Relatos

 

Fecha:2020/12/06

Cosas de la caza….

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Hace ya algún tiempo, fui a cazar a la finca que un buen amigo tiene en Peñarrubia, un “pueblin” en las proximidades de la sierra de Alcaraz, donde abundan las perdices, y es así, entre otras razones y fundamentalmente: porque son muy numerosas, el terreno es idóneo como hábitat para que vivan y se reproduzcan, y porque mi amigo controla a sus predadores y las caza en contadas ocasiones. Cuando lo hace, aunque no siempre (ya me gustaría a mi que siempre contara conmigo), en muchas ocasiones tiene la gentileza de invitarme y, aunque está a más de doscientos kilómetros de casa, no dudo en aceptar su invitación y me desplazo hasta su finca, lo que me brinda la posibilidad de disfrutar de su compañía y, casi siempre, de un extraordinario día de caza.

Pues bien, ese día me sucedieron algunas cosas que no se suelen dar, al menos con frecuencia, en esto de la caza y que explicaré a continuación.

Después de cumplir con la tradición de desayunar unas «migas de pastor» y echarnos al coleto un chocolate calentito y rematar con una copita de anís (para entrar en calor, porque el día era frío) iniciamos la caza. Tomamos, por un lateral de la finca, la ladera de un barranco que daba al sur (la de la “solana”), donde solían retozar los conejos, sobre todo los días que, como aquél, eran fríos con avaricia y, como no, también solían tomar las perdices para entonarse convenientemente con los rayos solares que empezaban a calentar a esas horas de la mañana. Mi amigo dice que en su finca se caza a partir de las nueve, que antes la caza no está en el monte, y así lo venimos haciendo desde que fui la primera vez. Es más, esa costumbre creo le viene de familia porque ya la practicaba su padre, que también era cazador.

A poco de comenzar a andar, Meiga empezó a animarse y unos metros más adelante, se quedó de muestra en un grupo de enormes matas de esparto, desde las que un conejo, sin dar lugar a que Jara lo desalojara, saltó “petardeado” y tras recorrer unos metros le derribé de un certero disparo. Esperé que Meiga se adelantase para cobrarlo, pero, al volver la cabeza, vi que seguía de muestra ante las matas de esparto. Volví a cargar mi escopeta del 20 y animé a Meiga para que entrara, cosa que hizo inmediatamente, desapareciendo entre las matas de espartos, por lo que la perdí de vista. Como tardaba y no la veía por ningún lado, supuse que estaba puesta de muestra y me metí entre los espartos para comprobar que, efectivamente, estaba tiesa como un “garrote” marcándome otro conejo (pensé yo). Y me equivoqué, aunque por poco, porque lo que me señalaba mi perra no era un conejo, sino dos que, al sentirme cerca de Meiga, salieron de estampida hacia una zona con menos vegetación lo que me posibilitó hacer el segundo “doblete” de conejos que he conseguido a lo largo de mis muchos años como cazador con escopeta y perro.

Seguimos por la ladera y, al avanzar un poco más, Meiga volvió a animarse y al mirar al frente vi que llevábamos delante las perdices. Seguí con prudencia por la parte alta de la loma y. adelantándome un poco, me asomé tratando de contener a Meiga, pero me tomó la delantera y se quedó puesta delante de un grupo de matas de esparto, desde donde levantaron dos de las perdices que vi apeonar desde algo más atrás. Apunté a una de ellas, la que primero salió, tratando de controlar mis nervios y disparé, justo en el momento en que la segunda se cruzó con la que tenía encañonada, y así, sin proponérmelo, hice realidad el dicho: «de un tiro, dos pájaros». Bien es verdad, que una de ellas, donde dió, quedó, pero la otra cayó de ala y Meiga tuvo que bajar a buscarla hasta el fondo del barranco, donde la recuperó tras emplear bastante tiempo y realizar un considerable esfuerzo, ya que la perdiz no le facilitó nada el cobro.

Seguimos por la loma, desde donde, sin esperar a que mi perra la mostrara, nos voló otra perdiz, que remontó emitiendo su característico “piché-piché-piché-piché”, pero no pudo alejarse mucho porque, ese día estuve bastante inspirado a la hora de apretar el gatillo y pasó, después de que la cobrara Meiga, a engrosar nuestra bien surtida percha.

Llegando al final de la loma, todavía tuvimos oportunidad de jugar un nuevo lance, que resolvimos satisfactoriamente. En esa zona se conservan los restos de un antiguo corral de ganado que, por lo que he podido comprobar en varias de mis visitas a la finca, resulta querencioso para las “patirrojas” e, incluso para los conejos, así que agudicé mis sentidos al máximo porque, además, estaba viendo a Meiga animarse por momentos y comprobé que,  al acercarse al muro de piedras del cercado, se ponía de muestra y, rompiéndola de inmediato, iniciaba una guía hacía el extremo más alejado de donde nos encontrábamos. La seguí en tensión, pero presto a encararme la escopeta y, justo cuando estábamos llegando a la esquina del corral, arrancó una perdiz que no pudo evitar el disparo que acabó con sus intentos de fuga. Meiga la cobró y recibió mis efusivas muestras de cariño por una labor perfectamente realizada.

Al final de la jornada, a la hora del recuento, Meiga y yo, nos apuntamos cuatro perdices y tres conejos, todos a muestra de mi perra, aunque nos acompañó la fortuna en el primer lance con los conejos, pues los encontramos de reunión, no se si familiar o festiva, y luego con las perdices, un lance de verdadera suerte, pero…  ¡¡¡Son cosas que tiene la caza!!!   

            Y así lo cuento

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Fecha:2020/11/06

EN BUSCA DEL PAÑUELO PERDIDO

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

De verdad que mi perra fue extraordinaria y mucho  lamento no tenerla ahora, que van menguándose  mis facultades físicas (más que por otra razón, por el paso – o el peso, que tanto tiene – de los años) y porque como auxiliar fue un animal que valía su peso en oro; aunque quizás, mejor debería decir que no tuvo precio, afirmación – esta última – que se ajustaría más a la realidad y que le haría estricta justicia, toda vez que fue una perra irrepetible: ¡La perra con la que soñamos todos los cazadores!

Kety, que así decidimos llamarla cuando nos la regalaron con tan sólo veintiocho días, era producto de un cruce de Pointer (su padre) con Pachón Navarro (su madre). Su capa era blanca y negra, con el pelo corto, como la de su progenitor, y tenía la nariz con la división muy marcada, pero sin llegar a estar partida, como la de su progenitora. No tenía la esbeltez del Pointer, aunque si la solidez del Pachón. Pero… independientemente de sus características físicas, heredó de ambos tal cantidad de virtudes cinegéticas que, desarrolladas con el paso de los años, la convirtieron en una verdadera fuera de serie.

Era una perra muy dispuesta a aprender y trabajadora infatigable. Siempre estaba pendiente de mi y, como le dedicaba casi todo mi tiempo libre, llegamos a un grado de compenetración tal que causaba admiración a las personas con las que solíamos relacionarnos y que la conocían por ello.

Siendo cachorro (tendría seis o siete meses), empecé a esconderle un pañuelo mío, al que hacía un par de nudos, dejándolo entre los arbustos del seto que delimitaba los parterres del jardín donde salíamos a pasear todos los días, o debajo de alguna de las frondosas plantas que, en medio del césped, proliferaban por doquier, o simplemente dejándolo caer al lado de alguno de los bancos del paseo… Siempre procuraba hacerlo cuando ella no se daba cuenta, cuando estaba enfrascada tratando de descifrar algún olor interesante, o cuando se hallaba alejada de mi… Luego la llamaba, le enseñaba mis manos vacías y le decía: “Kety, he perdido mi pañuelo, encuéntralo” … Y la buena de Kety, salía de estampida buscándolo hasta que, indefectiblemente, volvía con él en la boca y me lo entregaba sin parar de mover su rabo, mostrando así su alegría y satisfacción por haberme complacido. Recuerdo un día que incluso tuvimos ocasionales espectadores: Un matrimonio con un niño de unos cuatro o cinco años que acertaron a pasar junto a nosotros, en el momento que mandaba a Kety a buscar el pañuelo perdido. Se quedaron observando las idas y venidas de la perra que, en esta ocasión se alejó bastante de donde estábamos y, cuando regresó y se sentó delante mía, aparentemente sin el pañuelo, oí el comentario que el padre le hacía a su hijo: “No ha podido encontrarlo, pobrecita” … Yo, apuntillé: “No se fíe nunca de las apariencias, porque, a veces, engañan” y, al decir esto, acerqué mi mano a las fauces de Kety que, dulcemente, depositó en ella el pañuelo que llevaba dentro de la boca. El padre no daba crédito a lo que estaba viendo y el chaval se abrazaba a mi perra dándole besos, hasta que su madre lo separó para poder proseguir su camino.

Más adelante, fui complicando su entrenamiento, trasladándonos al campo. Concretamente a unos terrenos, que un amigo tenía en las proximidades de mi ciudad, que era tan amante de los animales como yo y que seguía los progresos de mi perra con tanto interés como si se tratase de algo suyo. Allí, la dejaba en el coche y me alejaba caminando por un campo sembrado de alfalfa, o entre los surcos de una plantación de alcachofas, o cruzaba algún margen, o me perdía entre los naranjos de una de las parcelas de la finca… Al final, dejaba caer mi pañuelo y volvía al coche, procurando hacer el mismo recorrido, pero a la inversa… Y allí la tenía, sentada en el maletero y mirándome sin pestañear, esperando que la mandase a buscarlo. Cuando le abría el portón del coche, podía notar que temblaba de excitación, pero, permanecía sentada hasta que le daba la orden: ¡¡¡ búscalo !!!… Entonces ya no había nada que la detuviese. Daba verdadero gozo verla seguir el camino que yo había utilizado, realizar los mismos cambios de dirección que había efectuado y… volver con el pañuelo, exultante de satisfacción, para entregármelo y recibir su recompensa: una caricia de mi mano y una cariñosa palabra de felicitación por el trabajo bien realizado.

Como residíamos en una ciudad de la costa mediterránea, con la llegada del buen tiempo solíamos acercarnos a la playa y, como en aquella época (estoy hablando de hace treinta años) no decían nada por estar con los perros en la arena, Kety venía siempre con nosotros. Y allí estaba hasta el momento en que veía que me zambullía en el agua… La siguiente en entrar en el líquido elemento, detrás de mi, era ella… Y conmigo permanecía, sin separarse de mí y nadando alrededor mío, todo el tiempo que yo estuviese “en remojo”.

Todas estas cosas, más un sin fin de experiencias y enseñanzas que tuvo durante esta época de su crecimiento y que absorbió y asimiló, como si de una esponja se tratase, hicieron que cuando empezó a cazar conmigo, primero la codorniz (su maestra de primaria, todos los veranos) y, posteriormente, la perdiz (su catedrática de estudios superiores, los inviernos), lograse algo que no está al alcance de muchos perros, aunque sus orígenes o su sangre fuesen mucho más “puros” que los de mi perra: el doctorado en todas y cada una de las materias de ese complejo arte que es la caza.

Por supuesto, que entre mis amigos cazadores e, incluso entre los de mi propia cuadrilla había quien presumía de perro… Yo, con motivos más que sobrados para hacerlo, nunca alardeé de ello, mi “natural e innata modestia” fue la causa que me impidió jactarme de los logros de Kety, además de que, era ella misma, con sus acciones, la que hacía inútil – por innecesaria – cualquier “campaña publicitaria” sobre sus extraordinarias cualidades…

Buscaba con pasión, sin desfallecimiento a lo largo de toda la jornada. Cuando se alejaba, o ella pensaba que se había alejado, se paraba, volvía la cabeza y me miraba esperando alguna indicación mía… Si le hacía alguna señal con la mano, bien fuese a derecha o izquierda, en ese sentido reemprendía la marcha, pero siempre a tiro de escopeta… Si empezaba a notar rastros de alguna pieza lo demostraba como ella solía anunciarlo: primero con movimientos más alegres de su rabo, que agitaba más rápidamente conforme el efluvio de la caza le iba llegando con más nitidez; luego, cuando ya tenía localizada la pieza, y conforme se acercaba a ella, con movimientos mucho más ralentizados – como a “cámara lenta” –, hasta que, de forma súbita, se producía su total inmovilización… Se quedaba rígida, en completa tensión, con el rabo en prolongación con la línea de su espalda y el hocico apuntando hacía la pieza escondida… Sólo se le notaba, fijándose bien, un especial brillo en los ojos; por lo demás incluso daba la impresión de haber dejado de respirar, tan era el estado de concentración en que quedaba sumida. En ocasiones, si me demoraba un poco en darle la orden de entrar, ladeaba su cabeza, mirándome de reojo y como queriéndome avisar de que tenía la pieza delante… Yo no podía evitar sonreír con satisfacción al darme cuenta de su “inteligencia” (indudablemente era una perra con mucho conocimiento) y del grado de compenetración que estaba alcanzando conmigo y que nos hacía entendernos muchas veces sólo con mirarnos.

Si de cobrar alguna pieza herida o alicorta se trataba, allí estaba Kety (que para eso se entrenó buscando mi “pañuelo perdido”) para recuperarla. Lo mismo daba que fuera sobre el terreno, que el cobro hubiera de realizarlo en el agua… Recuerdo que, uno de los domingos que en la temporada se habían habilitado para el ejercicio de la caza en el coto, después de patearnos una de las lomas más largas y empinadas del cazadero, y ya de vuelta hacia el coche para tomar “el taco“ de media mañana, vimos, sobrevolando el camino por el que nos dirigíamos hacía el vehículo, una perdiz… Venía descolgada desde lo alto de la loma que teníamos enfrente pero a una altura considerable… No me lo pensé dos veces… Me eché a la cara la FN que antes había sido de mi abuelo, y posteriormente de mi padre  y, después de sopesar mis escasas posibilidades de acierto, apreté el gatillo: ¡¡¡“pummm”!!!…, sonó el disparo y, ante la general sorpresa, vimos (me refiero, básicamente, a que Kety lo vio también como yo, porque como tenía conocimiento, cada vez que me veía levantar la escopeta, se fijaba hacía donde apuntaba) como la perdiz hizo un quiebro, dejó de aletear, descolgó una de sus patas y empezó a perder altura, en dirección a una de las manchas de pinos que bordeaban el camino. Kety, tan pronto entró entre los pinos, salió flechada en dirección al lugar del hipotético aterrizaje y la perdimos de vista durante, al menos, quince largos minutos… Justo, cuando el resto de los compañeros de cuadrilla empezaba a murmurar sobre la inutilidad del esfuerzo de buscar la pieza abatida entre la maleza del pinar, apareció Kety al borde de la pinada. ¡Venia derecha hacia mi, moviendo el rabo con inusitada alegría, para hacerme entrega de la perdiz que acababa de cobrar de forma increíble! Los compañeros de la cuadrilla no daban crédito a lo que veían, pero, ya se sabe: “una imagen vale más que mil palabras” y yo no quise, por las razones de humildad y modestia indicadas antes, meter “ningún dedo” en “ninguna llaga” y ahí quedó la cosa… Durante todo el tiempo que pude disfrutar de su compañía, que fue todo el que vivió a nuestro lado, no dejó en el monte pieza muerta o herida sin cobrar y, eso que algunas (doy fe de ello) fueron recuperadas en condiciones verdaderamente dificultosas.

