos hiciera “sombra” cazando codornices (de las perdices no hablo, porque yo residía en el levante español y, para cazarlas, tenía que desplazarme hasta la provincia de Albacete, que me quedaba mucho más “a mano”). Es más, diría que, incluso cuando salíamos a cazar juntos, entre ambos siempre se establecía un pequeño “pique”, por aquello de ver que perra de las dos, “Kety” o “Zarpa”, ponía más piezas o hacía las mejores muestras. De cualquier modo, era una rivalidad sana y los resultados, favorecieran aquel día a quien favorecieran, los celebrábamos los dos, sincera y deportivamente.

    “Tori”, como conocedor de la zona y poseedor, todo hay que decirlo, de determinado tipo de información (que sólo estaba al alcance de los “hijos del pueblo”, pero que nos estaba vedado a los “forasteros”) decidió que lo mejor para el día de la apertura seria acercarnos a un valle, atravesado por el río Valdivia donde, al parecer, se acababan de cosechar las miéses y se habían visto salir de los trigos bastantes codornices.

    Así que, dicho y hecho, nos subimos a mi “cuatro latas” y, en un santiamén, nos plantificamos allí los cuatro…  Justo al tiempo de dejar las proximidades del coche, empezó a ponerse oscuro por encima de nuestras cabezas; no hicimos mucho caso y empezamos a cazar, alejándonos cada vez más del vehículo, aunque sin resultado positivo.  Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos a casi un kilómetro de distancia y fue, entonces, cuando aquello se acabó de poner negro. Primero fueron cuatro gotas, luego ocho y, algo después, caía el agua “a cantaros” y, aunque tratamos de regresar lo más rápido que pudimos, a mitad del camino de vuelta ya íbamos como “sopas”… El aguacero terminó casi de la misma manera que comenzó, es decir, súbitamente y, como ambos, éramos jóvenes de sangre caliente y pasión desmedida por la caza, decidimos, a pesar del remojón, continuar con la búsqueda, encaminándonos, a los rastrojos de una loma, cercana a un “rodal” de monte bajo, donde probaríamos fortuna… ¡Y a fé mía, que acertamos de pleno con la elección!.

    Nada más entrar en el rastrojo, “Kety” se puso de muestra, y “Zarpa”, que venía tras ella, hizo lo propio con otra codorniz. Abatimos las dos y seguimos con la prospección del terreno, ilusionados por el buen comienzo. Las perras, cazando en perfecta sintonía, nos dieron un verdadero “recital”: lo mismo se quedaban puestas con la misma pieza, haciendo la “muestra a patrón” como indican los cánones, que mostraban pájaros distintos, que mantenían la muestra, aunque volara alguna codorniz, indicando con firmeza que todavía quedaba alguna otra debajo de las pajas. En fin, aquello fue de verdadera locura…Las perras estaban “enfebrecidas” por la cantidad de pájaros congregados en aquella parte del terreno.  Recuerdo que, incluso, en uno de los lances, para facilitarme el tiro a una que salió volando “ratera” camino del monte, mi amigo “Tori” se lanzó cuerpo a tierra en un magnifico “plongeón”, digno de Ricardo Zamora. Ni que decir tiene que, aquella pieza, pasó a engrosar la percha que, a esas alturas de la mañana, se hallaba ya abundantemente nutrida.

    Y llegado a este punto, sucedió lo verdaderamente extraordinario de mi historia… “Zarpa”, que había estado cazando la codorniz con una alegría exultante, transformó, en un instante, su manera de cazar. Se agachó, hasta parecer aún más pequeña de tamaño y, después de dar unos cuantos pasos con mucha cautela, se quedó puesta, dándonos la espalda, ante un montón de pajas situado entre ella y el monte que teníamos justo enfrente. “Tori” me llamó y me dijo; “Zarpa” acaba de poner un conejo… Le pregunté: ¿Y tú, como lo sabes?… Me respondió: Muy fácil, por su manera de mostrar, lo hace de forma distinta… Y efectivamente, así era. La perra estaba tan agachada, que casi tocaba la tierra con su cuerpo y, de vez en cuando, muy despacio, volvía levemente la cabeza y, mirando de reojo a su dueño, parecía decirle: ¡Ahí lo tienes!… “Tori”, dirigiéndose a su perra, pero sin elevar mucho la voz, le dijo: ¡”Zarpa”, pónmelo de cara!… Y la perra, aquella maravillosa perra, levantó la cabeza, miró a su dueño y, después de un breve instante (supongo que el tiempo imprescindible para calibrar el alcance de la orden recibida), rompió la postura, y trazando lentamente un semicírculo de 180 grados, casi exactos, fue a situarse al otro lado de las pajas (de “cara” a nosotros) y volvió a quedarse tiesa como un garrote. A continuación, en un tono imperioso, “Tori” le soltó: ¡Echalo!…  Y “Zarpa”, sin dudarlo un instante, entró en las pajas como un huracán, mientras el conejo saltaba hacia delante, faltando poco para que colisionase conmigo en su precipitada huida, con aquella “furia negra” pisándole los talones…

    Cuando volvimos al pueblo, y sumando las dos “perchas”, pudimos comprobar que habíamos batido nuestro “record” del año anterior, totalizamos: ¡38 codornices! Y porque no estuvo nada mal (ya no volvería a repetirse ese resultado en años sucesivos) lo recuerdo con un especial cariño, así como recordaré mientras viva, la “demostración” de facultades y conocimiento que nos hizo “Zarpa” y que, sin poner, ni quitar, he contado y que, como advertí al principio de mi relato, es una historia que, además de “verdadera”, es completamente “cierta”.