Un aciago día, al volver de nuestro cotidiano paseo de mediodía, noté que se fue derecha al cacharro que tenía con agua en la cocina vaciándolo completamente, y mientras que su estomago se dilataba de forma anormal, comenzó a quejarse de forma lastimera. Me asusté al ver su reacción y salí corriendo en busca del veterinario. Cuando llegué y la vio me dijo, con cara de preocupación, que creía que la habían envenenado. La sondó, le hizo un lavado de estómago, le proporcionó antihistamínicos… En fin, se hizo lo que se pudo, pero, lamentablemente, no fue suficiente, debido a la potencia del veneno que hizo su efecto en un breve espacio de tiempo… Nos volvimos a casa y la deposité en su cama, donde permaneció tumbada con aparente tranquilidad, aunque me dio la impresión que sus ojos comenzaban a nublarse… Me quedé sentado a su lado durante un buen rato hasta que, de pronto, levantó la cabeza como si me estuviera buscando y cuando me oyó decirle que estaba a su lado y notó que le acariciaba su garganta, dejó caer su cabeza sobre mi mano y cerró los ojos… Ya no los volvería a abrir. Pasados unos días, nos llegó la noticia de que algún «mal nacido» había sembrado de «golosinas» con veneno la zona donde sacaba a pasear a mi perra y, que, junto con ella, había acabado con la vida de cinco perros más de la vecindad. No sé si en algún momento se pararía a pensar en el alcance y posible trascendencia de sus actos (por la zona también juegan muchos niños y podría haber envenenado a alguno de ellos), pero lo cierto y verdad es que deja mucho que desear su comportamiento como persona y también como ser humano.

Posiblemente, algún día me decida a contar algunas de las muchas anécdotas vivida con ella, pero ahora no podría… Siento un picor sospechoso en mis ojos y no encuentro fuerzas suficientes para continuar escribiendo, aunque sea de Kety, mi más leal y fiel compañera durante los nueve años que tuve la suerte de disfrutarla…  Si existe otra vida (y como dicen por Galicia: “creer en ella non creo, pero haberla, hayla…”) cuando yo deje esta, estoy seguro de que saldrá a mi encuentro, agitando alegremente su rabo y moviéndose alrededor mío, mientras espera que le ordene, una vez más, salir en busca de mi “pañuelo perdido”…

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Fecha:2020/10/12

ANECDOTAS DE CAZA   II

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Fue un domingo, a principios del mes de enero de hace unos cuantos años, cuando tuvo lugar el suceso que voy a relatar a continuación… Habíamos recibido quejas de los agricultores con tierras en el coto, ya que, debido a la abundancia de conejos aquel año, se estaban produciendo daños en la siembra y, la verdad, es que en algunos terrenos se notaban con claridad los efectos de la voracidad de los “lepóridos” que habían convertido la zona en su restaurante favorito. Para que no tuviésemos que apechugar luego con alguna que otra “indemnización por daños”, se decidió por la mayoría de los socios del coto, en votación realizada la semana anterior, avisar a unos “huroneros” de confianza para realizar una incursión en las madrigueras que se hallarán próximas a las tierras de labor e, incluso, en las que había ubicadas en las carrascas diseminadas dentro de las propias tierras (que eran bastantes, por cierto)…

Así pues, aquel domingo, la cuadrilla se dividió en varios grupos. Unos, entre los que me encontraba yo, salimos con nuestros perros a cazar “en mano”, otros se subdividieron, a su vez, formando grupos independientes, cada uno con un huronero provisto de dos o tres hurones, para poder abarcar más terreno y ser más efectivos en las tareas de control de las abundantes poblaciones de conejos del coto.

La mañana transcurrió sin novedad y, cuando ya iba camino de regreso hacia la casa donde nos reuníamos al final de cada jornada de caza, me tropecé con uno de los grupos que todavía andaban en la “faena”. Até a Esla y me coloqué en un lateral que había quedado cubierto a medias por uno de los compañeros (que se retiró un poco para hacerme sitio), y más por curiosidad, que por intención de disparar a los conejos que pudiesen tratar de huir de los hurones (a mi, particularmente, no me entusiasma este tipo de caza) me dispuse a ver que sucedía… He de advertir que debajo de la “carrasca” donde se estaba huroneando, había un juego de cuatro o cinco “bocas” y que, menos por aquella por donde entró el huron, los conejos podían intentar la huida por cualquiera de las otras… En un instante, el huronero, que se había inclinado hasta casi tocar el suelo con la cabeza (supongo que para oír mejor) avisó que iba a salir uno y, casi simultáneamente, oí el disparo que había realizado el compañero situado al otro lado de la carrasca… Instantes después, el huronero volvió a cantarnos otra salida y, para mi asombro, apareció por una boca situada junto delante de mí un magnífico ejemplar de “gato montés”. Le calculé sobre 5 kg. de peso y una altura sobre los 35 o 40 cm., por lo que me sorprendió que cupiese por la boca por la que había salido. Era de color gris parduzco y andaba sin ninguna prisa, de forma majestuosa, enarbolando su enorme y anillado rabo, con la punta roma y de color negro, mientras me miraba de forma desafiante, con las orejas “gachas” y enseñándome los dientes como si se tratara del anuncio de una pasta dentífrica… Llegado a este punto, Esla (mi Perdiguera de Burgos), que había estado sentada a mi lado hasta ese momento, se puso en pié y comenzó a ladrar, mientras tiraba de la correa tratando de soltarse para acometer al felino… A malas penas pude contenerla, y antes de que pudiésemos reaccionar, el gato montés, de dos saltos prodigiosos salvó la distancia que le separaba del monte, pasando por nuestro lado como una exhalación y desapareció entre la vegetación como si se le hubiese tragado la tierra. Como la zona donde yo me encontraba era la más cercana al monte y, por la situación del resto de las escopetas, también la menos visible para el resto de los cazadores, me encaré el arma y apuntando al suelo, apreté el gatillo y disparé, primero uno, y después el otro cañón (como homenaje personal al “fastasma” del monte), mientras voceaba: ¡¡¡ Ahí va el conejo!!!

En la sobremesa de la comida, hubo sus “puyitas” relativas al conejo que creyeron fallé, pero no me importó demasiado y salí del paso alegando que, como no me gustaba ese tipo de caza, es posible que no estuviera suficientemente concentrado y por eso se marchó a criar.  De cualquier modo, Esla y yo, habíamos aportado nuestro “granito de arena” para minorar los daños, echando al montón seis conejos y dos liebres, con lo que nuestro honor quedó tan lavado como si hubiéramos usado para ello el mejor de los detergentes.

En otra ocasión, cazando con Esla (mi perra Perdiguera de Burgos), tuve oportunidad de comprobar personalmente algo que había oído relatar a algún cazador de la zona pero que, aunque me insistieron en que era algo cotidiano, me pareció un hecho inusual tratándose de perdices.  La cosa sucedió de la siguiente manera…

Hace ya algún tiempo, cazando en el coto de La Roda (Albacete), cuando íbamos dando una mano desde uno de los lindes de la finca, dirigiéndonos hacía el centro del acotado, que es donde se encontraba la mancha de monte más grande del contorno y donde solía refugiarse la caza cuando la movíamos nosotros o cuando cazaban los del coto social del pueblo, que eran nuestros vecinos, y al atravesar una viña, echamos un bando de perdices que, como estaba previsto, voló en dirección al monte donde buscaron refugio entre sus abundantes matas de espartos, tomillos y romeros,  recubiertas por encinas, algunas centenarias, que se alternaban con los altos pinos, visibles desde cualquier lugar de la finca.  El monte, estaba rodeado de labor en su mayor parte, pero, con la particularidad de que, en las tierras anejas al pinar, se hallaban diseminadas irregularmente muchas encinas, algunas veces en grupos de tres o cuatro ejemplares, lo que las convertía en un lugar querencioso para perdices, liebres o conejos, como lo ponían de manifiesto la multitud de madrigueras de estos lepóridos excavadas cerca de ellas. Como Esla y yo sabíamos, en estas encinas aisladas, solían refugiarse las perdices cuando, como en esta ocasión, ya les habíamos dado algún vuelo y hacía calor por estar terciada la mañana. Así pues, dado que me había tocado ir de ala en la mano, empecé a acercarme a las encinas que se hallaban más próximas al monte, adelantándome algo al resto de la cuadrilla, pudiendo comprobar con alegría que Esla se animaba al tocar rastros frescos. Agudicé los sentidos para que no me pillase desapercibido alguna salida por sorpresa y seguí a Esla que se estaba poniendo tensa por momentos y, al cabo de algunos segundos, acabó por ponerse de muestra debajo de una de las encinas cercana al pinar. Miré y remiré por debajo de la encina, pero no vi nada. Vi que Esla mostraba con la cabeza muy alta, pero al principio no caí en la cuenta de que no mostraba algo en el suelo y empecé a rodear la encina. Empecé a levantar la cabeza, al recordar la advertencia que me hicieron sobre determinadas costumbres de las perdices de la zona, cuando me sorprendió el ruido del furioso aleteo de la perdiz, que arrancó a volar desde una de las ramas del árbol y que casi me quita el sombrero al pasar sobre mi cabeza. Menos mal que salió hacia la labor y no hacia el pinar con lo que, cuando la tuve cubierta, apreté el gatillo, y pude ver que caía a plomo y a Esla, ya sobre ella, dispuesta a realizar su cobro.

He podido constatar que, en ocasiones, perdices heridas buscan refugio en madrigueras de conejos, pero, hasta aquél día, no había tenido ocasión de comprobar personalmente que también, tratando de ponerse a salvo, se posan en las ramas más gruesas de algún árbol o arbusto, como están habituadas a hacerlo en la zona de La Roda.

Tengo otras anécdotas curiosas relacionadas con el mundo de la caza, de los cazadores y de nuestros más directos colaboradores: los perros… Pero, de momento, creo mas conveniente dejar su relato para una próxima ocasión.

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                                                                                                  Fecha:2020/09/18

“LA LLEGADA DE ESLA….”

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

La actual temporada de caza (2010/2011) no presentaba buenas perspectivas. Jara, mi perra Español-bretón, no está bien de salud, tiene once años de edad y, para colmo de males, en la última visita a nuestro veterinario y tras realizarle las oportunas pruebas, le diagnosticaron leishmaniosis (o leishmaniasis), posiblemente adquirida a través de la picadura de alguna hembra de mosquito del grupo denominado flebótomos, particularmente abundante en la zona del levante español y cuenca mediterránea, donde suele hacer calor durante todo el año y es, por ello, considerada zona de alto riesgo. Yo, venía notando, desde hacía algún tiempo, que había perdido el apetito, que perdía más pelo de lo habitual y presentaba algunos problemas renales, había aumentado significativamente su consumo de agua, había perdido visión, presentaba palidez en las mucosas y tenía dificultad al andar y desplazarse. Síntomas todos que presagiaban lo que, desgraciadamente, nos confirmó la visita al veterinario. Se la puso en tratamiento, pero con pocas esperanzas de solución, dada la gravedad del problema detectado, así que empecé a realizar gestiones para hacer realidad un anhelo que había ido creciendo en los últimos meses: hacerme con un cachorro hembra de Perdiguero de Burgos.

Empecé consultando, para informarme y saber el terreno que iba a pisar, los artículos sobre el Perdiguero en diversas revistas especializadas: “Perros de caza”, “Jara y Sedal”, “Trofeo caza”, “Feder caza”, “Club de caza”. Devoré dos libros que tratan del Perdiguero: “El nuevo libro del Perdiguero de Burgos”, de Antonio San Juan Vallejo; y “El Perdiguero de Burgos, historia, características y futuro”, de Ángel Martínez Ibáñez… Y, cuando terminé con todo aquello, empecé con las páginas de criadores en Internet.  De entre todas las visitadas, me llamó la atención sobremanera, la página del Afijo “De Pedralvez”, donde encontré fotografías de ejemplares realmente espléndidos, que se aproximaban muchísimo a la idea que me había forjado de lo que, para mí, era el prototipo ideal del Perdiguero de Burgos. Por tanto, a Pedralvez me dirigí en primera instancia, aunque el momento quizás no fue el más oportuno. Fui atendido con cordialidad por Pedro Álvarez quien me informó que, en esos momentos, no se tenía prevista camada de Pedralvez, ni de algún otro miembro de la UCEPB, aparte de que las hembras, por estar más buscadas, eran más difíciles de conseguir. Así pues, y como suele decirse: “la primera, en la frente” …

Continué dirigiendo e-mails a un criadero cercano a Burgos, que ni se molestó en contestarme y a un criador reputado, Carlos González Antón, el cual, a pesar de no dedicarse ya a la cría y residir en ese momento en Panamá, tuvo la delicadeza de responderme, animándome a seguir en mi empeño de hacerme con un Perdiguero y me recomendó que contactara con Ricardo Carballo, por aquél entonces Presidente del CEAPPB. Así lo hice y, casi sin proponérmelo, sonó la flauta por casualidad. Resultó que acababa de cubrir una perra (con la que cazaba normalmente), con el perro que resultó mejor Perdiguero en la Monográfica de 2010 (propiedad de Miguel Angel Ballano) y, ante este cúmulo de coincidencias, no me quedó otra que comprometer una de las hipotéticas hembras de la inminente camada. Los acontecimientos se desarrollaron según lo previsto, es decir, con normalidad, y en agosto de 2011 nacieron los cachorros: 3 machos y 2 hembras, con lo que, de no surgir algún problema irresoluble, transcurridos dos meses y medio, tendría la oportunidad de recoger mi soñada Perdiguera, en Villariezo, un pueblecito a 12 km de Burgos.

Así pues, el domingo 6 de noviembre del 2011, tras asistir mi esposa y yo como invitados al desarrollo de la prueba valedera para el Perdiguero de Oro, en la que participaba Ricardo Carballo (que con su perra obtuvo el Perdiguero de Plata), estuvimos conociendo a la que ahora es mi compañera de fatigas. La que recogimos el lunes siguiente, en casa de su criador, ya camino de vuelta a nuestro hogar en Alicante. Sin embargo, nos dejó algo preocupados el comentario que hizo un hijo de Ricardo cuando nos dijo que “debíamos estar un poco locos, si íbamos a meter un Perdiguero en un piso de ciudad”. La realidad nos confirmó lo equivocado de su afirmación. Esla, que así decidimos llamarla, se acomodó desde el primer día a la casa, adoptó con rapidez los hábitos de la familia, acató las normas que regulan la convivencia con los humanos y con el resto de congéneres caninos y se acabaron los problemas. Además, Esla es tranquila, cariñosa, obediente y entiende con facilidad lo que pretendes de ella, con lo que presumo se simplificará enormemente la tarea de educarla.

A los seis meses, aproximadamente, estando próximo el final del período hábil de caza, decidí sacarla al monte para ver cuál era su comportamiento y me la llevé a La Roda (Albacete), que es donde con mi cuadrilla estamos cazando esta temporada. Al principio bien, la cachorra se movía con alegría y, aunque todavía no había tenido contacto alguno con la caza, corrió una liebre que le salió de debajo de sus narices y no la pudo alcanzar, pero a la que persiguió hasta el límite de la provincia. Yo la dejé hacer, para que se desfogase, pensando en que habría tiempo de corregir comportamientos indeseados.  Cuando regresó a mi lado, me limité a darle un par de cariñosos cachetes en el lomo y seguimos la marcha.

Antes de terminar la jornada, camino de regreso a la casa donde solíamos comer y descansar un rato antes de emprender el regreso a Alicante, Esla tuvo un comportamiento para mí sorprendente. Me explico: Me arranca una perdiz, la derribo, Esla la cobra y en lugar de traérmela a la mano, como hacía con un “aport” forrado con unas pieles de conejo y liebre, que me servía para ejercitarla en el cobro, salió corriendo en dirección a un grupo de encinas, donde existía un considerable número de madrigueras de conejos y, tapada por las matas de esparto, la perdí de vista. Inmediatamente salí tras ella y llegando a las encinas, vi que volvía en mi busca, pero sin la perdiz… ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba la perdiz? Me di cuenta de que traía el hocico manchado de tierra y me puse a buscar, hasta que a la entrada de una de las madrigueras noté escarbadas y tierra removida, así que me agaché, metí la mano en la boca de la hura y… ¡Sorpresa! Allí estaba la perdiz que acababa de esconder mi perra.

He procurado obtener alguna información que explique su manera de proceder y hay quien dice que algunos perros que esconden o cambian la caza de sitio lo hacen llevados por un instinto atávico de enterrar la presa para protegerla de la rapiña de otros predadores y poder hacer una posterior ingesta de comida, es un instinto que está presente en todos los cánidos salvajes y que puede mantenerse latente en el código genético de algunos perros de caza. Eso podría explicar el comportamiento de Esla, pero lo cierto y verdad, es que no ha vuelto a repetirlo en ninguna de sus salidas a cazar posteriores a esa fecha. Así que he dejado de preocuparme por ello. He resuelto el problema como lo haría un perro, me acerco, lo olfateo y, si no me lo puedo comer, lo meo y me voy. Ahí lo dejo.

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                                                                                                  Fecha:2020/09/05

“FLAY…  IN MEMORIAM”

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Aquél día, la cosa se estaba poniendo bastante “fea”… Llevábamos cazando más de hora y media y todavía no habíamos “vendido una escoba”… El caso en que, nada más entrar al monte, vimos correr un par de conejetes y, volando a ras de las matas, nos percatamos de que una “patirroja” ponía tierra de por medio, tratando de pasar desapercibida; luego: ¡nada de nada!… ¡¡¡Como si se los hubiera tragado la tierra!!!

“Flay”, mi amada perra, empezaba a dar muestras de cansancio y, aunque seguía buscando sin desánimo, había reducido considerablemente el ritmo de su galope, hasta dejarlo convertido en un trote lento.  Ya, desde hacía dos o tres domingos, venía notándola algo baja en su condición física y, aunque sabía que ello era debido a su leucemia (provocada, al parecer,  por una sobredosis de “estrógenos”, que se le aplicó en una clínica veterinaria para regularle el celo), se me partía el alma cuando la veía sacar fuerzas de donde casi ya no debían quedar y, sólo por la desorbitada pasión que sentía por la caza y la adoración que me profesaba, aguantaba lo que posiblemente ningún humano hubiera podido aguantar. Por esta razón habíamos dejado la mano de la cuadrilla y cazábamos los dos “por libre”, para no estorbar a los demás.

Con objeto de proporcionarle un rato de descanso, buscamos la protección que nos ofrecía la densa sombra de una encina centenaria y, después de calmar su sed con una merecida ración de agua, me senté para fumar un cigarrillo. Cuando estaba acomodándome, noté como “Flay” se tumbaba a mi lado y, apoyando su cabeza sobre mi pierna, entornaba los ojos… Debía encontrarse tan a gusto que, unos instantes después, se quedó dormida.  Me quedé mirándola absorto y, mientras me llevaba el cigarrillo a los labios, empezaron a agolparse en mi cabeza recuerdos que llegaban con fuerza a mi memoria…

Y recordé cuando me la regalaron, con tan sólo 25 días, justo al final de mis vacaciones de verano; recordé la cara de mi mujer, cuando me vió llegar con ella, y como nos la trajimos a casa, desde cerca de 800 kilómetros de distancia, utilizando como cuna una caja de galletas “Maria”.

Recordé cuando ya, con doce meses, volvimos de vacaciones al pueblo donde nació para, aprovechando la apertura de la media veda, cazar la codorniz. Y también, como en mi primera salida con ella, coincidimos con un amigo que se había quedado con una hermana de camada de mi perra y como acordamos cazar juntos aquel día, para ver cual de las dos lo hacía mejor… Al final de la jornada la cosa habría quedado en tablas, de no ser por una muestra de “Flay”, que me posibilitó hacer un “doblete”, y por el “cobro” de una codorniz de ala, cuya recuperación no logró realizar su hermana y, que ella, sin embargo, consiguió de forma brillante.

Recordé cuando nació mi primer hijo y cuando, al volver del Sanatorio, me fui a recogerla a la casa de campo donde la dejé, para que reanudara su vida con todos nosotros… Me asaltaba la duda de cual sería su reacción al encontrarse con el nuevo miembro de la familia… Pero, al momento, pude ver que todos mis temores eran totalmente infundados. Cuando entramos en la habitación, la acerqué a la cuna donde dormía mi hijo: ¡Con que atención lo examinó y con que intensidad estuvo oliendo el “moisés” que contenía aquél ser tan pequeñito!  ¡Como expresó su alegría, moviendo su diminuto rabo, mientras saltaba a mi alrededor!…  Desde aquel momento, creo –y lo digo plenamente convencido- “Flay” tomó a mi hijo bajo su protección y no permitió que nadie, salvo a su madre o yo, se acercara a su cuna sin advertirle con sus ladridos que podría véselas con ella y con sus afilados colmillos, si no daba media vuelta.

También recordé, como no, cuando ella fue madre por vez primera. Tuvo siete preciosos cachorros … No hizo falta que le proporcionara ningún tipo de ayuda física, aunque no me aparté de su lado durante el tiempo que duró el parto… Sé que me lo agradeció: ¡Podía leerlo en sus ojos, cuando me miraba!. Cuando nacieron los cachorros mi hijo debía tener alrededor de tres años y recordé, como si lo estuviera viendo, como metido entre las patas de “Flay” jugaba con ellos como si fuera uno más de la camada…

Mis recuerdos se interrumpieron cuando noté, sobresaltado, que algo me quemaba en la mano: era el cigarrillo que, sin darme cuenta, se había consumido entre mis dedos…  Miré el reloj y, como aún quedaba un largo camino de vuelta, decidí que iba siendo hora de ir rematando la jornada de caza.  “Flay” se había levantado al notar mi sobresalto y movía su diminuto rabo, animándome a reemprender la marcha… Me puse en pié y, después de armar nuevamente la escopeta, me encaminé a un “medianil”, situado entre un “rastrojo” y un campo en “barbecho”, donde solía buscar refugio la caza al final de la mañana, cuando ya los cazadores de los cotos colindantes habían batido a conciencia sus respectivos terrenos… Se trataba de una franja de monte bajo de unos trescientos metros de largo por unos cuarenta o cincuenta de ancho, densamente poblado de matas de esparto, tomillo y romero, y  salpicado, en toda su extensión, por carrascas de distintos tamaños y alguna encina centenaria… Nada más llegar a sus proximidades, “Flay” empezó a animarse (tocaba rastros frescos y eso le hizo recobrar su alegría) y, poco después, cuando apenas nos habíamos introducido unos metros dentro de la mancha de monte, se quedó como petrificada… La pieza se movió hacía el lateral que quedaba más cerca del barbecho y mi perra “guió” en aquella dirección para, inmediatamente, ponerse de nuevo de muestra… Me adelanté para hacer salir la pieza y, de súbito, apareció la perdiz, que arrancó emitiendo un ronco canto, sobresaltándome con su aleteo en la explosiva salida. Traté de serenarme y de asegurar el tiro, por lo que no me precipité a la hora de apretar el gatillo; cuando la tuve centrada, disparé y al ver que caía hecha un “trapo”, el corazón empezó a darme golpes en el pecho con mayor lentitud. Mande a mi perra para que la cobrara y, con la delicadeza que acostumbraba, me la trajo a la mano. Le acaricié la cabeza con más ternura que en otras ocasiones y, por la forma de mirarme a los ojos, creo que notó lo que quise transmitirle.

Reemprendimos la marcha y, unos metros más adelante, “Flay”se puso nuevamente de muestra. En esta ocasión le tocó el turno a una “rabona” que, cuando arrancó, lo hizo dando un salto con tal fuerza que, salvando limpiamente la mata que le servía de refugio, le permitió llegar directamente al barbecho donde, “metiendo la directa”, pretendió ponerse a salvo de nosotros. No lo logró, sin embargo, ya que después de la mañana aciaga que habíamos llevado, no estaba dispuesto a dejar escapar ninguna de las oportunidades que se nos presentaran… Así que, me encaré la escopeta, dejando que se alejara, apunté y, casi al tiempo de oír el disparo, la vi dar una espectacular voltereta, y vi como “Flay”, sin esperar mi orden de cobro, se lanzaba a por ella… No la reñí y, tomándole la liebre de la boca, la mandé nuevamente a buscar…

Al acabar de recorrer el “medianil”, mi perra me había puesto de muestra otra perdiz y dos conejos que, por supuesto, acabaron en nuestra “percha”… De la “porra” que preveía antes de la parada para descansar, habíamos pasado a un cuelgo de cinco piezas, y todo ello, gracias al trabajo de “Flay”, a mi experiencia y conocimiento del terreno, y… a que no anduve del todo desatinado a la hora de “quemar pólvora”. 

Reunidos con la cuadrilla, al emprender el regreso y ya en el coche, “Flay” en lugar de quedarse a mis pies (aquel día, yo ocupaba el asiento posterior del vehículo), salto al asiento y se tumbó a mi lado, apoyando su cabeza sobre mi pierna… No le dije nada, me limité a acariciarle la cabeza y a darle unas suaves palmaditas en el lomo… No tenía ni la más mínima intención de reprenderla durante el tiempo que le quedara de vida a mi lado, a nuestro lado… Durante todo el trayecto, mientras ella dormía placidamente, no dejé de recordar anécdotas vividas con ella, de buenos ratos pasados en su compañía, de otros días de caza… Cuando ya casi estábamos llegando al final de nuestro viaje, “Flay” levantó la cabeza y, al mirarme con sus preciosos ojos color ámbar, me pareció que los tenía húmedos, me agaché sobre ella y volví a acariciarle la cabeza… ¡Sólo en ese instante, al notar que me caía una gota sobre el dorso de la mano, me di cuenta de que era yo, y no ella, el que tenía los ojos anegados de lágrimas!…

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                                                                                                  Fecha:2020/08/23

MAESE    RAPOSO…

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Ya llevábamos viendo al zorro varios domingos y, como aquel año no era bueno para el conejo (la “mixomatosis” y la “hemorragia vírica” seguían causando estragos entre sus filas), no queríamos que “maese raposo” fuese el causante de más bajas en la sufrida población de lepóridos de nuestro coto y, por ello, nos hicimos el firme propósito de acabar con sus andanzas en cuanto se nos brindase una oportunidad.

“Maese raposo”, como así le llamábamos los de la cuadrilla, era un viejo macho, con una cola enorme (alcanzaba casi los cuarenta centímetros de longitud), densamente poblada  y de color casi negro, que contrastaba con el color de su pelaje que, en el lomo, adquiría tintes plateados, lo que nos hacía suponer que debía tener cinco o seis años de edad (los zorros pueden llegar a alcanzar 7 u 8 años de vida) y una experiencia que le había permitido sobrevivir a cuantas dificultades se había encontrado hasta el momento presente.

Era realmente astuto y siempre que lo habíamos vislumbrado, había sido de forma fugaz: en alguna asomada, entre dos luces o al clarear el día y, por supuesto, siempre fuera del alcance de nuestras escopetas. Todos le teníamos ganas, pero no se nos presentaba oportunidad alguna de acabar con sus andanzas y correrías por el coto. La “hura” que utilizaba como domicilio se hallaba enclavada en lo más espeso del matorral que ocupaba una buena parte de la finca, casi en su centro geográfico y, debido a la densidad de la maleza de la zona, no cabía posibilidad alguna de darle caza en ella.

En multitud de ocasiones organizamos “ganchillos” (poniendo escopetas en puntos estratégicos, mientras el resto de la cuadrilla pateaba el campo) para ver si, en alguno de ellos, lográbamos hacernos con el ladino y astuto animal, pero todos nuestros esfuerzos acabaron siendo un rotundo fracaso… ¡Siempre escapaba en el último momento y siempre nos dejaba con tres palmos de narices!

Un día, a poco de entrar en el monte y mientras cazábamos en mano tras las perdices, me dí cuenta de que Serko, mi perro, iba cojeando. Le llamé y observé que tenía clavada una espina en una de sus patas delanteras. Estábamos justo en la linde del matorral con una tierra de labor (un trigo ya cosechado) y me encontraba agachado limpiando la herida que se había producido cuando, al levantar la cabeza, vi algo que se movía, algo que me resultó familiar nada más verlo: ¡Vi a “maese raposo” que venía derecho hacía mi, sin percatarse de mi presencia! Supongo que influyó en ello el hecho de que estuviese agachado y medio tapado con la vegetación de la zona y de que el aire me soplase de cara, por lo que no pudo detectarme por el olfato.  Sujeté al perro para que no se moviese, quité el seguro de la escopeta que se encontraba a mi lado apoyada en una mata de esparto y me dispuse a esperar acontecimientos…

Y los acontecimientos se produjeron… ¡Vaya si se produjeron! Cuando faltaban unos pocos metros para llegar a mi altura, vi a “maese raposo” pararse en seco, levantar la cabeza y olfatear con intensidad el aire para verificar la procedencia de los olores que le llegaban (al parecer había cambiado el viento y había detectado nuestra presencia) … No me lo pensé, ni esperé más. Me puse en pié de un salto, me encaré la escopeta y, justo cuando se estaba dando la vuelta para meterse en el monte, le solté el primer disparo y, cuando saltó, alcanzado en un costado, le descargué el segundo y … ¡allí se acabaron sus andanzas!