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                                                                                                    Fecha:2020/06/27

Al SUR, a Marruecos (1ª parte)

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

 

Hace no mucho tiempo pero si antes de éstas turbulencias sanitarias que agitan nuestros días hablamos con Pedro Alvarez y en la charla no faltaron nuestros perdigueros y acordarnos de aquellos años en que no era infrecuente hacer perchas de codornices hoy impensables y hablando, hablando, surgió lo de nuestras experiencias de caza  por tierras de Marruecos y como más de una vez gente cazadora nos ha preguntado por ello  creemos que ahora, en  éste Rincón del Lector, es buen momento para contar cosas de allí.

Nuestros andares nos han llevado muchas veces a Marruecos, primero por nuestra afición a ir a lugares nuevos, lugares diferentes por sus gentes y costumbres, y luego, profesionalmente, como agentes de viajes. Así que no ha faltado el bajar allí por motivos relacionados con la caza, principalmente con la codorniz, la tórtola y la perdiz «moruna» pues lo del «jalufo», por la zona del Rif, fuimos alguna que otra vez, pero no era lo nuestro y no disfrutamos mucho, quizás por esa afición nuestra, casi exclusiva, a la caza menor, la que para nosotros es GRANDE.

Así que iniciamos ésta narración  con las codornices por estimar que, en éste Rincón del Lector, el mayor número de lectores somos cazadores de a pie, de los del perro por delante, de esos que recién acabada la temporada, por enero, empezaremos a mirar el calendario y esperar inquietos, un año sí y otro también, que llegue Agosto, allá por la Virgen, en que sus amaneceres nos cogerán con nuestros perros  por tierras de Aragón o Burgos o Segovia o por la Alcarria o por…., haciendo «saltar»  a las codornices en regadíos y secanos. Un año y otro estaremos pendientes de si el tiempo ha sido bueno en la primavera, de si la cosecha no ha sufrido ningún percance y será ubérrima para satisfacción de las gentes del campo, de los cazadores e incluso de nuestros perros, seguro. Luego nos encontraremos con la realidad, para bien o para mal, pues estos tiempos la meteorología ha cambiado, los cultivos también, el campo ya no es igual y aunque los amaneceres nos siguen cogiendo llenos de ilusiones luego, al acabar el día, lo más habitual es que nuestros andares nos habrán llevado a realidades más terrenas pues aquí también tiene sitio aquello de «malos tiempos corren para la lírica».

Dicho esto, quizás explica, mayormente, la razón de nuestros viajes al vecino país en busca de las codornices, donde unas serán trashumantes, aquellas que por enero/febrero viajan, en un periplo milenario, cada año desde el sur del desierto a tierras europeas y que pasado el verano retornan otra vez más hacia los campos que hay al sur del Sahara, y otras codornices serán las criollas que, al igual que las que cazábamos hace años por tierras extremeñas en invierno, se han hecho sedentarias y no viajan. Lo normal es tener en cuenta que en Marruecos hasta el primer fin de semana de octubre no se «abre» la caza de la codorniz y aunque a nosotros nos parezca tarde es un buen momento pues se juntan las trashumantes, esas que bajan ya en septiembre desde España y que en octubre continúan hacia el sur del Sahara, con las codornices criollas sedentarias, esas que no se mueven de los regadíos marroquíes.

Y tampoco  sobra saber que en Marruecos, en las zonas que hemos cazado, el derecho a cazar lo otorga el Estado mediante una concesión a una empresa o a una persona  que comercializa la caza y al ser obligatorio cumplimentar «papeleo» burocrático nosotros encargábamos de ello a nuestro amigo Benhida, que a través de su empresa de caza resolvía la  autorización para llevar armas y obtener la licencia temporal de caza  al igual que se encargaba de la asistencia en los tramites de aduana, bien en el aeropuerto al llegar a Marruecos bien en el puerto marítimo si se llega por barco. Benhida igualmente nos proporcionaba los guías acompañantes en el campo, sin olvidar que si no se llevan perros sus guías los ponían. Y como lo de la llegada y salida del país necesita, quizás, alguna puntualización más detallada contamos:

VIAJE EN AVION

Si se llega en avión hay que tener en cuenta que antes de hacer la facturación aérea de equipaje hay que tramitar en la Intervención de Armas de la Guardia Civil del aeropuerto la autorización para la salida y así poder facturar como equipaje las armas. Las compañías aéreas aplican unas normas propias para admitir la facturación de armas, aparte del permiso de la Guardia Civil que es imprescindible, por lo que conviene en el momento de hacer la reserva aérea consultarlo. Al regresar hay que pasar otra vez por la Intervención de Armas de la Guardia Civil para que registre que las armas que salieron regresan y si se llevan perros deberán consultar con la compañía aérea como se trasportan siendo obligatorio el llevar «pasaporte» sanitario internacional del perro, con detalle de vacunación, y llevar jaula para facturarlo. Debiendo señalar que a nosotros no nos gusta mandar por avión a los perros pues se estresan demasiado y el darles una pastilla nos parece inapropiado así que mejor ir en BARCO:

Que para nosotros es la mejor forma de ir con nuestros perros, viajando en nuestro coche, y la tramitación es como la del avión (Intervención de Armas en el Puerto de embarque y normas de la Naviera), siéndolo más recomendable para cruzar el estrecho el salir de Tarifa o Algeciras hasta Tánger y regresar por el mismo puerto.