Nunca pensé que fuera yo el que acabara con su existencia, pero el azar así lo quiso. Un cúmulo de circunstancias concurrieron para que fuese posible algo que llevábamos buscando desde hacía mucho tiempo y fue a mi a quién le tocó “la china”. Sin embargo, el hecho de verlo tendido en el suelo y pensar que ya no volveríamos a vislumbrarlo a lo lejos, entre dos luces o al clarear el día, procurando siempre darnos esquinazo y sin que nos diera oportunidad alguna para cazarle, me dejó un sabor agridulce en la boca… Lástima que, en esta ocasión, su destino le jugase una mala pasada. En el fondo, siempre había admirado su habilidad para evitarnos y, por que no decirlo: ¡casi le había tomado un cierto cariño!

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                                                                                                  Fecha:2020/08/16

Cuando cazando “la menor”, encuentras “la mayor”…

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Mi primer contacto con la “caza mayor” tuvo lugar un frio día de diciembre de hace, si no recuerdo mal, sesenta años, en los montes de El Pardo, muy cerca de la capital de España.  Habíamos ido allí mi hermano y yo, con un tío mío, muy cazador, que nos llevó para que viéramos los conejos que corrían a montones por algunas zonas del curso seco del arroyo Viñuelas, aunque algunos lo hacían con dificultad, debido a la “mixomatosis”. En aquel momento la enfermedad estaba en sus comienzos y se desconocía totalmente su alcance y las terribles consecuencias que, años más tarde, tuvimos todos ocasión de comprobar y sufrir yo, directamente, una vez debuté como cazador. Mientras llegaba ese momento, mi hermano, tres años menor que yo, corría detrás de algunos conejos con los ojos hinchados tratando de coger alguno, aunque sin mucha fortuna. Yo, que estaba oyendo ruidos raros en una junquera que se hallaba en las proximidades y, como no acababa de distinguir qué o quién los producía, por prudencia llamé a mi hermano, que llegó a mi lado justo a tiempo de ver aparecer entre los juncos, un enorme jabalí macho, el más grande que recuerdo haber visto nunca, que avanzó unos pasos hacía nosotros, se detuvo, resopló, nos observó durante unos minutos (que a mí me parecieron eternos) y dando medía vuelta, se alejó con un majestuoso trote, en dirección a una loma cercana, desapareciendo delante de nuestros asombrados ojos. Una vez recuperados del susto, ahí terminó nuestra mañana de campeo, mientras mi tío no dejaba de reír, al referirle con todo lujo de detalles lo grande que era el jabalí, los enormes colmillos que tenía y como habíamos permanecido sin movernos para evitar que nos atacara.

Mi siguiente encuentro con un ejemplar de “caza mayor” tuvo lugar cuarenta años después de mi primera experiencia con un jabalí y, para variar, en otro frio día del mes de diciembre, mientras practicaba la “caza menor” en el coto del Villar de Chinchilla, donde cazábamos esa temporada.  En esta ocasión, nuestro encuentro fue menos bucólico y algo más dramático que el que se produjo en los montes de El Pardo. Todo sucedió, como decía al principio, cuando los componentes de la cuadrilla estábamos cazando en mano la perdiz. Ibamos a recorrer una ladera con muy densa vegetación y el titular-propietario del coto, que cazaba con nosotros, nos advirtió que anduviéramos con ojo, porque además de perdices podía saltarnos algún “guarro” (nombre por el que también se conoce en la zona al jabalí).  Así que, como medida de precaución, cambié los dos cartuchos con plomo del 7 que llevaba en la escopeta, por otros del 6 (no suelo llevar postas porque, entre otras razones, están prohibidas; ni tampoco puede recurrir a la munición del tipo «brenneke», con bala, porque los que llevaba se habían quedado la bolsa de caza que dejé en el coche) y procuré acompasar mi marcha a la de mis compañeros de mano. Cuando apenas llevábamos recorridos un centenar de metros, se organizó “la tercera guerra mundial”, los que iban adelantados por la parte alta de la loma movieron una “piara de jabalíes” y comenzó el tiroteo, en medio de las voces que nos daban a los demás para advertirnos de la presencia de los suidos. Me paré en seco, porque me pareció oír el trote de un animal de buen tamaño que se acercaba a la carrera, aunque no podía verlo porqué me encontraba en una zona donde la vegetación era bastante espesa. El corazón me daba brincos y respiraba con agitación, mientras trataba de mantener la calma y buscaba a mi perro, al que había perdido de vista desde que empezaron los primeros disparos. Y cuando me encontraba en esta tesitura, vi aparecer entre unas carrascas, rompiendo monte (como suelen decir los cazadores de “mayor”) un enorme ejemplar de jabalí que venía hacía donde yo me encontraba y no tuve tiempo ni de encararme la escopeta. La levanté hasta media altura, la dirigí hacía el animal y cuando creí que apuntaba a su cabeza, apreté dos veces el gatillo de mi escopeta… el jabalí quedó tendido a tan sólo metro y medio delante de mí. Sólo entonces me dí cuenta que Serko, que creí desaparecido en combate, estaba dándole furiosas dentelladas al jabalí que tan inesperadamente acababa de abatir. Tan sólo entonces, dejaron de temblarme las manos y recupere totalmente la calma.  A la hora del recuento, fueron tres los “guarros” cobrados. Una hembra grande, un macho que le entró al compañero que estaban situado a mi izquierda, en la parte baja de la loma, lindando con la labor, en un lance muy similar al que tuve que protagonizar, y el que me entró a mí, que pesó sobre 60 kg., y no los 90 kg. que yo le calculé, cuando ví que se me echaba encima a toda velocidad y que, como dicen en mi pueblo, mi nerviosismo fue lo que produjo ese involuntario “error de equivocación” en el cálculo del peso del animal. Son cosas que, con las emociones de la caza, nos suelen ocurrir a los cazadores.  Y conste, que no exagero «ni tanto así». Es por eso, que … ¡Ahí lo dejo!

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                                                                                                  Fecha:2020/08/01

Cuando un amigo se va……

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

Cuando un amigo se va………

Pues sí, a mi amigo Pablo y a su hijo, Pablo Joven, les ha tocado ahora vivir lo que dice la copla al partir su perdiguera «la Timba».  Y esa pena, que nos llena cuándo nuestr@ perdiguer@ se va, ha hecho que nos  enviarán dos mensajes, uno el padre, otro el hijo, entrañables y muy afectuosos.

Ya hace unos años Pablo padre, amigo de la infancia aunque del grupo de los pequeños, me llamó para decirme que se había quedado sin perro y que su hijo no paraba de decirle que su próximo acompañante, por laderas tras las perdices o moviendo rastrojos y caceras haciendo saltar las codornices, tenía que ser un perdiguero, de Burgos naturalmente. No me extrañó lo que Pablo joven pedía a su padre pues un tiempo antes, allá por enero de 2005, nos juntamos un grupo de perdigueristas en tierras toledanas, por Tembleque, y Pablo Joven nos acompañó, sin escopeta, a Pilar, a mí y al Al (Tron de Pedralvez) en aquella jornada en que el Al, hizo lo que sabía, cazar y muy bien. No sé si aquel día se prendió la mecha en Pablo Joven por los perdigueros o si ya venía de antes, el caso es que a partir de entonces Pablo padre tuvo que aguantar el mantra del hijo sobre lo maravillosos que eran los perdigueros cazando y si a ello se unía qué cuándo hablaba con el padre, que solía cazar con buenos bracos, yo no dejaba de resaltar lo bien que me iba con mis perdigueros que, aparte de cazar en distancia, mostrar y cobrar perdices «aleras» con maestría, tenían un plus: para ellos su amo estaba en una peana y ello motivaba que era fácil y sencillo su adiestramiento. Así que atendiendo la llamada de Pablo padre llamé a Pedro Alvarez que seleccionó a una joven perdiguerita, la envió y Pablo joven vio satisfecha su petición con la llegada de la Timba a casa y a partir de ese momento y viendo lo que hacía la Timba en el campo pues Pablo padre, buen cazador de esos que les gusta de mover el campo con el perro por delante, se sumó a los perdigueristas Y la Timba satisfecha pues cazando con los dos Pablo hacia aquello para lo que había nacido: cazar y muy bien. 

Ahora, en hora mala, la Timba ha partido y como dice la copla. «Cuándo un amigo se va…» pues eso. No hay más que leer los dos escritos que me han remitido padre e hijo y que he estimado hacer públicos pues si algunos humanos son recordados nuestr@s compañer@s de caza como la Timba también se han ganado ese derecho.

Buena caza y buenos compañeros

Maria Pilar Amaya Jalón Gamella

Mariano T. Fuentes Alvaro

Buenos días querido amigo Mariano, deseo que os encontréis bien de salud; quiero dedicarte estas líneas y agradecerte de corazón la gestión que hiciste para que Timba llegara a nuestra casa porque nos ha dado y a mí particularmente 13 años inmejorables, tanto en la caza donde ha sido la número 1 de los perros que he tenido y todos han sido muy buenos, pero la perdiguera era de otro planeta, como en la convivencia familiar; no he echado en falta que no pronunciara palabras porque conmigo hablaba, entendía hasta lo que la decía de fútbol: «Timba ha ganado el Madrid» y movía el rabo con alegría; siempre recordaré que me dijiste:» los perdigueros son muy fieles a su dueño», que razón tenías, era la leche; cuando la regañaba por cualquier cosilla, se tumbaba, ponía la cabeza en el suelo, levantaba sus ojos tristones de perdiguera y me miraba como diciendo: » vale, ya no lo hago más», pasado el temporal, se levantaba, venía donde yo estuviera, se sentaba y me daba la mano como diciendo:» amigos otra vez», la acariciaba y volvía a su sitio.

Como puedes imaginar tengo grabadas en mi memoria todas las imágenes, pero te voy a contar dos sólo capaces de hacerlas los perdigueros de Burgos: » Un día cazando codornices con ella y Pablete, se metió en un perdido lleno de pajas muy altas con algunas zarzas, nosotros prácticamente no podíamos entrar; le dije a Pablete: la perra está de muestra porque no la oigo, evidentemente no la veíamos, me metí un poco en el perdido y vi el rabo de Timba tieso, estaba de muestra y como siempre esperó a que llegara junto a ella, la dí una palmadita en el lomo y a continuación sacó la codorniz que una vez abatida cayó en el perdido, no había pegas la Timba la cobraba seguro, como así fue, se salió del frondoso perdido con la codorniz en la boca y cuando venía a dárnosla se quedó con la cabeza torcida otra vez de muestra, cazamos la segunda codorniz y como hacía siempre también la cobró y nos la trajo a los pies.

La segunda fue que sacó una codorniz de muestra como siempre y donde cayó no la encontramos por muchas vueltas que dimos, esa misma tarde la llevé al sitio donde habíamos buscado por la mañana y después de muchas vueltas la cobró. Esto mismo me hizo con un pato de un día para otro, impresionante

Me inventé un lema: » La Timba está picada, dáte por jodida».

Ayer la tuvimos que sacrificar porque ya era inaguantable su estado de salud.

Mariano muchas gracias por haber colaborado en hacer posible unos años muy felices y especiales.

         Saludos

                                              Pablo González

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Buenos días Mariano y Papá,

        Lo primero que quiero hacer es darte las gracias Mariano por haberme dado la oportunidad con 16 años de poder cazar con perdigueros, fue en Tembleque (Toledo), y si ya venía «envenenado» con estos perros por algún motivo que aún desconozco ese día no hizo sino reforzar que no quisiera otro perro en mi vida que no fuera un perdiguero. Los años con Timba han sido espectaculares, no ha hecho falta casi ni educarla, ella ha fluido con nosotros, tanto en casa como cazando. A nivel particular, he tenido un vínculo muy especial con ella, hemos sido uña y carne y eso se ha notado en que por primera vez ha ido cazando más pendiente de mi que de mi padre, con lo que eso le » duele» al veterano pero a la vez llena de orgullo porque ve que las enseñanzas dan sus frutos (mi padre lo podrá confirmar o no, pero mi percepción ha sido esta, una complicidad TOTAL, con una mirada sabíamos lo que pensábamos).

A ti Papá, darte las gracias por todos los esfuerzos que has hecho por nosotros, y en concreto por mi, porque aguantaste la «paliza» que te di para que tuviéramos una perdiguera y porque siempre has estado dispuesto a enseñarme como cazador, y en consecuencia, como persona, porque para mi ambos conceptos (buen cazador y buena persona) siempre irán de la mano. El de ayer es un día triste, se ha ido un pedacito de mi vida con la Timba, pero me quedo con todas las sonrisas que nos ha sacado, la sensación de que ir a cazar con ella era disfrutar, y que su compañía ha sido la mejor de las amistades. Ya que mencionas la «faena» que hizo en aquel perdido, que recuerdo perfectamente, contaré una que considero de nota:

Fue una codorniz que cacé en el mes de noviembre en el Negredo (yendo con Chus y Mariano «el guarni») en un día con un vendaval espectacular; se quedó de muestra en unas estepas, salió y la abatí; para que Mariano se ubique, los compañeros con los que iba ese día llevaban 2 y 3 perros respectivamente y habían pasado por donde momentos después tuvo lugar el lance de la codorniz, el cual no tiene mucho de particular hasta que nos ponemos a pensar en el mes de noviembre en una zona que estaba a las faldas de cerros nevados y con un clima que no invitaba a llevar las dos manos en la escopeta. El cobro no era nada sencillo, pero esto era algo con lo que se daba por seguro que no iba a haber problemas, como así fue. Aún hoy pienso que ningún perro hubiera reparado en esa codorniz y menos aún en esas condiciones.

Lógicamente tengo muchos más recuerdos de maravillas que ha hecho cazando, pero me quedo con la sensación de disfrute que me invadía desde que salíamos de casa y nos montábamos en el coche. La hemos cuidado lo mejor que sabemos y puedo presumir de que SIEMPRE que he pasado a su lado le he dado una caricia, le he dicho lo bonita que era y me despedía.

Muchísimas gracias Mariano por haber contribuido a tan especial incorporación en la familia y a ti Papá por haber hecho que disfrutáramos juntos de ella.

 Saludos

 Pablo González Villoria

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                                                                                                    Fecha:2020/08/01

«TELL»…. para los amigos

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Tell era el perro de mi primo Luis pero, en realidad, su nombre completo era Guillermo Tell… Lo que pasa es que, su amo y los más íntimos, los que le habíamos visto crecer desde muy pequeño, lo llamábamos cariñosamente “Tell”, para abreviar… Así el nombre resultaba más corto, más sonoro y, por ello, más adecuado para llamar a un perro.

Tell, era un español-bretón, de capa blanca y marrón y tenía por aquél entonces sólo diez meses de edad, pero apuntaba muy buenas maneras (aunque no tenía “pedigrí”). Su padre era un perro de esa misma raza (que si tenía “papeles”), propiedad del Comandante de Puesto de la Guardia Civil, a quien le satisfacía sobre manera hacer demostraciones de cómo su perro se lanzaba al agua (bien fuera río, arroyo o estanque, el liquido elemento más próximo, e independientemente de las condiciones climáticas reinantes en ese momento) para recuperar la pelotita de goma que siempre llevaba preparada al efecto para “montar el número” y dejar bien demostradas las excelencias como cobrador de su arrojado y valiente animal.

Tell, tampoco le hacía ascos a darse un buen baño, sobre todo si el calor lo hacía deseable o, si el motivo merecía la pena, por ejemplo el cobro de alguna pieza (anatidas, sobre todo) ya que mi primo vivía en una granja avícola muy próxima al río Pisuerga y, no era, por ello, improbable que se presentase algún lance cinegético con pollas de agua, azulones, cucharas, cercetas o, incluso, alguna tórtola común de las que buscaban agua, frescor y sombra entre los chopos de la orilla.

Tell, tenía facultades sobresalientes pero estaba en un momento crítico en el que, si se le dirigía convenientemente, podía convertirse en un extraordinario perro de caza pero. si no se le daba el empujoncito que necesitaba en el momento oportuno, podía terminar transformado en un vulgar perro “espantacaza”… En ese crítico instante de su existencia, aparecí yo y, aprovechando la oportunidad que nos brindaba la próxima apertura de la media veda, me dispuse a aportar mi granito de arena poniendo mi experiencia como cazador al servicio de mi primo y de su aventajado cachorro.

El primer día de apertura, nos dirigimos a uno de los muchos lugares querenciosos que para las codornices abundan en esas tierras castellanas, donde se alternan los trigos, cebadas, manchas de monte bajo e, incluso, con algún rincón donde son abundantes los juncos. Pues bien, fue precisamente en una junquera donde Tell nos puso de muestra su primera codorniz… Y lo hizo como si de un veterano se tratara: sin titubeos, con una muestra firme y segura, con su pata derecha levantada y la cabeza ladeada hacia la izquierda, apuntando inequívocamente a la codorniz que se ocultaba entre los juncos, tratando de pasar desapercibida.

Bueno, así las cosas, le dije a mi primo: “Luis, ahí tienes a tu perro de muestra, cuenta hasta cincuenta pero bajito y no te apresures, y no te muevas mientras cuentas, luego le acaricias el lomo y le mandas que entre a por ella”… Yo, me aparté unos pasos y le quité el seguro a la escopeta, pero sin perder un detalle de la maravillosa escena que estaba presenciando… Cuando Luis (que, por aquél entonces tendría unos trece años) empujo cariñosamente a su perro y vio que no cedía, se volvió y me preguntó que debía hacer, le dije que se adelantase poniéndose a la altura de su cabeza y le volviera a empujar al tiempo que le mandaba entrar para que la echara. Así lo hizo y, entonces si, Tell se metió como una tromba entre los juncos y al momento arrancó la codorniz emitiendo su característico “prrriiiiiii”… La dejé alejarse un poco y a continuación apreté el gatillo de la escopeta: ¡La vi caer unos instantes antes de oir la detonación!. Tell, que se había quedado parado viendo como se alejaba volando la diminuta avecilla, al verla caer se lanzo en su búsqueda, cobrándola como si lo hubiera estado haciendo toda su vida. Se la trajo a la mano a mi primo Luis y, este henchido de orgullo y satisfacción por la muestra y el cobro de su perro, no paraba de acariciarle y darle algún que otro beso en el hocico.

Durante el resto de la jornada, tuvimos ocasión de tirar a bastantes codornices, pero sólo lo hicimos a aquellas que Tell nos puso de muestra y, repetimos el proceso (Luis contaba hasta 50, sin prisas y sin moverse), antes de mandarle entrar a por ellas, luego el cobro, las felicitaciones y, cuando dimos “de mano”, no pude por menos que felicitar a mi primo porque, con su comportamiento, había colaborado eficazmente a sentar las bases para conseguir que Tell se convirtiera en el extraordinario perro de muestra que llegó a ser.

Al año siguiente, Tell se había convertido en el orgulloso marido de Eva, una preciosa perrita español-bretón y, por añadidura, en padre de una preciosa camada de bretoncitos blancos y marrones, una de cuyas hembritas –a la que pusimos por nombre Flay- se convirtió en mi compañera de caza durante los siguientes siete años, en los que me proporcionó innumerables satisfacciones con su comportamiento… ¡Fue como si Tell, a través de Flay (su prolongación natural), siguiese cazando conmigo!

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                                                                                                    Fecha:2020/07/18

ANECTODAS DE CAZA I

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

Como haber, anécdotas sobre la caza, hay muchas… Es más, creo que cada cazador podría contarlas por decenas… Yo, no pretendo confeccionar un tratado con las mías pero, en esta ocasión, si que me atreveré con, al menos, un par de ellas.  Y dicho esto, vamos a por la primera. Sucedió hace bastantes años (por aquél entonces, gastaba yo pantalón corto), durante el desarrollo de una cacería con galgos que, si no me engaña la memoria, se realizó en tierras del término de Villaviciosa de Odón. Ibamos formando una “mano” de alrededor de 25 personas, batiendo las tierras de labor, para hacer levantar las liebres que se hallaran “encamadas” y dar, así, oportunidad a que la pareja de galgos que, por delante nuestro, llevaba el conductor “atraillados” en “collera”, pudiesen correrlas y, nosotros, ver las peripecias de cada persecución.

Transcurrida la mitad de la mañana, llevábamos tres carreras con muy diverso resultado: Una, ganada con claridad por los galgos y, mas concretamente, por una perra negra, muy fina de remos y de cara, que se llamaba “Sombra”, y que no dio casi opción a la liebre de turno pues, apenas recorridos doscientos metros, ya le había propinado el primer revolcón y, pocos metros después, el segundo y definitivo; Otra, que fue favorable a la liebre que arrancó de uno de los surcos del “barbecho” que estábamos recorriendo y que resultó ser un macho “hecho y derecho” (lo que algunos han dado en llamar “matacán”) que, además de una envidiable condición física parece que tenía, en lo de correr delante de los galgos, la suficiente experiencia acumulada como para dejar a los perros sin “resuello”, antes de despedirse de ellos, en un postrer regate, tomando el camino de un maizal situado a nuestra derecha y que, por lo visto, solía utilizar en estos menesteres, como “perdedero”; La tercera, no sabría bien a quién adjudicársela, ya que la liebre estaba realizando una esplendida carrera –tanto como la de los galgos, que le iban pisando los talones– pero, al ir a cruzar un camino rural, supongo que presa de un ataque de pánico, fue a buscar su salvación pasando por debajo de un tractor que transitaba camino del pueblo, con tan mala fortuna que, en uno de sus saltos, se desnucó al dar con la cabeza contra los bajo del vehículo… Tampoco salió muy bien parado uno de los perros que le iban a la zaga, que resultó conmocionado como consecuencia del golpe que se dio contra la rueda trasera del tractor, ya que, por ir tan próximo a la liebre, no pudo evitar el encontronazo. 

Después del incidente, se decidió conceder un “respiro” a los perros, cosa que aprovechó el personal para tomar un café calentito (llevado en termos, para la ocasión) y comentar los lances de las carreras presenciadas… Cuando reanudamos la “mano”, nadie podía imaginar que íbamos a ser testigos de un hecho que dejó patente la “astucia”, la “sagacidad” o, simplemente, los “reflejos” (proporcionados por el instinto de supervivencia) de un animal que, aunque a priori partía como víctima, resultó vencedor de la carrera…¡sin haber corrido un solo metro!. Todo sucedió muy rápidamente y los hechos se produjeron de la siguiente manera: Un componente de la mano, se percató de que, justo delante suyo, había una liebre “encamada” y avisó al conductor de los galgos, que se desplazó con ellos hasta situarse justo en línea con la pieza que, a pesar de las voces y el movimiento de los perros hacia ella, seguía aplastada contra el terreno… Cuando estuvo perfectamente situado y dominando la situación, dio un grito y, al ver que la liebre se levantaba, dando un tirón al freno de la traílla, soltó a los perros, los cuales, al verse liberados de su atadura, salieron disparados como “alma que lleva el diablo”, en pos de la liebre… Esta, que todavía se hallaba en pié, al ver lo que se le venía encima y con celeridad pasmosa, volvió a aplastarse contra el terreno, quedándose inmóvil, mientras los galgos pasaban por encima de ella, persiguiendo a una liebre “fantasma”… La “real”, aprovechando el exceso de vista (o defecto, según como se mire) de los perros, aprovechó para adentrarse, a buen paso, pero sin apreturas, en el maizal que las liebres del lugar utilizaban como “perdedero”.

La anécdota puede parecer exagerada (los cazadores, dicen los que no lo son, suelen exagerar sus historias) pero yo fui testigo presencial y estoy en condiciones de asegurar que todo sucedió como he relatado.

Mi segunda anécdota aconteció mucho mas cercana en el tiempo, aunque no en el espacio… Aquél día, habíamos madrugado para cazar codornices y la cuadrilla la componíamos cuatro personas: José María, que era el cazador mas veterano del grupo y se conocía el terreno como la palma de su mano; Pedro, hermano del anterior y albañil como él, que era un mediano tirador, pero siempre andaba buscando excusas para justificar sus escasos aciertos con la escopeta; mi tío Luís, que era un “aficionado” a la caza, por aquello de reunirse con los amigos, disfrutar de un buen almuerzo y pasar un  buen rato con los comentarios –“jocosos“ unas veces, “mordaces” otras, pero siempre apasionados– que se suscitan siempre al término de una jornada de caza; y yo (como decía José María: “la joven promesa”), que era el benjamín del grupo y que, gracias a la colaboración de mi perra “Kety” (novata que se convertiría con el tiempo en una perra excepcional), empezaba a hacer alguna sombra a los más veteranos.

Pues bien, como iba diciendo, empezamos temprano a cazar (al clarear el día) y, ya en el primer rastrojo, Pedro había fallado las dos primeas codornices que le salieron de las pajas… Había que oír la serie de “jaculatorias” que soltó en un instante: “Me cago en tal, que estos cartuchos son una m…”; “Que si los de las fábricas de cartuchos se hacen de oro con lo que ahorran en pólvora”; “Que si cada año son más flojos”… No le faltaron defectos que sacar, ni maldiciones que proferir, sobre lo cartuchos que se decidió a usar aquél bendito día… Tanto “despotricó” que, acercándose a él, su hermano José María le dijo: No seas borrico y deja ya de decir tonterías, anda, dame los dos peores cartuchos que lleves en la canana. Pedro, sorprendido con la petición, le contestó: ¿Cómo que los dos peores cartuchos? ¡Si son todos igual de malos!. Pero José María insistió: ¡Venga dame dos y, si como dices son todos igual de malos, dame los dos que tengas más a mano!… Pedro, a regañadientes, le alargó dos y José María, con una sonrisa en los labios que era un verdadero “poema”, abrió su vieja paralela, sacó los dos cartuchos e introdujo, en su lugar, los dos que acababa de entregarle su hermano. Una vez hecha la sustitución, reanudamos la marcha y, después de un buen rato cazando, en el que José María no tuvo oportunidad de disparar (iba el último por la derecha y toda la caza estaba saliendo hacia el lado opuesto), a mi tío Luís le arrancaron dos codornices y, cosas de la caza, volaron casi juntas hacía el lado derecho. Aunque a mi me salieron “largas” (iba el primero por la izquierda), no lo dudé y disparé, aunque sin mucha fortuna. Mi tío también lo hizo y Pedro, les largó los dos “escopetazos” de ordenanzas aunque, en lugar de plomos, parece que las codornices recibían vitaminas, ya que cada vez volaban más rápidas y se alejaban más… Cuando cruzaron por delante de José María ya iban muy retiradas –algunos hubieran pensado que, incluso, “volaban fuera de tiro”–  pero, sin inmutarse, se echó la escopeta a la cara, apuntó, disparo una vez, luego otra y, mientras los demás nos quedábamos estupefactos, descolgó las dos codornices, en uno de los “dobletes” más bonitos que he tenido ocasión  de contemplar a lo largo de mi vida de cazador… Cuando José María recogió los pájaros, se volvió hacia su hermano y le “espetó”: “Borrico, ves como tus peores cartuchos funcionan perfectamente…Toma, guárdalos que, como están probados, puedes aprovecharlos para otra ocasión”… Ninguno pudo contener las carcajadas que brotaron tan espontáneamente como el comentario que las originó. Hasta Pedro que, en un principio, no encajó la “puntada” de su hermano, terminó dando rienda suelta a la risa mientras, con “humildad franciscana”, vino en reconocer que: ¡Aquél, no estaba siendo su mejor día con la escopeta!. 

           

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                                                                                                    Fecha:2020/07/07

ZARPA… UNA HISTORIA VERDADERA

Por José Manuel Redondo Sanz              Colaborador

 

Si alguien me lo hubiera contado, a buen seguro, le habría contestado que era un exagerado… Sin embargo, lo que voy a relatar no es algo que me comentara una tercera persona… Ni, tan siguiera, algo que me comentara otra persona… Fue algo que viví personalmente (es decir, en primera persona) y me sucedió, mientras cazaba codornices en Herrera de Pisuerga y, es por ello, que mi relato – como decía un gran amigo y excelente cazador, poniendo mucho énfasis, cuando quería dejar algo bien sentado – además de ser “verdadero”, es completamente “cierto”.

    Mi historia comienza, coincidiendo con el principio de mis vacaciones de verano. Como tenía por costumbre desde que contraje matrimonio (y conste que cuando digo “contraje”, no estoy anunciando el contagio de alguna enfermedad), llegué al pueblo dos días antes de la apertura de la “media veda” y, en cuanto me fue posible, me puse en contacto con mi compañero de caza del año anterior. Este, no era otro que Toribio, o mejor dicho, “Tori” (así lo llamábamos los amigos); un muchacho de mi “quinta”, de 26 años cumplidos, criado en el seno de una familia humilde, trabajador desde muy temprana edad y curtido al sol y los fríos de aquellas tierras castellano-leonesas. De complexión fuerte, algo más alto que la media, pelo negro, enmarañado, mandíbula cuadrada y rostro agradable, de expresión “socarrona”, impresión a la que contribuía su sempiterna sonrisa. Su voz era potente y decía las cosas “por derecho”, aunque no ofendía al hacerlo. ¡Ah, y te dejaba la mano hecha unos “zorros”, cuando te la estrechaba al saludar…! Así era mi amigo que, además de ser un buen hombre y un excelente compañero, conocía aquellos terrenos como la palma de su enorme mano.