ADUANAS

Tanto en España como en Marruecos se comprueban las documentaciones con detalle y la tramitación en nuestras aduanas suele ser poco engorrosa y en Marruecos, donde es algo más lenta, tendremos la asistencia de un guía del equipo de Benhida que ayuda en todas las gestiones. Y al regreso no debemos olvidar que está prohibida la importación de animales muertos en España. Contados estos preámbulos que consideramos necesarios y ya en Marruecos pues: a CAZAR, que es a lo que hemos ido en esta ocasión.

EL VIAJE Y CAZAR

Al llegar al aeropuerto de Marrakech nos estaba esperando Malik, nuestro guía, con el minibús en que nos trasladaríamos a Beni-Mellal, a 191 Kms. al norte, capital de una amplia zona de regadíos y donde está el hotel en que nos alojaríamos durante nuestra estancia y donde Malik tiene los perros que nos acompañaran los próximos días. La carretera, sin ser una autovía está bien, cruza varios pueblos con edificaciones bajas, casi todas con antenas de televisión y donde abunda la gente que viste de modo tradicional: chilabas, gandoras, turbantes,..y se pasa por zonas semidesérticas, abundantes en pedregales y con escasa y rala vegetación, antes de llegar a Beni Mellal y su zona de regadíos. El hotel, de 4* ofrece habitaciones con aire acondicionado, baño, amplias, y al llegar rellenamos las fichas correspondientes con nuestros datos y nos vamos al comedor a cenar, después de un breve paso por la habitación que nos han adjudicado. La comida se compone de platos internacionales: ensaladas, pasta,.., como primeros y carne a la plancha, pescado, como segundos, acompañados de guarnición variada, finalizando con fruta o dulces de postre sin que falte en la mesa el vino ni la cerveza. Ah!! y tampoco una buena charla en la que se mezclaron preguntas, muchas, a los que teníamos ya experiencias marroquíes con opiniones de todos los gustos, aunque prohibidas las políticas y/o religiosas para que reine la calma y nadie se sienta molesto en resumen: buena cena, buena charla, buena habitación y nos fuimos a la cama con tantas ilusiones como las que teníamos en los amaneceres agosteños de nuestras tierras. La salida del sol nos cogió preparados, desayunamos rápido y seguidamente al campo. 

Ya con el sol presente llegamos al borde de un campo de alfalfa de no mucha extensión y con los nervios a flor de piel como es habitual. Vimos donde íbamos a cazar: alfalfas, maíz, judías,…, y olivos, naranjos, etc, en un terreno que no hace muchos años era un desierto pedregoso y ahora es como un vergel en el que las codornices, las trashumantes y las criollas, no faltan. Y los perros de Malik pues igual que nuestros perdigueros al amanecer en agosto, por tierras de Sigüenza, nerviosos, deseando empezar.

Y empezamos, con cartuchos de 10ª, españoles de 30 gr., que nos había proporcionado Malik pues en Marruecos está prohibida la importación de cartuchería, y si no fuera porque no vemos  la torre de alguna iglesia o rastrojos de cereal en abundancia podríamos creer estar por tierras de Castilla, pero no, estamos en Africa y aunque aquí no quedan leones si hay exotismo, codornices, esperamos que en abundancia, y además a los agricultores no les molesta que pisemos sus tierras, aunque que no será raro que  nos aparezca alguno con chilaba y nos pida de buenas maneras que no hagamos disparos en zona de tomates o guisantes.

Malik y un ayudante que venía con él pusieron a nuestra disposición dos espaniel y un  perdiguero » sin apellido», como aquellos que hace años teníamos y disfrutábamos por aquí, y empezamos en la alfalfa, donde los perros casi tapados por la altura de la vegetación empezaron con su trajín, más cerca que lejos, y no tardaron en seguir rastros que unas veces, las más, acababan con una muestra y en alguna que otra ocasión, pocas, la codorniz se la había jugado y !!voila!!, como un mago, había desaparecido, por lo que el braco o el espaniel  vuelta a empezar. Saltaban con frecuencia, el tiroteo era casi continuo, y una vez más sentíamos que por estas tierras de Beni Mellal nos íbamos a divertir y seguimos con nuestro trajín por maizales, rastrojos de cereal, sorgo,…., y la mañana transcurrió rápidamente, el tiempo pasó volando hasta que el calor nos obligó a parar. Los perros, buenos, sabían de qué iba eso de «echar» codornices y aún en las alfalfas altas, cosa no fácil, lo hicieron de matrícula. Había sido una buena mañana, lo pasamos bien, muy bien, pues los lances fueron numerosos y nos fuimos al hotel a disfrutar de la piscina, una buena comida, una breve siesta e ilusionados pensando en que nos esperaba una tarde tan buena como la mañana. Y así fue, al igual que los dos días siguientes en que nos divertimos, aunque consideramos necesario, yendo a lo concreto, decir que las perchas fueron entre 30 y 40 codornices por cazador/día, para nosotros suficientes, pero si alguien les cuenta o habla de perchas de 100 codornices o más pues habrá sido una singularidad o un cuento. En los regadíos marroquíes abundan las codornices y la presión cinegética es baja, mucho menor que en nuestras tierras, pero no para perchas de centenares de piezas. Y hay otra cosa que debemos señalar y es que por allí es frecuente encontrarse con gentes por el campo por lo que hay que tener cuidado al ponerle los puntos a alguna codorniz y no hacer «colondrón» con alguno de los paisanos con turbante que están faenando, frecuentemente acompañados en sus quehaceres por un burro o una mula.