    Su perra, era también “singular”: menuda, pizpireta, vivaracha, de pelo corto y color negro; pero no de un negro cualquiera, era de color negro “cucaracha-de-luto-riguroso”; y con la cola muy corta.  Por el tamaño y las “hechuras”, tenía la apariencia de un español-bretón, aunque las orejas estaban algo mas caídas, el pelo era más hirsuto y menos sedoso, la capa no coincidía con la de su “estándar” pero, cuando la veías algo retirada, hubieras podido confundirla, con cierta facilidad, con uno de ellos. Lo que poseía, con independencia de los rasgos físicos heredados de sus progenitores, era una capacidad venatoria sobresaliente, y ello, sólo podía ser atribuido a la excelente calidad de los “genes” transmitidos y, a mayor abundamiento, a que tuvo la oportunidad de desarrollar sus cualidades ejercitándose en el campo siete días a la semana (seis con el padre de “Tori”, que era pastor, y uno, el domingo, cazando con su dueño).  Su singularidad se hacía patente hasta en su sonoro nombre: “Zarpa” la llamaban; aunque nunca llegué a enterarme del por qué de hacerlo de aquella manera. Lo cierto era que, aún tratándose de individuos “pintorescos”, lograban formar un equipo compacto y homogéneo –sin fisuras– y, sobre todo, con la ventaja que dá el jugar “en casa”, por lo que el equipo resultaba particularmente eficaz a la hora de cuantificar los resultados (vulgo, “perchas”) de una jornada de caza.

    Como, por otro lado, mi perra “Kety” y yo, también éramos “resultones”, no había cuadrilla que nos hiciera “sombra” cazando codornices (de las perdices no hablo, porque yo residía en el levante español y, para cazarlas, tenía que desplazarme hasta la provincia de Albacete, que me quedaba mucho más “a mano”). Es más, diría que, incluso cuando salíamos a cazar juntos, entre ambos siempre se establecía un pequeño “pique”, por aquello de ver que perra de las dos, “Kety” o “Zarpa”, ponía más piezas o hacía las mejores muestras. De cualquier modo, era una rivalidad sana y los resultados, favorecieran aquel día a quien favorecieran, los celebrábamos los dos, sincera y deportivamente.

    “Tori”, como conocedor de la zona y poseedor, todo hay que decirlo, de determinado tipo de información (que sólo estaba al alcance de los “hijos del pueblo”, pero que nos estaba vedado a los “forasteros”) decidió que lo mejor para el día de la apertura seria acercarnos a un valle, atravesado por el río Valdivia donde, al parecer, se acababan de cosechar las miéses y se habían visto salir de los trigos bastantes codornices.

    Así que, dicho y hecho, nos subimos a mi “cuatro latas” y, en un santiamén, nos plantificamos allí los cuatro…  Justo al tiempo de dejar las proximidades del coche, empezó a ponerse oscuro por encima de nuestras cabezas; no hicimos mucho caso y empezamos a cazar, alejándonos cada vez más del vehículo, aunque sin resultado positivo.  Cuando quisimos darnos cuenta, estábamos a casi un kilómetro de distancia y fue, entonces, cuando aquello se acabó de poner negro. Primero fueron cuatro gotas, luego ocho y, algo después, caía el agua “a cantaros” y, aunque tratamos de regresar lo más rápido que pudimos, a mitad del camino de vuelta ya íbamos como “sopas”… El aguacero terminó casi de la misma manera que comenzó, es decir, súbitamente y, como ambos, éramos jóvenes de sangre caliente y pasión desmedida por la caza, decidimos, a pesar del remojón, continuar con la búsqueda, encaminándonos, a los rastrojos de una loma, cercana a un “rodal” de monte bajo, donde probaríamos fortuna… ¡Y a fé mía, que acertamos de pleno con la elección!.

    Nada más entrar en el rastrojo, “Kety” se puso de muestra, y “Zarpa”, que venía tras ella, hizo lo propio con otra codorniz. Abatimos las dos y seguimos con la prospección del terreno, ilusionados por el buen comienzo. Las perras, cazando en perfecta sintonía, nos dieron un verdadero “recital”: lo mismo se quedaban puestas con la misma pieza, haciendo la “muestra a patrón” como indican los cánones, que mostraban pájaros distintos, que mantenían la muestra, aunque volara alguna codorniz, indicando con firmeza que todavía quedaba alguna otra debajo de las pajas. En fin, aquello fue de verdadera locura…Las perras estaban “enfebrecidas” por la cantidad de pájaros congregados en aquella parte del terreno.  Recuerdo que, incluso, en uno de los lances, para facilitarme el tiro a una que salió volando “ratera” camino del monte, mi amigo “Tori” se lanzó cuerpo a tierra en un magnifico “plongeón”, digno de Ricardo Zamora. Ni que decir tiene que, aquella pieza, pasó a engrosar la percha que, a esas alturas de la mañana, se hallaba ya abundantemente nutrida.

    Y llegado a este punto, sucedió lo verdaderamente extraordinario de mi historia… “Zarpa”, que había estado cazando la codorniz con una alegría exultante, transformó, en un instante, su manera de cazar. Se agachó, hasta parecer aún más pequeña de tamaño y, después de dar unos cuantos pasos con mucha cautela, se quedó puesta, dándonos la espalda, ante un montón de pajas situado entre ella y el monte que teníamos justo enfrente. “Tori” me llamó y me dijo; “Zarpa” acaba de poner un conejo… Le pregunté: ¿Y tú, como lo sabes?… Me respondió: Muy fácil, por su manera de mostrar, lo hace de forma distinta… Y efectivamente, así era. La perra estaba tan agachada, que casi tocaba la tierra con su cuerpo y, de vez en cuando, muy despacio, volvía levemente la cabeza y, mirando de reojo a su dueño, parecía decirle: ¡Ahí lo tienes!… “Tori”, dirigiéndose a su perra, pero sin elevar mucho la voz, le dijo: ¡”Zarpa”, pónmelo de cara!… Y la perra, aquella maravillosa perra, levantó la cabeza, miró a su dueño y, después de un breve instante (supongo que el tiempo imprescindible para calibrar el alcance de la orden recibida), rompió la postura, y trazando lentamente un semicírculo de 180 grados, casi exactos, fue a situarse al otro lado de las pajas (de “cara” a nosotros) y volvió a quedarse tiesa como un garrote. A continuación, en un tono imperioso, “Tori” le soltó: ¡Echalo!…  Y “Zarpa”, sin dudarlo un instante, entró en las pajas como un huracán, mientras el conejo saltaba hacia delante, faltando poco para que colisionase conmigo en su precipitada huida, con aquella “furia negra” pisándole los talones…

    Cuando volvimos al pueblo, y sumando las dos “perchas”, pudimos comprobar que habíamos batido nuestro “record” del año anterior, totalizamos: ¡38 codornices! Y porque no estuvo nada mal (ya no volvería a repetirse ese resultado en años sucesivos) lo recuerdo con un especial cariño, así como recordaré mientras viva, la “demostración” de facultades y conocimiento que nos hizo “Zarpa” y que, sin poner, ni quitar, he contado y que, como advertí al principio de mi relato, es una historia que, además de “verdadera”, es completamente “cierta”.

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                                                                                                    Fecha:2020/06/27

Al SUR, a Marruecos (1ª parte)

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

 

Hace no mucho tiempo pero si antes de éstas turbulencias sanitarias que agitan nuestros días hablamos con Pedro Alvarez y en la charla no faltaron nuestros perdigueros y acordarnos de aquellos años en que no era infrecuente hacer perchas de codornices hoy impensables y hablando, hablando, surgió lo de nuestras experiencias de caza  por tierras de Marruecos y como más de una vez gente cazadora nos ha preguntado por ello  creemos que ahora, en  éste Rincón del Lector, es buen momento para contar cosas de allí.

Nuestros andares nos han llevado muchas veces a Marruecos, primero por nuestra afición a ir a lugares nuevos, lugares diferentes por sus gentes y costumbres, y luego, profesionalmente, como agentes de viajes. Así que no ha faltado el bajar allí por motivos relacionados con la caza, principalmente con la codorniz, la tórtola y la perdiz «moruna» pues lo del «jalufo», por la zona del Rif, fuimos alguna que otra vez, pero no era lo nuestro y no disfrutamos mucho, quizás por esa afición nuestra, casi exclusiva, a la caza menor, la que para nosotros es GRANDE.

Así que iniciamos ésta narración  con las codornices por estimar que, en éste Rincón del Lector, el mayor número de lectores somos cazadores de a pie, de los del perro por delante, de esos que recién acabada la temporada, por enero, empezaremos a mirar el calendario y esperar inquietos, un año sí y otro también, que llegue Agosto, allá por la Virgen, en que sus amaneceres nos cogerán con nuestros perros  por tierras de Aragón o Burgos o Segovia o por la Alcarria o por…., haciendo «saltar»  a las codornices en regadíos y secanos. Un año y otro estaremos pendientes de si el tiempo ha sido bueno en la primavera, de si la cosecha no ha sufrido ningún percance y será ubérrima para satisfacción de las gentes del campo, de los cazadores e incluso de nuestros perros, seguro. Luego nos encontraremos con la realidad, para bien o para mal, pues estos tiempos la meteorología ha cambiado, los cultivos también, el campo ya no es igual y aunque los amaneceres nos siguen cogiendo llenos de ilusiones luego, al acabar el día, lo más habitual es que nuestros andares nos habrán llevado a realidades más terrenas pues aquí también tiene sitio aquello de «malos tiempos corren para la lírica».

Dicho esto, quizás explica, mayormente, la razón de nuestros viajes al vecino país en busca de las codornices, donde unas serán trashumantes, aquellas que por enero/febrero viajan, en un periplo milenario, cada año desde el sur del desierto a tierras europeas y que pasado el verano retornan otra vez más hacia los campos que hay al sur del Sahara, y otras codornices serán las criollas que, al igual que las que cazábamos hace años por tierras extremeñas en invierno, se han hecho sedentarias y no viajan. Lo normal es tener en cuenta que en Marruecos hasta el primer fin de semana de octubre no se «abre» la caza de la codorniz y aunque a nosotros nos parezca tarde es un buen momento pues se juntan las trashumantes, esas que bajan ya en septiembre desde España y que en octubre continúan hacia el sur del Sahara, con las codornices criollas sedentarias, esas que no se mueven de los regadíos marroquíes.

Y tampoco  sobra saber que en Marruecos, en las zonas que hemos cazado, el derecho a cazar lo otorga el Estado mediante una concesión a una empresa o a una persona  que comercializa la caza y al ser obligatorio cumplimentar «papeleo» burocrático nosotros encargábamos de ello a nuestro amigo Benhida, que a través de su empresa de caza resolvía la  autorización para llevar armas y obtener la licencia temporal de caza  al igual que se encargaba de la asistencia en los tramites de aduana, bien en el aeropuerto al llegar a Marruecos bien en el puerto marítimo si se llega por barco. Benhida igualmente nos proporcionaba los guías acompañantes en el campo, sin olvidar que si no se llevan perros sus guías los ponían. Y como lo de la llegada y salida del país necesita, quizás, alguna puntualización más detallada contamos:

VIAJE EN AVION

Si se llega en avión hay que tener en cuenta que antes de hacer la facturación aérea de equipaje hay que tramitar en la Intervención de Armas de la Guardia Civil del aeropuerto la autorización para la salida y así poder facturar como equipaje las armas. Las compañías aéreas aplican unas normas propias para admitir la facturación de armas, aparte del permiso de la Guardia Civil que es imprescindible, por lo que conviene en el momento de hacer la reserva aérea consultarlo. Al regresar hay que pasar otra vez por la Intervención de Armas de la Guardia Civil para que registre que las armas que salieron regresan y si se llevan perros deberán consultar con la compañía aérea como se trasportan siendo obligatorio el llevar «pasaporte» sanitario internacional del perro, con detalle de vacunación, y llevar jaula para facturarlo. Debiendo señalar que a nosotros no nos gusta mandar por avión a los perros pues se estresan demasiado y el darles una pastilla nos parece inapropiado así que mejor ir en BARCO:

Que para nosotros es la mejor forma de ir con nuestros perros, viajando en nuestro coche, y la tramitación es como la del avión (Intervención de Armas en el Puerto de embarque y normas de la Naviera), siéndolo más recomendable para cruzar el estrecho el salir de Tarifa o Algeciras hasta Tánger y regresar por el mismo puerto.

ADUANAS

Tanto en España como en Marruecos se comprueban las documentaciones con detalle y la tramitación en nuestras aduanas suele ser poco engorrosa y en Marruecos, donde es algo más lenta, tendremos la asistencia de un guía del equipo de Benhida que ayuda en todas las gestiones. Y al regreso no debemos olvidar que está prohibida la importación de animales muertos en España. Contados estos preámbulos que consideramos necesarios y ya en Marruecos pues: a CAZAR, que es a lo que hemos ido en esta ocasión.

EL VIAJE Y CAZAR

Al llegar al aeropuerto de Marrakech nos estaba esperando Malik, nuestro guía, con el minibús en que nos trasladaríamos a Beni-Mellal, a 191 Kms. al norte, capital de una amplia zona de regadíos y donde está el hotel en que nos alojaríamos durante nuestra estancia y donde Malik tiene los perros que nos acompañaran los próximos días. La carretera, sin ser una autovía está bien, cruza varios pueblos con edificaciones bajas, casi todas con antenas de televisión y donde abunda la gente que viste de modo tradicional: chilabas, gandoras, turbantes,..y se pasa por zonas semidesérticas, abundantes en pedregales y con escasa y rala vegetación, antes de llegar a Beni Mellal y su zona de regadíos. El hotel, de 4* ofrece habitaciones con aire acondicionado, baño, amplias, y al llegar rellenamos las fichas correspondientes con nuestros datos y nos vamos al comedor a cenar, después de un breve paso por la habitación que nos han adjudicado. La comida se compone de platos internacionales: ensaladas, pasta,.., como primeros y carne a la plancha, pescado, como segundos, acompañados de guarnición variada, finalizando con fruta o dulces de postre sin que falte en la mesa el vino ni la cerveza. Ah!! y tampoco una buena charla en la que se mezclaron preguntas, muchas, a los que teníamos ya experiencias marroquíes con opiniones de todos los gustos, aunque prohibidas las políticas y/o religiosas para que reine la calma y nadie se sienta molesto en resumen: buena cena, buena charla, buena habitación y nos fuimos a la cama con tantas ilusiones como las que teníamos en los amaneceres agosteños de nuestras tierras. La salida del sol nos cogió preparados, desayunamos rápido y seguidamente al campo. 

Ya con el sol presente llegamos al borde de un campo de alfalfa de no mucha extensión y con los nervios a flor de piel como es habitual. Vimos donde íbamos a cazar: alfalfas, maíz, judías,…, y olivos, naranjos, etc, en un terreno que no hace muchos años era un desierto pedregoso y ahora es como un vergel en el que las codornices, las trashumantes y las criollas, no faltan. Y los perros de Malik pues igual que nuestros perdigueros al amanecer en agosto, por tierras de Sigüenza, nerviosos, deseando empezar.

Y empezamos, con cartuchos de 10ª, españoles de 30 gr., que nos había proporcionado Malik pues en Marruecos está prohibida la importación de cartuchería, y si no fuera porque no vemos  la torre de alguna iglesia o rastrojos de cereal en abundancia podríamos creer estar por tierras de Castilla, pero no, estamos en Africa y aunque aquí no quedan leones si hay exotismo, codornices, esperamos que en abundancia, y además a los agricultores no les molesta que pisemos sus tierras, aunque que no será raro que  nos aparezca alguno con chilaba y nos pida de buenas maneras que no hagamos disparos en zona de tomates o guisantes.

Malik y un ayudante que venía con él pusieron a nuestra disposición dos espaniel y un  perdiguero » sin apellido», como aquellos que hace años teníamos y disfrutábamos por aquí, y empezamos en la alfalfa, donde los perros casi tapados por la altura de la vegetación empezaron con su trajín, más cerca que lejos, y no tardaron en seguir rastros que unas veces, las más, acababan con una muestra y en alguna que otra ocasión, pocas, la codorniz se la había jugado y !!voila!!, como un mago, había desaparecido, por lo que el braco o el espaniel  vuelta a empezar. Saltaban con frecuencia, el tiroteo era casi continuo, y una vez más sentíamos que por estas tierras de Beni Mellal nos íbamos a divertir y seguimos con nuestro trajín por maizales, rastrojos de cereal, sorgo,…., y la mañana transcurrió rápidamente, el tiempo pasó volando hasta que el calor nos obligó a parar. Los perros, buenos, sabían de qué iba eso de «echar» codornices y aún en las alfalfas altas, cosa no fácil, lo hicieron de matrícula. Había sido una buena mañana, lo pasamos bien, muy bien, pues los lances fueron numerosos y nos fuimos al hotel a disfrutar de la piscina, una buena comida, una breve siesta e ilusionados pensando en que nos esperaba una tarde tan buena como la mañana. Y así fue, al igual que los dos días siguientes en que nos divertimos, aunque consideramos necesario, yendo a lo concreto, decir que las perchas fueron entre 30 y 40 codornices por cazador/día, para nosotros suficientes, pero si alguien les cuenta o habla de perchas de 100 codornices o más pues habrá sido una singularidad o un cuento. En los regadíos marroquíes abundan las codornices y la presión cinegética es baja, mucho menor que en nuestras tierras, pero no para perchas de centenares de piezas. Y hay otra cosa que debemos señalar y es que por allí es frecuente encontrarse con gentes por el campo por lo que hay que tener cuidado al ponerle los puntos a alguna codorniz y no hacer «colondrón» con alguno de los paisanos con turbante que están faenando, frecuentemente acompañados en sus quehaceres por un burro o una mula.

Esto que hemos narrado es lo normal cazando en octubre tanto codornices trashumantes como criollas pero también hemos tenido la suerte de poder cazar en dos ocasiones, en febrero, solo codornices trashumantes, esas que viajan al Norte en su periplo hacia Europa. Las dos ocasiones fueron excepcionales pues ahora hay una normativa más rígida y no se autoriza cazarlas en esa época, se las protege, aunque alguno que otro piensa que en Marruecos no se aplica la ley en la caza y no es así. Como ya hemos expuesto en alguna que otra ocasión a nosotros los agentes rurales de allí nos han «pedido» casi todas las veces que hemos ido la documentación mientras en España no la hemos tenido que presentar en los últimos veinte años más de un par de veces.

Bueno, volviendo al campo y como decíamos, un par de veces hemos bajado en febrero a la codorniz y, ambas veces, las hemos cazado cerca de la costa atlántica, a no mucha distancia de Marrakech por lo que nuestro alojamiento lo hemos hecho en la capital turística del país: grandes hoteles, esplendidos monumentos, espectacular ambiente en su famosa Plaza de Djemaa el Fna,.., así que merece la pena dejar, al menos un día libre de caza, para vivir la ciudad. Y si viajan allí nos agradecerán la sugerencia.

Y por la distancia, aun no siendo excesiva, era necesario levantarse un poco antes que en Beni Mellal, en octubre, para cazar en campos de trigo que llegan a la rodilla. En esos campos no era fácil que las codornices levantasen y lo normal es que apeonasen una y otra vez. Las muestras de los perros eran frecuentes y cuándo la rompían la codorniz había «volado», metafóricamente hablando, y había puesto tierra o trigos por medio. Había abundancia pero solo perros muy buenos las hacían saltar y aquí debemos hablar de los podencos, que eran los que mejor resultaban en lo de hacer «botar» a las codornices pues mientras los perros de muestra se quedaban de muestra, dando tiempo a que las codornices hicieran un sprint, los podencos  se ponían a dar saltos, como hacen los ibicencos con los conejos, y las codornices no tenían tiempo para largarse corriendo, saltaban y el cazador tenía más opciones para disparar frecuentemente. A nosotros nos gustaba, desde luego, ver hacer eso a los podencos y su efectividad, pero como disfrutamos mucho con la muestra de nuestros perdigueros pues no dejábamos de divertirnos con las reiteradas muestras a las trashumantes que, finalmente, obligadas saltaban, tardaban más en ponerse a tiro pero los perdigueros no les daban opción. Así que por la dificultad era obligado, tanto a los podencos como a los perdigueros, saber de qué iba eso de mover los trigos hasta las rodillas. Y las perchas estaban en línea con lo que se cazaba en Beni Mellal pero aquí, más que allí, era necesario que los perros fuesen buenos, muy buenos. Estos días, como el hotel no estaba cerca, comíamos en el campo, encargándose Malik, el guía, de hacer en una pequeña barbacoa unas chuletas a la brasa y si los parrilleros argentinos tienen justa fama pues Malik no les andaba a la zaga en eso de asar carne de cordero, grande, nunca lechal.

Como anécdota nos viene el recuerdo de un cazador que nos pidió si podíamos organizarle dos o tres días de caza allí y que viajaría con una caravana, su mujer y sus dos podencos, se lo organizamos y allí fue. Se divirtió y mucho con las codornices y además no les faltó compañía pues por las tardes era frecuente que se acercaran paisanos, mujeres y niños a ver a los extranjeros y a hablar, los que hablaban francés, con la pareja. Me dijeron que lo pasaron bien, no solo con la caza sino también con la gente, hospitalaria y acogedora. Otra forma de bajar a cazar a Marruecos.

Narrado todo esto esperamos Pedro dar respuesta a tus preguntas sobre lo de cazar codornices en el vecino país y, además, quizás, anime a algún cazador lector a coger a su perdiguero y bajar a Algeciras o a Tarifa y pasar al otro lado. Si así lo hace debemos felicitarle pues creemos que habrá acertado, disfrutará de unos días de caza divertidos, muy divertidos, y conocerá un país muy exótico con gentes hospitalarias.

Nota: Con esta narración no finalizamos de hablar de Marruecos, sino que seguiremos cogiendo la escopeta y volveremos a tierras marroquíes para contar en un siguiente relato nuestras experiencias con las tórtolas, otro tipo de caza con muchos aficionados. Y finalizaremos nuestros andares por el Sur con un relato de perdices y liebres

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                                                                                                    Fecha:2020/05/06

VIBORAS, 

un mal encuentro con nuestros perros

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

Estos animalitos son otra joya de la naturaleza que, posiblemente, deben tener también su lugar en el mundo pero que si tenemos la mala suerte de tener un encuentro con una de ellas nuestro perro o nosotros mismos podemos tener problemas graves. Y eso nos ocurrió con el Tom, un perdiguero que hacía honor al saber hacer de su raza y que tuvo la mala fortuna de cruzarse con una víbora en una cacera, cazando, allá por agosto de 1993, codornices por tierras de Sigüenza, y sufrió una picadura en la mano derecha y por mucho que hicimos todos: el veterinario, Pilar y yo, no conseguimos que saliera adelante y no lejos de donde tuvo el mal encuentro le dimos tierra.

Hasta entonces, saliendo al campo sábado si y domingo también, en invierno y en verano, solo sabíamos de las víboras por lo que habíamos leído u oído o por un recuerdo de niños en que, en una calle de un pequeño pueblo, Luzaga, vimos a unas gallinas, que entonces andaban sueltas, matar a picotazos a una víbora. Pero, tiempo no mucho después de lo del Tom, Andrés Cruz, el del afijo “ De la Vera”, buen cazador y que en los regadíos extremeños solía hacer, en invierno, perchas de codornices hoy impensables, me contó que maneando perdices en Gredos había sufrido también un mal lance, pues su perdiguero se había quedado de muestra y al arrancarse la perdiz se adelantó, bajando el morro, y se encontró con la víbora que también estaba allí; les faltó tiempo para bajar de la sierra, echando chispas, pero al llegar al veterinario ya no hubo nada que hacer, la picadura en la cabeza acabo mal, muy mal. Y también nos viene a la memoria una cacería en Peral de Arlanza, en Burgos, y donde el guarda rural nos dijo que unos días antes habían tenido que «llevarse» a un cazador a Valladolid pues, al sentarse, en el campo, recibió una picadura de víbora en un muslo. Y nosotros con el Amón, en mayo del 2006, estuvimos en un tris de sufrir otro mal trago pues paseando en Luzaga por un camino, con broza a los lados, vimos al perro inquieto a la orilla del camino, nos acercamos y simultáneamente vimos, a un metro del Amón, a una pequeña víbora que lanzó «un viaje» al perro, fallido, afortunadamente, pues el Amón reculó con buenos reflejos, y la cosa quedó solo en susto. Y hace tres o cuatro años paseando por el campo con un amigo y su perdiguero, en un camino se nos cruzó otra, aunque el perro, al estar lejos, no estuvo en riesgo de sufrir un incidente.

Solemos cazar con cierta frecuencia por tierras de Sierra Ministra y no siempre, como es lógico, se producen éstos malos encuentros y lo normal es que salgamos al campo durante años y ni las veamos, pues no son agresivas, suelen huir, atacan sintiéndose amenazadas pero estar, están en muchos sitios, y más vale que nos coja la situación un poco informados que no saber qué hacer pues con ello, a lo mejor, nuestro perdiguero o nosotros mismos salimos adelante. No, no se nos ha olvidado el mal trago que pasamos con el Tom y ahora no salimos por zonas de riesgo sin llevar los paliativos que consideramos mejores y si aun así pasa lo peor tendremos el consuelo de haber hecho por nuestro compañero todo lo posible.

Soltado el preámbulo detallamos lo que sabemos sobre estos animalitos: existen 5 especies de reptiles venenosos en España: 3 de la familia de las víboras: (áspid, hocicuda y cantábrica) y 2 culebridae (bastarda y cogulla). Las víboras que son las que mayor número de incidentes provocan, 100 -150 con asistencia hospitalaria, se distribuyen por toda la Península aunque hay zonas en que, afortunadamente, no se ha detectado su presencia y las culebridae, que llegan a medir de 1 a 2 m., tienen una distribución similar pero presentan un menor riesgo ya que sus colmillos situados muy atrás no facilitan la picadura. La época de mayor riesgo es en verano, cuándo aprieta la calor, pues hibernan y tienen mayor presencia en los años secos ¿Quizás por qué crían mejor?

La víbora inocula el veneno a través de dos colmillos acanalados retráctiles que producen incisiones de unos 2 mm. de longitud y con una separación entre ellos de 6 mm. El veneno es muy potente y produce: gran dolor, edema, necrosis en el punto de inoculación que en algún caso puede ser muy severa, arritmias cardíacas, trastornos respiratorios y deterioro general del organismo.

La gravedad de la picadura la determina, independientemente del tamaño de la víctima, la cantidad de veneno inoculado y esta cantidad depende del tamaño de la víbora, del tiempo que lleva «sin picar« y la zona en que se produce la picadura. Conocimos personalmente a una señora, por Saúca (Guadalajara), que, picada en un pulgar, al recoger del suelo una azadilla, se tomó solo un antinflamatorio y la cosa no tuvo mayor transcendencia quizás porque la víbora era poco más que un lápiz. Y debemos también indicar que hay especialistas que señalan que solo inoculan veneno el 50% de las veces que pican.

Al tiempo no faltan teorías populares sobre remedios a aplicar en el caso de un mal encuentro: pasar un cardo borriquero por la picadura, esto suelen hacerlo los pastores por tierras de Molina; punzar alrededor de la picadura y que sangre la punción. Personalmente estimo que estos remedios caseros quizás dan resultado si en la picadura no se ha inyectado mucho veneno pero siempre, siempre, lo mejor es recurrir al veterinario y a sus remedios científicos. Y decimos que siempre al veterinario pues a lo peor uno se da cuenta del veneno inoculado cuando la cosa no tiene ya remedio.

¿Y qué hacer en el campo donde no tenemos al veterinario al lado? Yo creo que lo mejor es lo que voy a exponer, supeditado a mejor opinión de un profesional veterinario:

  • Inmovilizar al perro, limitando su movimiento y así no se facilita la expansión del veneno por el cuerpo.
  • Inyectarle Urbason (más adelante informo sobre este medicamento) por vía intravenosa, que es lo ideal, o por vía intramuscular o subcutánea. A los simples aficionados la inyección intravenosa nos es complicada siendo más fácil por vía intramuscular o subcutánea; si no se sabe hacerlo se puede hablar con el veterinario y él le enseñará a poner este tipo de inyección.
  • Succionar en la herida, bien con una jeringuilla especial o bien protegiéndose la boca con un plástico fino al hacer la succión, para evitar cualquier riesgo si en la boca hay alguna herida; no se succiona mucho veneno, parece ser, pero creo que más vale quitar algo que no dejarlo todo ahí dentro.
  • Si es posible poner frío en la zona de la picadura pues ello contribuye a frenar la expansión del veneno.
  • Y si se dispone de una venda ancha de comprensión se aconseja ponerla, pero ¡!cuidado!! con los torniquetes que son contraindicados por el riesgo que conllevan al impedir la circulación sanguínea.

Y aplicados estos remedios, o parte de ellos, solo queda salir echando «leches« al veterinario más próximo, que éste entienda de estas cosas y que los dioses repartan suerte. Los profesionales suelen aplicar: antisépticos con antibióticos de amplio espectro, vacunación y profilaxis antitetánica y sedante. Sobre el Urbason os diré que es un corticoide que se presenta en cajas de 20, 40 y 250 mg recomendándose 10 a 20 mg. por día, en caso grave se puede llegar a inyectar hasta un máximo de 40 mg entre dos inyecciones deben pasar al menos 30 minutos. Cada caja contiene una ampolla de producto en polvo y una ampolla con líquido para disolver el polvo y poder inyectarlo. 

Nosotros hemos llegado a olvidar alguna vez los cartuchos, pero el Urbason lo llevamos siempre en zonas de riesgo pues las cosas pueden volver a ocurrir e intentamos estar lo mejor preparados posible. Nota: hay especialistas que no dan valor al Urbason pero si uno está a casi una hora del veterinario pues quizás sea esto mejor que nada. Y quizás convenga tener presente que como la picadura produce un dolor agudo no hay que descartar dar al perro paracetamol. También os informamos que existe un suero antiofideos de los laboratorios Pasteur pero su uso está restringido a hospitales por la dificultad y riesgos que presentan su aplicación. Es muy difícil obtenerlo y como digo no es aconsejable su uso por profanos y los veterinarios no suelen disponer de él. Y como recomendación final y muy importante es ir cuánto antes al veterinario y si éste tiene experiencia en situaciones como éstas pues mejor que mejor y «crucemos los dedos« pues nuestros perros se la merecen. 