Esto que hemos narrado es lo normal cazando en octubre tanto codornices trashumantes como criollas pero también hemos tenido la suerte de poder cazar en dos ocasiones, en febrero, solo codornices trashumantes, esas que viajan al Norte en su periplo hacia Europa. Las dos ocasiones fueron excepcionales pues ahora hay una normativa más rígida y no se autoriza cazarlas en esa época, se las protege, aunque alguno que otro piensa que en Marruecos no se aplica la ley en la caza y no es así. Como ya hemos expuesto en alguna que otra ocasión a nosotros los agentes rurales de allí nos han «pedido» casi todas las veces que hemos ido la documentación mientras en España no la hemos tenido que presentar en los últimos veinte años más de un par de veces.

Bueno, volviendo al campo y como decíamos, un par de veces hemos bajado en febrero a la codorniz y, ambas veces, las hemos cazado cerca de la costa atlántica, a no mucha distancia de Marrakech por lo que nuestro alojamiento lo hemos hecho en la capital turística del país: grandes hoteles, esplendidos monumentos, espectacular ambiente en su famosa Plaza de Djemaa el Fna,.., así que merece la pena dejar, al menos un día libre de caza, para vivir la ciudad. Y si viajan allí nos agradecerán la sugerencia.

Y por la distancia, aun no siendo excesiva, era necesario levantarse un poco antes que en Beni Mellal, en octubre, para cazar en campos de trigo que llegan a la rodilla. En esos campos no era fácil que las codornices levantasen y lo normal es que apeonasen una y otra vez. Las muestras de los perros eran frecuentes y cuándo la rompían la codorniz había «volado», metafóricamente hablando, y había puesto tierra o trigos por medio. Había abundancia pero solo perros muy buenos las hacían saltar y aquí debemos hablar de los podencos, que eran los que mejor resultaban en lo de hacer «botar» a las codornices pues mientras los perros de muestra se quedaban de muestra, dando tiempo a que las codornices hicieran un sprint, los podencos  se ponían a dar saltos, como hacen los ibicencos con los conejos, y las codornices no tenían tiempo para largarse corriendo, saltaban y el cazador tenía más opciones para disparar frecuentemente. A nosotros nos gustaba, desde luego, ver hacer eso a los podencos y su efectividad, pero como disfrutamos mucho con la muestra de nuestros perdigueros pues no dejábamos de divertirnos con las reiteradas muestras a las trashumantes que, finalmente, obligadas saltaban, tardaban más en ponerse a tiro pero los perdigueros no les daban opción. Así que por la dificultad era obligado, tanto a los podencos como a los perdigueros, saber de qué iba eso de mover los trigos hasta las rodillas. Y las perchas estaban en línea con lo que se cazaba en Beni Mellal pero aquí, más que allí, era necesario que los perros fuesen buenos, muy buenos. Estos días, como el hotel no estaba cerca, comíamos en el campo, encargándose Malik, el guía, de hacer en una pequeña barbacoa unas chuletas a la brasa y si los parrilleros argentinos tienen justa fama pues Malik no les andaba a la zaga en eso de asar carne de cordero, grande, nunca lechal.

Como anécdota nos viene el recuerdo de un cazador que nos pidió si podíamos organizarle dos o tres días de caza allí y que viajaría con una caravana, su mujer y sus dos podencos, se lo organizamos y allí fue. Se divirtió y mucho con las codornices y además no les faltó compañía pues por las tardes era frecuente que se acercaran paisanos, mujeres y niños a ver a los extranjeros y a hablar, los que hablaban francés, con la pareja. Me dijeron que lo pasaron bien, no solo con la caza sino también con la gente, hospitalaria y acogedora. Otra forma de bajar a cazar a Marruecos.

Narrado todo esto esperamos Pedro dar respuesta a tus preguntas sobre lo de cazar codornices en el vecino país y, además, quizás, anime a algún cazador lector a coger a su perdiguero y bajar a Algeciras o a Tarifa y pasar al otro lado. Si así lo hace debemos felicitarle pues creemos que habrá acertado, disfrutará de unos días de caza divertidos, muy divertidos, y conocerá un país muy exótico con gentes hospitalarias.

Nota: Con esta narración no finalizamos de hablar de Marruecos, sino que seguiremos cogiendo la escopeta y volveremos a tierras marroquíes para contar en un siguiente relato nuestras experiencias con las tórtolas, otro tipo de caza con muchos aficionados. Y finalizaremos nuestros andares por el Sur con un relato de perdices y liebres

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                                                                                                    Fecha:2020/05/06

VIBORAS, 

un mal encuentro con nuestros perros

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

Estos animalitos son otra joya de la naturaleza que, posiblemente, deben tener también su lugar en el mundo pero que si tenemos la mala suerte de tener un encuentro con una de ellas nuestro perro o nosotros mismos podemos tener problemas graves. Y eso nos ocurrió con el Tom, un perdiguero que hacía honor al saber hacer de su raza y que tuvo la mala fortuna de cruzarse con una víbora en una cacera, cazando, allá por agosto de 1993, codornices por tierras de Sigüenza, y sufrió una picadura en la mano derecha y por mucho que hicimos todos: el veterinario, Pilar y yo, no conseguimos que saliera adelante y no lejos de donde tuvo el mal encuentro le dimos tierra.

Hasta entonces, saliendo al campo sábado si y domingo también, en invierno y en verano, solo sabíamos de las víboras por lo que habíamos leído u oído o por un recuerdo de niños en que, en una calle de un pequeño pueblo, Luzaga, vimos a unas gallinas, que entonces andaban sueltas, matar a picotazos a una víbora. Pero, tiempo no mucho después de lo del Tom, Andrés Cruz, el del afijo “ De la Vera”, buen cazador y que en los regadíos extremeños solía hacer, en invierno, perchas de codornices hoy impensables, me contó que maneando perdices en Gredos había sufrido también un mal lance, pues su perdiguero se había quedado de muestra y al arrancarse la perdiz se adelantó, bajando el morro, y se encontró con la víbora que también estaba allí; les faltó tiempo para bajar de la sierra, echando chispas, pero al llegar al veterinario ya no hubo nada que hacer, la picadura en la cabeza acabo mal, muy mal. Y también nos viene a la memoria una cacería en Peral de Arlanza, en Burgos, y donde el guarda rural nos dijo que unos días antes habían tenido que «llevarse» a un cazador a Valladolid pues, al sentarse, en el campo, recibió una picadura de víbora en un muslo. Y nosotros con el Amón, en mayo del 2006, estuvimos en un tris de sufrir otro mal trago pues paseando en Luzaga por un camino, con broza a los lados, vimos al perro inquieto a la orilla del camino, nos acercamos y simultáneamente vimos, a un metro del Amón, a una pequeña víbora que lanzó «un viaje» al perro, fallido, afortunadamente, pues el Amón reculó con buenos reflejos, y la cosa quedó solo en susto. Y hace tres o cuatro años paseando por el campo con un amigo y su perdiguero, en un camino se nos cruzó otra, aunque el perro, al estar lejos, no estuvo en riesgo de sufrir un incidente.

Solemos cazar con cierta frecuencia por tierras de Sierra Ministra y no siempre, como es lógico, se producen éstos malos encuentros y lo normal es que salgamos al campo durante años y ni las veamos, pues no son agresivas, suelen huir, atacan sintiéndose amenazadas pero estar, están en muchos sitios, y más vale que nos coja la situación un poco informados que no saber qué hacer pues con ello, a lo mejor, nuestro perdiguero o nosotros mismos salimos adelante. No, no se nos ha olvidado el mal trago que pasamos con el Tom y ahora no salimos por zonas de riesgo sin llevar los paliativos que consideramos mejores y si aun así pasa lo peor tendremos el consuelo de haber hecho por nuestro compañero todo lo posible.

Soltado el preámbulo detallamos lo que sabemos sobre estos animalitos: existen 5 especies de reptiles venenosos en España: 3 de la familia de las víboras: (áspid, hocicuda y cantábrica) y 2 culebridae (bastarda y cogulla). Las víboras que son las que mayor número de incidentes provocan, 100 -150 con asistencia hospitalaria, se distribuyen por toda la Península aunque hay zonas en que, afortunadamente, no se ha detectado su presencia y las culebridae, que llegan a medir de 1 a 2 m., tienen una distribución similar pero presentan un menor riesgo ya que sus colmillos situados muy atrás no facilitan la picadura. La época de mayor riesgo es en verano, cuándo aprieta la calor, pues hibernan y tienen mayor presencia en los años secos ¿Quizás por qué crían mejor?

La víbora inocula el veneno a través de dos colmillos acanalados retráctiles que producen incisiones de unos 2 mm. de longitud y con una separación entre ellos de 6 mm. El veneno es muy potente y produce: gran dolor, edema, necrosis en el punto de inoculación que en algún caso puede ser muy severa, arritmias cardíacas, trastornos respiratorios y deterioro general del organismo.

La gravedad de la picadura la determina, independientemente del tamaño de la víctima, la cantidad de veneno inoculado y esta cantidad depende del tamaño de la víbora, del tiempo que lleva «sin picar« y la zona en que se produce la picadura. Conocimos personalmente a una señora, por Saúca (Guadalajara), que, picada en un pulgar, al recoger del suelo una azadilla, se tomó solo un antinflamatorio y la cosa no tuvo mayor transcendencia quizás porque la víbora era poco más que un lápiz. Y debemos también indicar que hay especialistas que señalan que solo inoculan veneno el 50% de las veces que pican.

Al tiempo no faltan teorías populares sobre remedios a aplicar en el caso de un mal encuentro: pasar un cardo borriquero por la picadura, esto suelen hacerlo los pastores por tierras de Molina; punzar alrededor de la picadura y que sangre la punción. Personalmente estimo que estos remedios caseros quizás dan resultado si en la picadura no se ha inyectado mucho veneno pero siempre, siempre, lo mejor es recurrir al veterinario y a sus remedios científicos. Y decimos que siempre al veterinario pues a lo peor uno se da cuenta del veneno inoculado cuando la cosa no tiene ya remedio.

¿Y qué hacer en el campo donde no tenemos al veterinario al lado? Yo creo que lo mejor es lo que voy a exponer, supeditado a mejor opinión de un profesional veterinario:

  • Inmovilizar al perro, limitando su movimiento y así no se facilita la expansión del veneno por el cuerpo.
  • Inyectarle Urbason (más adelante informo sobre este medicamento) por vía intravenosa, que es lo ideal, o por vía intramuscular o subcutánea. A los simples aficionados la inyección intravenosa nos es complicada siendo más fácil por vía intramuscular o subcutánea; si no se sabe hacerlo se puede hablar con el veterinario y él le enseñará a poner este tipo de inyección.
  • Succionar en la herida, bien con una jeringuilla especial o bien protegiéndose la boca con un plástico fino al hacer la succión, para evitar cualquier riesgo si en la boca hay alguna herida; no se succiona mucho veneno, parece ser, pero creo que más vale quitar algo que no dejarlo todo ahí dentro.
  • Si es posible poner frío en la zona de la picadura pues ello contribuye a frenar la expansión del veneno.
  • Y si se dispone de una venda ancha de comprensión se aconseja ponerla, pero ¡!cuidado!! con los torniquetes que son contraindicados por el riesgo que conllevan al impedir la circulación sanguínea.