Y ya finalizando quiero contaros una curiosidad y con un especial aviso a los que andan  por Canarias o/y por tierras de la raya de Guadalajara con Soria que en el campo, normalmente cerca de los rebaños de ovejas y cabras, no es raro encontrar con otro animalito algo desagradable: la mosca escupidora (oestrus ovis). Habíamos visto alguna que otra vez a pastores protegiéndose la cara con unas gafas o/y un apósito y nos habían dicho que el motivo era una mosca que «escupía», mientras volaba, una gota fría, eso sentía el agredido, a los ojos o a la boca. Esa «gota fría » derivaba en unos cuántos gusanos que proliferaban en los ojos y en la boca-garganta. Suena desagradable y lo es, mucho. Eran solo comentarios con la gente del campo hasta que una tarde, a uno de nosotros (Mariano), cazando codornices  se acercó a las orillas del Zabay, en la raya de Luzaga con Hortezuela (Guadalajara), y vio que las ovejas habían estado por allí en la mañana, no le dio importancia pues ello era habitual, pero de pronto noto volar algo a la altura de su cara y sintió, simultáneamente, una gota fría en el ojo y entonces recordó  lo de la «mosca escupidora» y salió disparado al pueblo. Llegó a casa, se fue rápido a la ducha y se enjabono todo lo que pudo el ojo y echándose el agua directamente, aunque le escocia. No sentía nada, parecía que todo iba bien y que la ducha había sido efectiva, pero llamó a la Doctora del pueblo y le contó lo sucedido. Esta se presentó en casa y le limpio el ojo pues ya tenía algún «visitante» como nos dijo y su marido que la acompañaba no quiso ni mirar del repelús que le daba. Receto y le dio una pomada para ponérsela en el ojo cuándo se acostara y ello fue mano de santo pues no tuvo ninguna molestia. Molestias que si  tuvo uno de los vecinos del pueblo, familiar nuestro, afectado por la «gota fría», no meteorológica, en la boca y que se le  agarró a la garganta o aquel ingeniero de las obras en la A-6, en Alcolea del Pinar, que se quedó traspuesto al oír a la Dra. en el Centro de Salud que las molestias que tenía en un ojo eran porque tenía unos gusanos que no paraban de moverse o aquel conductor andaluz de una cosechadora al que le dieron la misma información que al ingeniero, en el Centro de Salud, y que atónito soltó: » Pero ¿a dónde he venido?, si aquí hasta las moscas cagan gusanos. No vuelvo, no» 

Son historias de nuestros campos y en ellos pasan cosas como las narradas pero no debemos olvidar que nosotros los humanos solemos ser mucho peores que las «otras gentes» que viven en ellos. 

Mayo de 2020

Pilar Jalón & Mariano T. Fuentes

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                                                                                                        Fecha:2020/03/11

LOS PERDIGUEROS y EL AGUA

Por Pilar Jalón y Mariano Fuentes. Socios núm. 145

De vez en cuando alguien pregunta ¿qué tal van los perdigueros en el agua? Pues, sobre ello, hay poco cono- cimiento ya que, por un lado, los que disfrutamos de nuestros perdigueros somos poco amigos de contar cosas y, por otro lado, hay poca afición a la lectura aunque, eso sí, en ésta vieja piel de toro nos gusta opinar sobre “lo divino y lo humano” basándonos más en lo que escuchamos o nos cuentan, de cuento, que en la palabra escrita de gente razonable. Bueno, me he ido al monte, por otra senda, cuándo aquí el andar o más bien el chapotear debe ser sobre marjales, lagunas, riberas… y a ello voy ya.

No soy, ni he sido, en esto de las acuáticas un maestro como era Eduardo de Aranzadi, un especialista en esto de andar con la escopeta por los humedales, pero mis perdigueros y yo no hemos desaprovechado ocasión de chapotear en riberas y marjales, buscando que nos saltara la acrobática agachadiza o algún colorado, o de aplastarnos entre carrizos y eneas al borde de algún charcón, aguantando hasta la respiración cuando veíamos recortarse en el cielo, allá lejos, unos pequeños puntos que, si había suerte, se podían convertir en una barra de patos cucharas.

Y aunque los perdigueros y yo hemos dedicado la mayor parte del tiempo a perdices, liebres y conejos, no dejábamos, en aquellos terrenos libres que también se llevó la trampa, de intentar hacer- nos con algo de “caza fina” que nos permitiría disfrutar de algún bonito y no frecuente lance. ¡¡Ah!! y cuando llegaba febrero y la perdiz quedaba protegida por la ley, lo normal era que los amaneceres nos pillaran aplastados al borde de alguna laguna manchega o pateando marjales y riberas. Lamentablemente ya no podré volver a lagunas como Manjavacas o del Taray, ni al Cigüela o al Záncara tras los patos grandes ni a los marjales extremeños en busca de la pequeña aga- chadiza pues zonas prohibidas, nueva agricultura, ríos convertidos en cloacas, caza industrial, leyes anti-caza,…, han contribuido a darle la puntilla a una de las formas más hermosas de cazar.

Pero, bueno, a algunos nos queda el consuelo de que aquellos lances que vivimos nos pertenecen y nos da satisfacción el ser, y haber sido, cazadores de “a pie”, de los del perro por delante y no animalistas modernos, de esos que confunden el culo con las témporas; ni políticos, que hacen falsas leyes proteccionistas sin sentido; ni neo-cazadores, de esos que acuden a lagunas a sacrificar, que no a cazar, miles de patos criados, como gallinas, en granjas. Estas gentes no saben, ni han sabido, ni sabrán de barras de colorados rompiendo el aire al amanecer ni de cercetas saltando, apretadas por el perro, entre las espadañas. Y sé que a éstos especímenes animalistas, políticos y neo-cazadores, les importa un bledo todo esto pero como decía un viejo amigo “patero”: “¡¡Qué sabrán los burros de comer caramelos!!”.

Y, ahora, dejando la senda de la nostalgia retomo, pues, a lo de los perdigueros y el agua y con la experiencia de los años en que, perros y yo, hemos compartido andares puedo afirmar que sin ser un especialista en el agua como el “labrador” o no aguantar el frío en un puesto, al borde de un charcón, como el “setter”, el perdiguero no hace mal papel y, aún más, me atrevería a decir que les gusta, y mucho, el agua. Entran en ríos y lagunas sin problemas aunque al principio, de jóvenes, igual no quieren mojarse las patas pero después del primer baño cogen “vicio” al agua y así puede ocurrir lo que a mi viejo perdiguero el Thor que, a sus catorce años, se iba “disparado” a cualquier charco que veía, sin importarle que fuese grande o pequeño o el frío que hiciese.

Y sobre cómo ha sido el bautizo de mis perdigueros en el agua he tenido diferentes experiencias pues a los perros también es aplicable, aprovechando la frase de Ortega y Gasset, aquello de “los perros y su circunstancia”. A uno, el Thor, le inicié en la Laguna de Navacerrada, que tiene una profundidad decreciente, tirándole un pequeño palo, al principio donde apenas se mojaba las patas para después ir alejándolo hasta la zona profunda, a unos 5 ó 6 metros de la orilla, desde donde lo traía, nadando, sin problemas. Eso sí, el Thor ya me portaba, en tierra, a la mano y no le repetí mucho los lanzamientos pues quise que fuera un juego y no una obligación. Desde aquel día le cogió el gusto al agua y, por su afición a ella, se convirtió en un perdiguero salmonete.

A otro como el Tom, un excepcional perdiguero que traje de un pequeño pueblo de Zamora, le llegó el “bautizo” cazando codornices, que no patos, en el río Tajuña cuando al derribar a una “africana” en la orilla contraria a la que estábamos sin más se tiró al río, cruzó una poza, subió a la otra orilla y cobrando la pieza volvió por el mismo lugar, nadando, con la pieza en la boca.

Y todo lo rápido que fue el Tom fue de lenta la Tosca a orillas del río Almonte, en tierras cacereñas, cuando derribé una perdiz sobre el agua. “Muerta”, “A la mano”, “Tráela”…, en fin, la solté todo el repertorio y ella, mirándome, sin inmutarse, como si aquella guerra no fuese con ella. La rogué con voz suave, la ordené con voz recia y ella como una esfinge. Había echado la perdiz pero eso de mojarse parecía que no era lo suyo y mientras la perdiz, como un pequeño bajel, navegaba dulcemente la Tosca se limitaba a mirarme y aún ahora pienso que con un poco de cachondeo. Pero yo no estaba dispuesto a quedarme sin aquella perdiz naufraga y siendo un radiante día de sol, pues eran los primeros días de octubre y visto lo visto con la Tosca, me quité las botas, la camisa, los pantalones y cuando estaba ya como Adán, ¡¡vaya escena campestre: un tío en bolas, un perro mirándole con cachondeo y una perdiz-bajel!!, la Tosca se tiró al agua, nadó hasta la perdiz y la trajo a mi mano; la verdad es que no le di un beso en los morros por aquello de estar como Adán y poder dar malas interpretaciones a cualquier paisano espectador.

Y otro perdiguero como el Al, que se malogró joven, se inició en el agua siguiéndome a mí y al Thor en un baño que nos dábamos en una pequeña laguna; nos miró como entrábamos en el agua y sin más se lanzó y empezó a nadar.

Todos, sin excepción, no le han hecho ascos al agua así que, cuando me acercaba a las riberas de los ríos o pateábamos los bordes de las lagunas, no dudaban en trastear las espadañas y carrizos, saltando al agua si era necesario para hacer saltar al azulón o hacer un cobro y aunque ello solía ocurrir con menos frecuencia de la deseada pues, repito, no he sido cazador de grandes perchas. Ha sido para mí y mis perros una caza hermosa, llena de sorpresas y atractivos, y aunque solo me queda ya un sitio para practicarla espero, antes de que acabe el año, ver al Amón mover la broza en el Zabay y, si pintan oros, verle con un azulón o un cuchara en la boca. No vamos a pedir, ni el Amón ni yo, una gran percha pues no es lo nuestro, aunque a nadie le amarga un dulce, pero si le pediremos a los “hados” que nos concedan un buen lance, aunque solo sea uno: el “salto” de la pareja de patos entre el carrizo, subiendo casi en vertical. Y lo demás será, para bien o para mal, cosa nuestra.

Ya finalizo y espero que algún “perdiguerista” me coja el testigo aunque sean y, desgraciadamente, serán tiempos difíciles para practicar esta hermosa forma de cazar y solo me queda añadir, una vez más, que mis perdigueros me han valido siempre para “un roto y un descosido”.


 

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                                                                                                                    Fecha:2020/02/20

El Peñés

Por Miguel Algarra Perales

Socio núm.: 133

Nunca he sabido como empezar a contar un relato de caza, pero tal vez no sea la introducción lo de más valor de cuanto voy a contar. Domingo 2 de diciembre de 2018. Habiendo cambiado hasta en 3 veces de idea durante el viaje de donde íbamos a ir cazar esa mañana decidimos ir a la zona de el Peñés que aún no habíamos cazado allí a la perdiz, habíamos estado en la media veda y si que vimos un bando de 10-12 perdices. Con las perdigueras mías Chita una perdiguera veterana de 9 años y Zarza del Cierzo la cachorra de 10 meses de la UCEPB que ya había tenido detalles que apuntan a ser una perra de caza de esas que dejan marca con el paso de los años. Empezamos hacia la zona alta de el coto muy cargada de barrancos y coscojo alternado de carrasca, Rebollo y Pino y cuando llevábamos unos 15 minutos en mano escuché cantar las perdices por debajo de la zona que iba mi hermano, nos comunicamos y organizamos para volver la mano hacia atrás e intentar que no se nos cruzarán al otro lado de río. Acertamos en la idea ya que al poco de bajar y empezar con la nueva mano en un pradete de uno de los barrancos tocaron con mucha fuerza las dos perras pero sobre todo Zarza que empezó acelerar la marcha hacia arriba cosa que era normal que ellas se movieran en esa dirección al haberlas rodeado por abajo, Chita quedó de muestra al caliente pero Zarza no se ando con rodeos siguió el rastro e incluso guío en dos ocasiones hacia otro barranquete, allí intuía que podían estar. Chita salió con un rastro hacia abajo pero Zarza metió la directa hacia arriba en cuestión de segundos oigo volar al menos 4-5 aunque sólo veo una y no me da tiempo a disparar porque salieron hacia arriba y atrás tapándose con las carrascas y la caída  de la loma, durante ese segundo que te da por pensar «la madre que las pario» arranca otra de abajo de donde se había bajado Chita y entre un claro y ya larguita me da para un tiro a tenazon con el caño izquierdo de la «grulla»  la veo perder altura pero no con la certeza de verla enrollada hacia un bancal grande que hay más abajo, le gritó a mi hermano por si la ve pasar «va pegada Carlos» y salgo animando a las perras «buscala Muerta Zarza, buscala Muerta». Llego donde más o menos creí que podía estar en el bancal con mucha hierba y cardos y empieza el desespero, la perdiz allí no estaba animando a las perras aparecen también las de mi hermano una setter y una podenquita bastante buena cobradora, pero de la perdiz ni rastro. Después de no sé el tiempo de reloj 5 o tal vez más minutos de animar a perras y lamentar que la había visto caer allí, de decir que rabia otra que se pierde, le pregunto a mi hermano que donde estaba Zarza. Y él me dice que desde que él había llegado la perra no estaba allí y yo ciego con encontrar la perdiz no le hice ni caso a la cachorra, aparece por el final del bancal a unos 80-100 metros donde había otro barranquete o reguera, increíble allí venía Zarza con una de las alegrías más grandes que me he llevado en los últimos años  de caza porque cuando haces un buen tiro te alegras, cuando aciertas en como cazar y hay buen resultado más pero cuando una cachorra de 10 meses que ha sido un regalo de mi hermano que es el tercer perdiguero que tengo y ves desde bien joven que es totalmente diferente a todo lo anterior, no hay palabras ni emoción más inenarrable para expresar ese momento, ver a Zarza venir hacia a mi directa sin dar ni un solo rodeo más que el de evitar a las demás perras para darme tan preciado trofeo no tiene precio, porque si para mí fue algo insólito para ella creo que aún sería más ya que era su primera perdiz de campo! El día concluyó con otra perdiz más que abatió mi hermano con ese lance y las palabras de mi hermano «Que fuerte José que buena va a ser». Esta perra ha sido para mí un gran regalo en muchos sentidos, por mi hermano que seguramente será otro perdiguerista, ¡¡¡¡por disfrutar de una raza como está y sobre todo de la UCEPB y sus gentes!!!! ¡Espero que os guste mi relato y no sea un tostón!

«¡¡¡¡La caza es sentirla y vivirla como lo que es, CAZA!!!!”