Y aplicados estos remedios, o parte de ellos, solo queda salir echando «leches« al veterinario más próximo, que éste entienda de estas cosas y que los dioses repartan suerte. Los profesionales suelen aplicar: antisépticos con antibióticos de amplio espectro, vacunación y profilaxis antitetánica y sedante. Sobre el Urbason os diré que es un corticoide que se presenta en cajas de 20, 40 y 250 mg recomendándose 10 a 20 mg. por día, en caso grave se puede llegar a inyectar hasta un máximo de 40 mg entre dos inyecciones deben pasar al menos 30 minutos. Cada caja contiene una ampolla de producto en polvo y una ampolla con líquido para disolver el polvo y poder inyectarlo. 

Nosotros hemos llegado a olvidar alguna vez los cartuchos, pero el Urbason lo llevamos siempre en zonas de riesgo pues las cosas pueden volver a ocurrir e intentamos estar lo mejor preparados posible. Nota: hay especialistas que no dan valor al Urbason pero si uno está a casi una hora del veterinario pues quizás sea esto mejor que nada. Y quizás convenga tener presente que como la picadura produce un dolor agudo no hay que descartar dar al perro paracetamol. También os informamos que existe un suero antiofideos de los laboratorios Pasteur pero su uso está restringido a hospitales por la dificultad y riesgos que presentan su aplicación. Es muy difícil obtenerlo y como digo no es aconsejable su uso por profanos y los veterinarios no suelen disponer de él. Y como recomendación final y muy importante es ir cuánto antes al veterinario y si éste tiene experiencia en situaciones como éstas pues mejor que mejor y «crucemos los dedos« pues nuestros perros se la merecen. 

Y ya finalizando quiero contaros una curiosidad y con un especial aviso a los que andan  por Canarias o/y por tierras de la raya de Guadalajara con Soria que en el campo, normalmente cerca de los rebaños de ovejas y cabras, no es raro encontrar con otro animalito algo desagradable: la mosca escupidora (oestrus ovis). Habíamos visto alguna que otra vez a pastores protegiéndose la cara con unas gafas o/y un apósito y nos habían dicho que el motivo era una mosca que «escupía», mientras volaba, una gota fría, eso sentía el agredido, a los ojos o a la boca. Esa «gota fría » derivaba en unos cuántos gusanos que proliferaban en los ojos y en la boca-garganta. Suena desagradable y lo es, mucho. Eran solo comentarios con la gente del campo hasta que una tarde, a uno de nosotros (Mariano), cazando codornices  se acercó a las orillas del Zabay, en la raya de Luzaga con Hortezuela (Guadalajara), y vio que las ovejas habían estado por allí en la mañana, no le dio importancia pues ello era habitual, pero de pronto noto volar algo a la altura de su cara y sintió, simultáneamente, una gota fría en el ojo y entonces recordó  lo de la «mosca escupidora» y salió disparado al pueblo. Llegó a casa, se fue rápido a la ducha y se enjabono todo lo que pudo el ojo y echándose el agua directamente, aunque le escocia. No sentía nada, parecía que todo iba bien y que la ducha había sido efectiva, pero llamó a la Doctora del pueblo y le contó lo sucedido. Esta se presentó en casa y le limpio el ojo pues ya tenía algún «visitante» como nos dijo y su marido que la acompañaba no quiso ni mirar del repelús que le daba. Receto y le dio una pomada para ponérsela en el ojo cuándo se acostara y ello fue mano de santo pues no tuvo ninguna molestia. Molestias que si  tuvo uno de los vecinos del pueblo, familiar nuestro, afectado por la «gota fría», no meteorológica, en la boca y que se le  agarró a la garganta o aquel ingeniero de las obras en la A-6, en Alcolea del Pinar, que se quedó traspuesto al oír a la Dra. en el Centro de Salud que las molestias que tenía en un ojo eran porque tenía unos gusanos que no paraban de moverse o aquel conductor andaluz de una cosechadora al que le dieron la misma información que al ingeniero, en el Centro de Salud, y que atónito soltó: » Pero ¿a dónde he venido?, si aquí hasta las moscas cagan gusanos. No vuelvo, no» 

Son historias de nuestros campos y en ellos pasan cosas como las narradas pero no debemos olvidar que nosotros los humanos solemos ser mucho peores que las «otras gentes» que viven en ellos. 

Mayo de 2020

Pilar Jalón & Mariano T. Fuentes

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                                                                                                        Fecha:2020/03/11

LOS PERDIGUEROS y EL AGUA

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

De vez en cuando alguien pregunta ¿qué tal van los perdigueros en el agua? Pues, sobre ello, hay poco cono- cimiento ya que, por un lado, los que disfrutamos de nuestros perdigueros somos poco amigos de contar cosas y, por otro lado, hay poca afición a la lectura aunque, eso sí, en ésta vieja piel de toro nos gusta opinar sobre “lo divino y lo humano” basándonos más en lo que escuchamos o nos cuentan, de cuento, que en la palabra escrita de gente razonable. Bueno, me he ido al monte, por otra senda, cuándo aquí el andar o más bien el chapotear debe ser sobre marjales, lagunas, riberas… y a ello voy ya.

No soy, ni he sido, en esto de las acuáticas un maestro como era Eduardo de Aranzadi, un especialista en esto de andar con la escopeta por los humedales, pero mis perdigueros y yo no hemos desaprovechado ocasión de chapotear en riberas y marjales, buscando que nos saltara la acrobática agachadiza o algún colorado, o de aplastarnos entre carrizos y eneas al borde de algún charcón, aguantando hasta la respiración cuando veíamos recortarse en el cielo, allá lejos, unos pequeños puntos que, si había suerte, se podían convertir en una barra de patos cucharas.

Y aunque los perdigueros y yo hemos dedicado la mayor parte del tiempo a perdices, liebres y conejos, no dejábamos, en aquellos terrenos libres que también se llevó la trampa, de intentar hacer- nos con algo de “caza fina” que nos permitiría disfrutar de algún bonito y no frecuente lance. ¡¡Ah!! y cuando llegaba febrero y la perdiz quedaba protegida por la ley, lo normal era que los amaneceres nos pillaran aplastados al borde de alguna laguna manchega o pateando marjales y riberas. Lamentablemente ya no podré volver a lagunas como Manjavacas o del Taray, ni al Cigüela o al Záncara tras los patos grandes ni a los marjales extremeños en busca de la pequeña aga- chadiza pues zonas prohibidas, nueva agricultura, ríos convertidos en cloacas, caza industrial, leyes anti-caza,…, han contribuido a darle la puntilla a una de las formas más hermosas de cazar.

Pero, bueno, a algunos nos queda el consuelo de que aquellos lances que vivimos nos pertenecen y nos da satisfacción el ser, y haber sido, cazadores de “a pie”, de los del perro por delante y no animalistas modernos, de esos que confunden el culo con las témporas; ni políticos, que hacen falsas leyes proteccionistas sin sentido; ni neo-cazadores, de esos que acuden a lagunas a sacrificar, que no a cazar, miles de patos criados, como gallinas, en granjas. Estas gentes no saben, ni han sabido, ni sabrán de barras de colorados rompiendo el aire al amanecer ni de cercetas saltando, apretadas por el perro, entre las espadañas. Y sé que a éstos especímenes animalistas, políticos y neo-cazadores, les importa un bledo todo esto pero como decía un viejo amigo “patero”: “¡¡Qué sabrán los burros de comer caramelos!!”.

Y, ahora, dejando la senda de la nostalgia retomo, pues, a lo de los perdigueros y el agua y con la experiencia de los años en que, perros y yo, hemos compartido andares puedo afirmar que sin ser un especialista en el agua como el “labrador” o no aguantar el frío en un puesto, al borde de un charcón, como el “setter”, el perdiguero no hace mal papel y, aún más, me atrevería a decir que les gusta, y mucho, el agua. Entran en ríos y lagunas sin problemas aunque al principio, de jóvenes, igual no quieren mojarse las patas pero después del primer baño cogen “vicio” al agua y así puede ocurrir lo que a mi viejo perdiguero el Thor que, a sus catorce años, se iba “disparado” a cualquier charco que veía, sin importarle que fuese grande o pequeño o el frío que hiciese.

Y sobre cómo ha sido el bautizo de mis perdigueros en el agua he tenido diferentes experiencias pues a los perros también es aplicable, aprovechando la frase de Ortega y Gasset, aquello de “los perros y su circunstancia”. A uno, el Thor, le inicié en la Laguna de Navacerrada, que tiene una profundidad decreciente, tirándole un pequeño palo, al principio donde apenas se mojaba las patas para después ir alejándolo hasta la zona profunda, a unos 5 ó 6 metros de la orilla, desde donde lo traía, nadando, sin problemas. Eso sí, el Thor ya me portaba, en tierra, a la mano y no le repetí mucho los lanzamientos pues quise que fuera un juego y no una obligación. Desde aquel día le cogió el gusto al agua y, por su afición a ella, se convirtió en un perdiguero salmonete.

A otro como el Tom, un excepcional perdiguero que traje de un pequeño pueblo de Zamora, le llegó el “bautizo” cazando codornices, que no patos, en el río Tajuña cuando al derribar a una “africana” en la orilla contraria a la que estábamos sin más se tiró al río, cruzó una poza, subió a la otra orilla y cobrando la pieza volvió por el mismo lugar, nadando, con la pieza en la boca.

Y todo lo rápido que fue el Tom fue de lenta la Tosca a orillas del río Almonte, en tierras cacereñas, cuando derribé una perdiz sobre el agua. “Muerta”, “A la mano”, “Tráela”…, en fin, la solté todo el repertorio y ella, mirándome, sin inmutarse, como si aquella guerra no fuese con ella. La rogué con voz suave, la ordené con voz recia y ella como una esfinge. Había echado la perdiz pero eso de mojarse parecía que no era lo suyo y mientras la perdiz, como un pequeño bajel, navegaba dulcemente la Tosca se limitaba a mirarme y aún ahora pienso que con un poco de cachondeo. Pero yo no estaba dispuesto a quedarme sin aquella perdiz naufraga y siendo un radiante día de sol, pues eran los primeros días de octubre y visto lo visto con la Tosca, me quité las botas, la camisa, los pantalones y cuando estaba ya como Adán, ¡¡vaya escena campestre: un tío en bolas, un perro mirándole con cachondeo y una perdiz-bajel!!, la Tosca se tiró al agua, nadó hasta la perdiz y la trajo a mi mano; la verdad es que no le di un beso en los morros por aquello de estar como Adán y poder dar malas interpretaciones a cualquier paisano espectador.

Y otro perdiguero como el Al, que se malogró joven, se inició en el agua siguiéndome a mí y al Thor en un baño que nos dábamos en una pequeña laguna; nos miró como entrábamos en el agua y sin más se lanzó y empezó a nadar.

Todos, sin excepción, no le han hecho ascos al agua así que, cuando me acercaba a las riberas de los ríos o pateábamos los bordes de las lagunas, no dudaban en trastear las espadañas y carrizos, saltando al agua si era necesario para hacer saltar al azulón o hacer un cobro y aunque ello solía ocurrir con menos frecuencia de la deseada pues, repito, no he sido cazador de grandes perchas. Ha sido para mí y mis perros una caza hermosa, llena de sorpresas y atractivos, y aunque solo me queda ya un sitio para practicarla espero, antes de que acabe el año, ver al Amón mover la broza en el Zabay y, si pintan oros, verle con un azulón o un cuchara en la boca. No vamos a pedir, ni el Amón ni yo, una gran percha pues no es lo nuestro, aunque a nadie le amarga un dulce, pero si le pediremos a los “hados” que nos concedan un buen lance, aunque solo sea uno: el “salto” de la pareja de patos entre el carrizo, subiendo casi en vertical. Y lo demás será, para bien o para mal, cosa nuestra.

Ya finalizo y espero que algún “perdiguerista” me coja el testigo aunque sean y, desgraciadamente, serán tiempos difíciles para practicar esta hermosa forma de cazar y solo me queda añadir, una vez más, que mis perdigueros me han valido siempre para “un roto y un descosido”.


 

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                                                                                                                    Fecha:2020/02/20

El Peñés

Por Miguel Algarra Perales

Socio núm.: 133

Nunca he sabido como empezar a contar un relato de caza, pero tal vez no sea la introducción lo de más valor de cuanto voy a contar. Domingo 2 de diciembre de 2018. Habiendo cambiado hasta en 3 veces de idea durante el viaje de donde íbamos a ir cazar esa mañana decidimos ir a la zona de el Peñés que aún no habíamos cazado allí a la perdiz, habíamos estado en la media veda y si que vimos un bando de 10-12 perdices. Con las perdigueras mías Chita una perdiguera veterana de 9 años y Zarza del Cierzo la cachorra de 10 meses de la UCEPB que ya había tenido detalles que apuntan a ser una perra de caza de esas que dejan marca con el paso de los años. Empezamos hacia la zona alta de el coto muy cargada de barrancos y coscojo alternado de carrasca, Rebollo y Pino y cuando llevábamos unos 15 minutos en mano escuché cantar las perdices por debajo de la zona que iba mi hermano, nos comunicamos y organizamos para volver la mano hacia atrás e intentar que no se nos cruzarán al otro lado de río. Acertamos en la idea ya que al poco de bajar y empezar con la nueva mano en un pradete de uno de los barrancos tocaron con mucha fuerza las dos perras pero sobre todo Zarza que empezó acelerar la marcha hacia arriba cosa que era normal que ellas se movieran en esa dirección al haberlas rodeado por abajo, Chita quedó de muestra al caliente pero Zarza no se ando con rodeos siguió el rastro e incluso guío en dos ocasiones hacia otro barranquete, allí intuía que podían estar. Chita salió con un rastro hacia abajo pero Zarza metió la directa hacia arriba en cuestión de segundos oigo volar al menos 4-5 aunque sólo veo una y no me da tiempo a disparar porque salieron hacia arriba y atrás tapándose con las carrascas y la caída  de la loma, durante ese segundo que te da por pensar «la madre que las pario» arranca otra de abajo de donde se había bajado Chita y entre un claro y ya larguita me da para un tiro a tenazon con el caño izquierdo de la «grulla»  la veo perder altura pero no con la certeza de verla enrollada hacia un bancal grande que hay más abajo, le gritó a mi hermano por si la ve pasar «va pegada Carlos» y salgo animando a las perras «buscala Muerta Zarza, buscala Muerta». Llego donde más o menos creí que podía estar en el bancal con mucha hierba y cardos y empieza el desespero, la perdiz allí no estaba animando a las perras aparecen también las de mi hermano una setter y una podenquita bastante buena cobradora, pero de la perdiz ni rastro. Después de no sé el tiempo de reloj 5 o tal vez más minutos de animar a perras y lamentar que la había visto caer allí, de decir que rabia otra que se pierde, le pregunto a mi hermano que donde estaba Zarza. Y él me dice que desde que él había llegado la perra no estaba allí y yo ciego con encontrar la perdiz no le hice ni caso a la cachorra, aparece por el final del bancal a unos 80-100 metros donde había otro barranquete o reguera, increíble allí venía Zarza con una de las alegrías más grandes que me he llevado en los últimos años  de caza porque cuando haces un buen tiro te alegras, cuando aciertas en como cazar y hay buen resultado más pero cuando una cachorra de 10 meses que ha sido un regalo de mi hermano que es el tercer perdiguero que tengo y ves desde bien joven que es totalmente diferente a todo lo anterior, no hay palabras ni emoción más inenarrable para expresar ese momento, ver a Zarza venir hacia a mi directa sin dar ni un solo rodeo más que el de evitar a las demás perras para darme tan preciado trofeo no tiene precio, porque si para mí fue algo insólito para ella creo que aún sería más ya que era su primera perdiz de campo! El día concluyó con otra perdiz más que abatió mi hermano con ese lance y las palabras de mi hermano «Que fuerte José que buena va a ser». Esta perra ha sido para mí un gran regalo en muchos sentidos, por mi hermano que seguramente será otro perdiguerista, ¡¡¡¡por disfrutar de una raza como está y sobre todo de la UCEPB y sus gentes!!!! ¡Espero que os guste mi relato y no sea un tostón!

«¡¡¡¡La caza es sentirla y vivirla como lo que es, CAZA!!!!”